8 Aug 2011 - 10:00 p. m.

Japón desde el taxi de Lucero

Quién mejor que esta colombiana para describir al país nipón tras el terremoto. Ella superó la adversidad para ser reconocida como la única taxista extranjera en ese país.

Alfonso Rico Torres

Lucero estaba al teléfono. Por fin, transcurridos varios meses sin saber de su suerte, había dado con ella. Y de aquella mujer que vivió un cuento de hadas en Buenaventura, que se fue a Japón al mejor estilo de una princesa y que estando allí pasó a estrellarse con la adversidad, palpaba ahora a una vallecaucana feliz, pues su cuento tiene el desenlace esperado.

Su historia, tan increíble como ejemplar, la fue narrando a medida que describía las calles de Japón luego del terremoto que el 11 de marzo pasado acabó con la vida de 23.000 personas y dejó sin hogar a más de 80.000. Oriunda de Argelia, en el Valle del Cauca, Lucero Vargas Arredondo describe a Chiba, lugar que queda en inmediaciones de Tokio, la capital japonesa, y que se ha constituido en su casa durante las últimas tres décadas.

“No se nota mucho el cambio, por lo menos en Chiba, donde vivo y queda la ciudad de Urayasu, en la frontera con Tokio. El cambio se nota más en las personas que en las estructuras. La gente está muy precavida, no usa agua de la llave, la compran, por eso se acaba rápido en las tiendas”.

Tranquila, sonriendo todo el tiempo, Lucero combina la descripción que hace del lugar luego del terremoto, al que sin querer le huyó porque había salido del país, con el relato de su vida, de la razón de estar al volante y haber ingresado a la historia del denominado país del Sol Naciente como la única extranjera que ha trabajado allí como taxista.

“De Argelia me llevaron a Buenaventura cuando era una niña. Allá hice mis estudios y viví la mayor parte de mi infancia. Antes de cumplir la mayoría de edad, terminando el bachillerato, me enamoré de un japonés. Nos casamos. A los seis meses de la boda, la compañía donde él trabajaba en Colombia cerró por cuestiones económicas, entonces me dijo que viniéramos a vivir a Japón”.

Estando en este país, cuenta, su felicidad contrastaba con las marcadas diferencias culturales. “No fue fácil, porque no sabía nada de japonés, tampoco comer con los instrumentos que lo hacen. Además, hay cosas que en Japón se comen crudas. La dormida en el piso también era algo extraño. No poder comunicarme, tenía que acostumbrarme a quitarme los zapatos al ingresar a algunos lugares. Fue algo complejo”.

Sin embargo, fue aprendiendo. Y 12 años pasarían y tres hijos habrían de llegar. Yukiko, hoy en día de 30 años de edad; Ryoma, de 28; y Youmei, de 26. De hecho, retoma la descripción del país tras el devastador terremoto, porque recuerda que la familia de la esposa de su hijo mayor vive cerca de Fukushima.

“Toda la familia de la esposa de mi hijo es de Fukushima y ante el miedo se vinieron a Chiba. Cuando uno está cerca de las plantas no palpa ningún peligro, porque se ven como simples edificios, muy grandes, y no huele o se percibe algo. Estuve en una de las entradas de las plantas de Fukushima porque tuve que llevar a un cliente, su entrada parece la de un hotel. Eso sí, hay restricciones para seguir avanzando”. Y agrega: “En Fukushima notaba a muchas personas de la tercera edad que no querían dejar sus casas. Tal vez ellos fueron los únicos a los que pedirles que se retiraran de allí no fue fácil”, recuerda Lucero.

El taxi

Aquel cuento de hadas, del que Lucero fue sacada como una princesa de Buenaventura para ser enviada a un país tan industrializado como Japón, tuvo un giro determinante. “Me divorcié después de 12 años de casada. Él (su exesposo) se fue, no quiso saber más de nosotros. Me tocó permanecer en Japón porque entonces ya tenía tres niños. Trabajaba de un lugar a otro, hice de todo porque no quería que pensaran que por ser colombiana tenía que prostituirme. Trabajé en restaurantes lavando platos, en supermercados y en fábricas de electrodomésticos”, asegura.

Según cuenta, el trabajo de los taxistas le llamaba la atención por cuanto ellos podían ir a sus casas, si así lo requerían, en horario laboral. “Sin tener un trabajo fijo pensé en lo del taxi, pero la oportunidad era casi imposible”.

¿Imposible? Quien quiera acceder al cargo de taxista en Japón debe presentar una evaluación con 100 preguntas, todas en japonés, y acertar en al menos 90 en un lapso de una hora. “Cuando llegué a la prueba, veía jeroglíficos y se formó un caos, porque pedía la prueba en inglés, y terminé regañada. Tuve que estudiar, mis hijos me compraron libros sobre las señales de tránsito y al fin, en febrero de 1999, tras un largo año de preparación, me dijeron que había pasado el test”.

De acuerdo con su relato, el objetivo lo alcanzó gracias a la dedicación y paciencia que tuvo, las mismas cualidades que destaca entre los nipones para salir adelante luego del terremoto. “Creo que Japón se está recuperando muy rápido por la cultura de las personas y, especialmente, por su paciencia. Todo lo tomaron con calma, no se vio el caos, la gente hacía fila para recibir ayuda”.

Sumado a esto, recuerda que en el país se accede a un seguro contra terremotos, teniendo en cuenta que los movimientos telúricos son comunes. Así, por ejemplo, explica que la casa de sus exsuegros quedó totalmente destruida, pero rápidamente fue repuesta por el gobierno nipón.

Su futuro

Una de las grandes anécdotas, que sin que lo dijera se podría calificar como lo más importante, se remonta al momento en que supo que era la única taxista extranjera en Japón. “En Chiba hay un lugar para que los taxistas presenten otro examen, de matemáticas, geografía y de un montón de cosas. Cuando fui a presentar mi examen no sabía ni siquiera cómo escribir mi nombre y entonces fue cuando un periódico de habla inglesa me hizo una entrevista. Fueron ellos quienes descubrieron que era la única extranjera con licencia de conducción de taxi en ese país”.

Lucero tiene 50 años de vida, 30 fuera de Colombia. Pero en lugar de alejarse de sus costumbres, se acerca. Tanto, dice, “que me enamoré de un caleño, me voy a casar con él en Colombia y viviremos en Japón”.

Y así es. Lucero ya está en Cali tramitando su boda, muy cerca de sus seres queridos. Sus hijos se quedaron en Japón, de donde son, y no piensan irse, razón mayor para que Lucero quiera vivir allí.

Finalmente, esta mujer cierra su relato analizando la situación de sus dos países y haciendo una invitación. “Para Japón sigue una época difícil, pero es muy bonito ver qué rápido levantaron escombros. En Colombia podemos aprender a trabajar juntos y ver los resultados de hacerlo”.

Las anécdotas de Lucero en Japón

Lucero sabía que estar al frente de un taxi no sería fácil. Superado el idioma, quedaba la nomenclatura, entre otras curiosidades. “Una vez un señor estaba ebrio, se subió al carro y cuando me vio intentó abrir la puerta para salirse, pero no pudo porque en Japón es uno quien abre y cierra las puertas del vehículo de forma electrónica. Se disgustó y le abrí para que se bajara, miró bien el carro y al notar que sí era un taxi se subió de nuevo”. Y agrega: “Otro señor se subió y cuando lo saludé se bajó del taxi disculpándose porque creía que se había subido a un vehículo particular”.

Ahora bien, Lucero destaca que el taxi se constituyó en una especie de embajadora de Colombia, pues limpió la imagen del país en cuanto pudo. “El trabajo ha servido para decirles a los japoneses que mi país no es sólo droga y guerrilla, hay cosas muy lindas”.

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