11 Dec 2010 - 8:59 p. m.

Juan Manuel Santos

En los primeros meses de su gobierno ha realizado un verdadero milagro de alquimia política.

Humberto De La Calle / Especial para El Espectador

¿Podría haber alguien más santista que Santos? Aunque colocado a contrapié de la situación ideológica que administró su tío abuelo, el talante es el mismo, dirigido en ambas circunstancias históricas a apaciguar el revuelto mar de la política, a abrir espacios de tolerancia y a extender un ramo de olivo a los sectores excluidos por la administración anterior.

Digo que a contrapié de su antecesor, porque mientras éste usó el poder para tranquilizar la Revolución en Marcha llevada a cabo por la izquierda liberal, Juan Manuel por el contrario ha recogido sectores de izquierda moderada que habían sido condenados al ostracismo por Álvaro Uribe. Pero, en todo caso, pareciera que el gobierno de Juan Manuel estuviera regido por el ADN.

En los primeros cien días de su gobierno ha realizado un verdadero milagro de alquimia política. Mantiene intacto el apoyo del uribismo raso. Y hasta lo ha acrecentado. Pero al mismo tiempo ha promovido una tal cascada de rectificaciones al rumbo del gobierno anterior, que más parece que en Colombia hubiese ganado la oposición. Cuando digo que mantiene y expande el apoyo del uribismo, me refiero al ciudadano de a pie, más allá de las consejas de la cúpula que hablan de tensiones entre sectores radicales amigos de Álvaro Uribe y los nuevos círculos del poder. Para afianzar este soporte ha preservado con todo vigor la política de seguridad democrática, que fue el disco duro de la administración anterior. Lo llamativo, repito, es que esa continuidad haya venido acompañada de cambios y rectificaciones de amplio espectro. Algunos son cambios de estilo. Otros verdaderamente estructurales. Y de los demás, es demasiado temprano para establecer su dimensión y duración.

Entre los cambios de temperamento descuellan la actitud tolerante, el lenguaje inclusivo, el deseo de integrar al gobierno un mayor número de matices. Qué alejado este clima de distensión del talante de Álvaro Uribe, de quien podría decirse, recordando a Alzate, que tenía el mundo como contraparte.

Pero esta actitud no se limita a lo estrictamente político, ya que es la misma que permitió cancelar la profunda y desestabilizadora reyerta permanente con la Corte Suprema. Santos entonó de entrada el himno de la reconciliación e invitó a las cortes a trabajar en clave de consenso para lograr la reforma judicial, meta sin embargo esquiva todavía.

Ha desaparecido la microgerencia, los ministros recuperaron sus competencias, hay cierta moderada majestad en la Casa de Nariño, los nombramientos son del exclusivo resorte del Presidente y la política exterior discurre con más suavidad, aunque nunca se sabe dónde salta la liebre.

El cambio más profundo y más permeado por diferencias ideológicas importantes se relaciona con las víctimas y con la tierra. En este terreno Santos parece más bien inspirado en las ideas centrales del progresismo liberal. En efecto, Juan Manuel Santos ha designado públicamente a ese partido como el tutor reconocido del proyecto de ley de víctimas, dejando de lado los reparos que formuló la administración anterior. Y en cuanto a la cuestión agraria, es verdaderamente sorprendente que un dirigente netamente urbano, graduado en administración de negocios en Estados Unidos, habitante por casi una década de la metrópoli londinense y cadete de blanco impecable en sus años mozos, adopte con tanta pasión el papel de reformador agrario, no sólo para regresar la tierra a las víctimas del despojo, sino para abandonar la idea de Uribe de la “política del goteo”, pregonada por Reagan, según la cual el gobierno debe invertir en los empresarios del campo, que a los campesinos llegarán los beneficios de manera subsidiaria. Pues no. Vuelve a oírse en las oficinas del Ministerio de Agricultura el eco de la reforma agraria integral.

Pero, en tercer lugar, es en el terreno de la política donde el suelo se está moviendo y no se sabe cómo será el gobierno en el mediano plazo. Lo que se vislumbra es que durante algún tiempo Santos seguirá caminando por el filo de la navaja, jugando con la frialdad del póquer y administrando con sangre fría un amplio espacio de indefiniciones.

Veamos: por un lado, proclama a diario su fidelidad a Uribe, pero alienta en estrecho abrazo fracciones que hacen parte del repertorio de odios del gobierno anterior: el Partido Liberal y Cambio Radical. Negocia el estatuto de la oposición con el Polo, lo cual tiene toda la lógica, y abre un espacio de entendimiento parcial con los Verdes. A los conservadores los mantiene, pero recorta severamente su participación burocrática. Y, entre tanto, el grueso de su gobierno, el Partido de la U, se debate entre fuerzas centrípetas que van desde el uribismo recalcitrante, hasta los sectores que hoy se sienten más cómodos con el acento republicano de Santos. ¿Resistirá este esquema endiablado y fascinante, más cercano al malabarismo de circo que al reposo de una política ya decantada? ¿Resistirá Uribe tantas enmiendas? ¿Hasta cuándo?

Porque si alguna crisis hay en el futuro, y esta es una variable que nunca se puede descartar, Juan Manuel Santos podría verse en la tremenda disyuntiva de estrechar sus lazos con Cambio Radical y el liberalismo, en una especie de sociedad en comandita en la que el socio gestor siga siendo el sector santista de la U; o, por el contrario, deshacer vínculos actuales y regresar a la vieja guardia del uribismo puro y duro. Pero mientras llega ese momento (si es que llega), ya el Partido Liberal es el primer beneficiario del gobierno. Hoy cogobierna en los programas y no escatima espacios de figuración.

Pero como la anormalidad es la nota central de Colombia, lo verdaderamente alucinante es que nada de esto se dijo en campaña. Santos ha sorprendido a todos. Lo único que quizás no sea sorpresivo, es que al final de su mandato quede afincada la idea de que Santos ha sido un buen presidente.

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