Esa plenaria del 1º de septiembre estuvo colmada de muchísima tensión y expectativa nacional. Se presumía que iba a ser una votación muy estrecha. De todos modos, tanto los congresistas de la oposición como los oficialistas pudieron defender sus puntos de vista.
Recuerdo especialmente las intervenciones de los representantes Carlos Arturo Piedrahíta, Wilson Borja y Guillermo Rivera, quienes participando en nombre de la oposición manifestaron que la plenaria no debía tomar esa decisión. Tampoco olvido que, en casi todas sesiones en las que se tramitó y se habló del tema, las congresistas María Isabel Urrutia y Orsinia Polanco llevaron carteles en los que pedían el no a la reelección.
Cómo olvidar que en medio de la plenaria llegaban más impedimentos, más recusaciones. Hubo hasta amagues de salida del recinto, amenazas de no participar, inclusive hubo gente que lo hizo. Todo eso daba la posibilidad para que en cualquier momento se desbaratara el quórum. La expectativa y la tensión dominaron la jornada.
En medio de las intervenciones llegaron momentos muy dramáticos y difíciles, y hasta se alcanzó a hablar de la detención de algunos representantes que estaban en la plenaria. Eso hizo crecer la tensión, pero en mi concepto el momento más álgido fue cuando los representantes de Cambio Radical solicitaron que no les fuera permitido votar a los miembros de su bancada que se habían trasladado ya para el Partido de la U. A pesar de las dificultades y de lo que implicaba tomar una decisión, la mesa directiva, en cabeza mía como presidente, tomó la decisión jurídica acorde con los reglamentos, la Ley y a la Constitución de permitir votar a estas personas.
Fue una plenaria muy complicada en cuanto a la premura del tiempo, que nos llevó hasta faltando cinco minutos para las 12:00 de la noche.
Al final la votación fue de 85 votos a favor y 5 en contra, un voto finish, pues para que la medida pasara se requerían 84 votos. La verdad, en ese momento de la votación sentí un alivio, un descanso, pues entendí que me quitaba de encima un tema de tantísima trascendencia y expectativa.
En mi sentir, lo había logrado cumplir con responsabilidad, sin desviarme un solo instante de la imparcialidad. Entendí que con eso estaba cumpliendo con lo que le había dicho al país, que ese trámite no iba a morir en el Congreso, sino todo lo contrario, independientemente de que fuera negativo o positivo el resultado, iba a continuar su curso hacía la Corte Constitucional, que hoy todavía lo analiza.
Concluida esa extenuante jornada, no quedaba nada distinto que salir a la casa a dormir, después de un día tan duro de trabajo y desgaste mental. Precisamente ese día estaba en el Congreso desde tempranas horas de la mañana y estuve allí hasta casi la medianoche. Después de estar concentrado y atento en tomar las decisiones, en dirigir la plenaria y soportar todas las tensiones, salí inmediatamente a buscar la camita. Pude dormir muy bien, seguramente por la firme convicción del deber cumplido.