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…la cárcel por un montaje

EL PASADO 3 DE DICIEMBRE, la Corte Suprema absolvió al contraalmirante (r) de cinco graves delitos y él recuperó su libertad.

GABRIEL ARANGO BACCI
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Uno de los primeros propósitos que me hice, al enterarme de que había un supuesto cheque de la mafia con mi firma, fue que mis hijos jamás me vieran llorando, triste o derrotado. Para mí, todo este proceso era demasiado doloroso, lo fue desde el inicio, desde que les pregunté a mis superiores si me habían dado de baja de la Armada por alguna investigación y ellos lo negaron, a pesar de que ya llevaban tres meses con el dichoso cheque en sus manos. Pero, por muy doloroso que fuera todo lo que me estaba sucediendo, jamás lloré. Porque siempre tuve la convicción de que la Corte Suprema me iba a absolver.

Sin embargo, cuando la Fiscalía me llamó a juicio en enero de este año, realmente quedé pasmado. Para ese momento, con mi abogado ya habíamos desvirtuado todas y cada una de las pruebas que había en mi contra, pero el señor fiscal (Mario) Iguarán se empeñó en decir que el cheque, aunque adulterado, sí podía involucrarme. En otras palabras, me dijo: ‘Con cara gano yo, con sello pierde usted’. Pero me preparé para esta batalla legal. A mis hijos les repetía una y otra vez que esto era un montaje y a Camila, mi niña de 6 años, le dije que estaba en Bogotá haciendo un trabajo. Al final ya me decía que de todos mis trabajos, éste era el único que no le había gustado.

En los 18 meses que estuve recluido recibí apoyo de mucha gente. El primero fue del Ejército, que me acogió en la Escuela de Infantería y me dio todo lo que necesité. Me visitaron los congresistas Luis Élmer Arenas y Jairo Clopatofsky —con este último fuimos compañeros de escuela en la Armada—, el ex embajador en Israel Juan Hurtado. Incluso, me llamó el doctor Carlos Gaviria Díaz, quien me dijo que sabía que esto era un montaje horrible y me dio palabras de ánimo. Aunque con tristeza admito que muchos compañeros de la Armada, a quienes conozco desde hace más de 30 años, ni siquiera llegaron a preguntarme si necesitaba un cepillo de dientes.

El 1° de enero de este año, por primera (y única) vez tuve que pasar mi cumpleaños en el encierro. Mi esposa Catalina y mis hijos me hicieron una celebración, en la que estuvieron también el coronel (r) Alfonso Plazas Vega, su señora Thania y el general (r) Jesús Armando Arias Cabrales, los dos oficiales en retiro que estaban allí mismo por el proceso del Palacio de Justicia. Con Catalina, quien mantuvo la unidad familiar, siempre intentamos vivir esas fechas juntos para que esta tragedia no resquebrajara nuestra familia ni nuestras tradiciones. Aún así, me perdí la graduación del colegio de mi segundo hijo, Alejandro. Me dolió enormemente.

Recuerdo que el día que llegué a la Corte para mi primera audiencia, me volteé y le dije a Catalina: “Todavía no entiendo cómo y por qué estamos en la Corte. Esto es un desgaste enorme a la justicia”. No entendía cómo un proceso tan amañado había llegado a tales instancias. ¡Qué cosa tan tremenda! Les expliqué a los magistrados de mi historia, de mis bienes; y les agradezco mucho que se hayan mantenido dentro de los términos, porque eso es lo que me permite hoy estar en mi casa en Cartagena, haber salido el 22 y 23 a comprar los regalos de mis hijos y vivir una Navidad normal.

El día que la Corte divulgó mi fallo, yo estaba en la Escuela de Infantería jugando tenis. Fue la esposa del coronel (r) Vegas quien, emocionada, me llamó a preguntar si ya conocía la noticia. Yo me sentí como se siente una persona inocente. Nunca pensé que agradecería por el avanzado estado de Alzheimer en el que se encuentra mi madre, quien siempre estuvo tan orgullosa de mí. Pero en los 28 meses que duró este suplicio, claro que lo hice. Esto la hubiera matado.

Por GABRIEL ARANGO BACCI

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