28 May 2008 - 8:54 p. m.

La fiebre por crecer

La moda por ser más alto está llevando al uso indiscriminado de la hormona del crecimiento. Padres de familia se acercan a los consultorios exigiendo que la apliquen a sus hijos.

Pablo Correa

Más de la mitad de los pacientes que día a día tocan la puerta del consultorio de la doctora Camila Céspedes, una reconocida endocrinóloga pediatra en Bogotá y docente de la Escuela de Medicina de la Universidad Javeriana, llevan entre labios la misma pregunta: ¿cómo puedo crecer más a  mi hijo?

“Esto no era así hace unos años. Antes no se hacían esas preguntas. El patrón de belleza actual apunta a lograr cierto peso y cierta estatura”, comenta la experta, para concluir que “la estatura se ha convertido en un frecuente motivo de consulta”.

La mayoría de estos pacientes no sufren ninguna alteración que pueda considerarse patológica. No se identifica una deficiencia de la hormona del crecimiento. Tampoco insuficiencia renal crónica o problemas óseos. Mucho menos condiciones genéticas como el Síndrome de Turner asociado a tallas bajas. Sencillamente están por debajo del promedio de estatura.

Así, a las ya abultadas cifras de adolescentes que sufren los rigores de la anorexia y la bulimia por ajustarse a la talla ideal, y a las decenas que se someten a cirugías para aumentar el tamaño de su busto o corregir algún imperfecto en su fisonomía, ahora se suman los que corren a los consultorios en busca de un tratamiento para crecer. Temen no alcanzar o sobrepasar la estatura promedio de los colombianos, que para las mujeres se calcula en 1.58 m. y para los hombres 1.70 m.

La mayoría de ellos, o sus padres, saben que entre el arsenal terapéutico de los médicos existe una poderosa sustancia para cumplir su capricho: la hormona del crecimiento humano. Desde el año 2003, cuando la Food and Drug Administration (FDA) en Estados Unidos aprobó el uso de la hormona para el tratamiento de “la talla baja idiopática”, es decir, cuando no se conoce la causa del bajo crecimiento, su aplicación comenzó a crecer exponencialmente. Para expertos como Paola Durán, jefe de endocrinología pediátrica de la Fundación Cardioinfantil, “la talla baja idiopática” es un concepto polémico y el abuso de la hormona es exagerado por parte de algunos médicos.

No la necesitaba

Sergio (*) asegura que su hija fue víctima de este abuso. Al cumplir nueve años, él y su esposa notaron que se estaba desarrollando más rápido que el resto de sus compañeras. Decidieron llevarla a consulta con un reputado especialista. Luego de practicarle algunas pruebas, entre ellas un carpograma, que se utiliza para calcular el desarrollo óseo, el médico dictaminó que era necesario iniciar un tratamiento con la hormona.

Durante varios meses le aplicaron a su hija una inyección diaria. El tratamiento era costoso, 2,5 millones mensuales, pero si eso significaba dar un salto de estatura, estaban dispuestos a costearlo. Dificultades económicas en el hogar los obligaron a suspender el tratamiento. Semanas más tarde, preocupados por lo que podría pasar, decidieron visitar otro endocrinólogo. Para su sorpresa, este experto les dijo que su hija no necesitaba la hormona. Molesto, Sergio llamó a algunas emisoras de radio para contar su caso.


Una polémica historia

Cabalgando sobre un pequeño montículo óseo, en la base del cráneo, se encuentra la pituitaria. Bautizada por algunos como la glándula maestra, entre la decena de hormonas que fabrica este diminuto órgano, del tamaño de un guisante, figura la hormona de crecimiento. Desde los años veinte, cuando se identificó el papel que jugaba en el proceso de crecimiento, la hormona se convirtió en un codiciado botín. A diferencia de la insulina, que se extraía de cerdos y vacas para aplicarse en humanos, la hormona de crecimiento obtenida de estos animales no resultaba útil.

Para 1950 Maurice Raben, un endocrinólogo de Boston, halló una solución. De la pituitaria de personas fallecidas extrajo una cantidad suficiente de hormona para tratar un paciente de baja estatura. El rumor del tratamiento comenzó a extenderse entre galenos y pacientes. Unos y otros se aliaron con patólogos para que extrajeran la pituitaria de los cadáveres que llegaban para autopsias. En las tres décadas siguientes, se calcula que 7.700 niños norteamericanos y 27.000 más en el resto del mundo recibieron tratamiento con hormona de crecimiento extraída de cadáveres.

Hacia 1970, una empresa farmacéutica Sueca, Kabi, convirtió la hormona extraída de cadáveres en un polémico asunto. Luego de lanzar al mercado el primer producto, Crescormon, impulsó una campaña publicitaria dirigida a médicos no especialistas en endocrinología bajo el eslogan “Ahora, usted determina la necesidad”. Entrelíneas, insinuaba que cualquier niño de baja estatura era candidato para el uso de la hormona.

Años más tarde, al alto costo del medicamento, y al acceso restringido, se sumó otra preocupación. En los años 80 comenzaron a aparecer reportes relacionando el consumo de la hormona y la enfermedad de Creutzfeldt-Jacob (una demencia relacionada con el mal de las vacas locas). Muy pronto decayó el uso de la hormona. La industria farmacéutica, sin embargo, ya tenía preparado su reemplazo. La era de la genética comenzaba a revolucionar el mundo, y la empresa norteamericana Genentech había logrado insertar genes humanos en bacterias y producir la hormona sin el riesgo de enfermedades.

El nuevo tratamiento resultó costosísimo. Entre US$10,000 y 30,000 por año. Las farmacéuticas percibieron el jugoso negocio y se lanzaron a conquistar una parte del mercado. Hoy, al menos seis compañías se disputan este nicho: Genentech con Nutropin, Eli Lilly con Humatrope, Pfizer con Genotropin, Novo Nordisk con Norditropin, Teva con Tev-Tropin y Merck Serono con Saizen. En Colombia, el tratamiento mensual oscila entre uno y tres millones de pesos.

Una polémica que sobrevive

“En Estados Unidos la hormona se aprobó para ser utilizada en talla baja idiopática cumpliendo con unos criterios muy claros”, advierte la endocrinóloga Paola Durán, “pero entre la comunidad médica se ha prestado para recetarla a todos los niños bajitos. Hay una muy mala utilización del medicamento. Eso es grave”. A su consultorio llegan todas las semanas padres exigiendo la hormona. Muchos de ellos intimidados por los pronósticos de médicos sin la formación requerida en endocrinología. “Los papás que quieren la hormona para sus hijos suelen ir de médico en médico hasta que alguno se la receta”, comenta la especialista.

Una experiencia compartida por su colega Álvaro Arango, endocrinólogo pediatra radicado en Medellín: “he evaluado pacientes que buscan una segunda opinión acerca de si usan o no la hormona. Antes han consultado con alguien, con títulos dudosos en endocrinología, quien les ordena exámenes que no son necesarios y les dicen que efectivamente su hijo tiene déficit de hormona y necesita tratamiento. Por lo general, es él mismo quien vende el tratamiento”.


Los productos en el mercado son, en opinión de los especialistas, bastante seguros. Existen algunos riesgos al utilizarlos como hipertensión endocraneana, aumento de los niveles de azúcar en la sangre, alteraciones en la tiroides, acromegalia (crecimiento desproporcionado) o deslizamiento de la cabeza del fémur por un crecimiento atropellado de las extremidades. Pero con un adecuado monitoreo se pueden controlar.

¿Pero si el uso de la hormona, a pesar de los riesgos, es relativamente seguro, por qué negárselo a los padres de familia que quieren que sus hijos simplemente crezcan un poco más?

La respuesta de Camila Céspedes, de la Universidad Javeriana, es clara: “si no encuentro una causa clara y el paciente tiene una talla dentro de parámetros normales, no los trato. Para mí es un fármaco y no un cosmético, y por lo tanto se debe usar en situaciones patológicas”. Por otra parte, advierte la especialista, es imposible predecir el resultado del tratamiento en niños sanos. Aplicando criterios correctos, los niños pueden crecer entre 0 y 7 cm. más de lo que crecerían sin usarla.

Advirtiendo los riesgos de este “uso abusivo”, la Agencia Española de Medicamentos y Productos Sanitarios calificó la hormona como un medicamento de uso hospitalario en 2005. En Colombia basta una fórmula médica para conseguir el tratamiento.

¿Hormona de la vanidad?

Los deportistas han utilizado la hormona para doparse, pues se relaciona con el aumento de masa muscular. También la boyante industria de antienvejecimiento ha creído encontrar un elíxir de la juventud. Sylvester Stallone es uno de sus defensores.
Afirmó recientemente que la utilizó para lucir bien en la última película de Rambo: “todos los que tienen más de 40 años deberían investigar esto. En 10 años, esta hormona se venderá en el mostrador de las farmacias”.

El precio  por unos centímetros más

En los últimos años, tras la creciente apertura de la cultura china hacia Occidente, los jóvenes de este país comenzaron a convertir la altura en un rasgo de distinción y belleza.

Para ganar unos pocos centímetros, los jóvenes chinos están dispuestos a someterse a un doloroso tratamiento en el que los médicos quiebran los huesos de las piernas y mediante un artefacto metálico, con perillas que giran, estiran milímetro a milímetro sus miembros.

La promesa de crecer hasta unos siete centímetros extras puede llegar a costar hasta 6.000 dólares. Una tarifa que la mayoría no pueden costear. La estatura promedio para una mujer en China se estima en 1.55 m y para los hombres es 1.65 m. Paradójicamente, el hombre más alto del mundo en la actualidad es un chino. Se trata de Bao Xishun que mide 2.36 metros.

En cifras

9 cm aumentó la estatura promedio de las mujeres colombianas entre 1910 y 1984. En 8 cm se incrementó la de los hombres.

600 grs. de mazamorra, 3.500 gramos de chicha, 360 de pan y 40 de chocolate componían la dieta diaria de un colombiano en 1893. La mala nutrición era una de las causas de la baja estatura nacional.

(*) Nombre cambiando por petición de la fuente.

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