Hasta hace poco le decían al presidente Juan Manuel Santos que su gobierno era un gobierno de anuncios y no de resultados. Ahora, con la muerte de Alfonso Cano , el mandatario no sólo puede reclamar la autoría del mayor golpe militar contra las Farc, también se desmarca de su antecesor, el expresidente Álvaro Uribe Vélez.
Las críticas forman parte del pasado y Santos cuenta ahora con un amplio espacio de maniobra que lo lleva a pedirles a “los guerrilleros desmovilícense, porque, de lo contrario, como lo hemos dicho tantas veces y como lo hemos comprobado, terminarán o en una cárcel o en una tumba”.
Y es que Santos cuenta con los pergaminos suficientes para reclamar a título propio los éxitos en la lucha armada contra las Farc. Como ministro de Defensa fue el encargado de elaborar operaciones militares como ‘Jaque’, en la que fueron rescatados la excandidata a la Presidencia Íngrid Betancourt, tres contratistas estadounidenses y 11 militares; la ‘Operación Camaleón’, en la que recuperaron la libertad cuatro miembros de la Fuerza Pública, entre ellos el general Luis Herlindio Mendieta, el militar con más alto rango en cautiverio; y la ‘Operación Fénix’, en la que fue dado de baja, en territorio ecuatoriano, alias Raúl Reyes, el canciller de las Farc.
Ya como presidente Santos logró la muerte del segundo en la cadena de mando de las Farc, Víctor Julio Suárez, alias el Mono Jojoy. Ahora logró el golpe más contundente, la máxima cabeza del grupo guerrillero, Alfonso Cano, un operativo que borra todas las dudas en su gestión como mandatario en materia de seguridad.
Santos ha dejado claro que en la persecución a las Farc no va a aflojar, pero con este nuevo éxito militar, dejando de lado a sus contradictores, puede asumir con paso firme el camino para pasar a la historia como el presidente portador de las llaves de la paz.
Así lo planteó desde el 7 de agosto de 2010, en su discurso de posesión, cuando afirmó que “la puerta del diálogo no está cerrada con llave (…) mi gobierno estará abierto a cualquier conversación que busque la erradicación de la violencia y la construcción de una sociedad más próspera, equitativa y justa. Eso sí —insisto— sobre premisas inalterables: la renuncia a las armas, al secuestro, al narcotráfico, a la extorsión, a la intimidación”.
Álgidas polémicas se han generado cada vez que ha dado pasos en esa dirección. Sucedió cuando en el texto de la Ley de Víctimas y Restitución de Tierras reconoció la existencia de un conflicto armado, para muchos, el reconocimiento de las Farc como un actor bélico, para otros, el primer paso para lograr un diálogo que lleve a la paz.
No en vano, en el discurso de instalación del Congreso, el 20 de julio, reconoció que “hoy no sólo estamos hablando de paz. Estamos construyendo las condiciones para la paz. Quienes no entiendan esto —y me refiero en especial a los grupos armados ilegales—, quienes no sepan leer los tiempos que vivimos y el rumbo que toma el país, habrán perdido para siempre el tren de la historia”.
Pero el rechazo a una salida diferente a la derrota militar de las Farc no dejaba de generar molestia. Santos le dio la venia al denominado ‘Marco legal para la paz’, en cuyo articulado se habría paso a la posibilidad de que quienes dejaran las armas, en un proceso de paz, pudieran participar en política, planteamiento que desató una avalancha de críticas y este artículo fue retirado.
Ahora, Santos puede reclamar la libertad para emprender una negociación de este tipo, eso sí, como lo ha señalado, sin menguar la presión militar contra la guerrilla, pero con la independencia que le puede dar el palmarés de triunfos en el combate contra las Farc, triunfos que a mediano plazo podrían llevar a esta organización a deponer las armas.
En su momento Santos advirtió que “a mí algunos me acusan —y esto es una ironía— de querer la paz. Esa acusación me honra. Creo que cualquier persona tiene que estar enferma mentalmente si no quiere la paz y algunos están enfermos mentalmente”, seguramente, con este último golpe a las Farc, las críticas pasarán a segundo plano y ahora la batuta la tiene el mandatario.