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9 Aug 2011 - 10:40 p. m.

La indignación como método para encontrarse a sí mismo

Desde hace días los indignados desfilan por el centro de Madrid después de ser desalojados de Puerta de Sol. La plaza ahora está ocupada militarmente.

Arturo Prado Lima

Escondan a los niños que viene el papa, grita una mujer, que se abre paso, de arriba abajo, de principio a fin, entre la procesión de cientos de indignados españoles que desfilan por la calle Embajadores. Desde hace días que desfilan por el centro de Madrid después de ser desalojados de Puerta de Sol. La plaza ahora está ocupada militarmente. De unos 60 años, la mujer hace gala de juventud maniobrando su bicicleta atiborrada de alertas contra la presencia del papa. Es su escenario.

Un hombre, de una edad igual, la observa desde su intimidad sitiada por la multitud. Aun no asimila su rol en la manifestación. Sólo sabe que dentro de su silencio hay un grito que quiere salir, volar, quizás acampar en un sitio diferente a su yo indefinible. Un megáfono alborota sus sentidos. Casi en sus oídos una mujer grita que no, que no, que nos representan, refiriéndose a la clase política.

El hombre se anima a gritar, pero la frase se le atraganta. Me mira, como pidiendo mi aprobación, y la de la joven que marcha a su lado. Sabe que lo hemos pillado en su indecisión. Dos calles más adelante la presión interna explota, aun débil, pero explota. Tres, cuatro calles más y el hombre está gritando al compas del megáfono. Ya no hay nadie quien lo calle. Sabe que ese es su escenario. Y que esa es su gente. Nunca se había imaginado gritando se esa manera en pleno centro de Madrid.

Una adolescente pasa apropiada de la situación. Anima. Grita. Se siente responsable. Nunca lo había estado antes. La marea indignada la absorbe. La engulle, y ella se deja engullir. Ha pasado de la indiferencia a la implicación. Aunque ella no sea consciente del todo. Por fin hay una multitud en que invertir su carácter, su imaginación, su confianza, su yo inteligente y activo.

Un joven desempleado, sin casa, sin techo, sin trabajo, sin miedo, se sube a una plataforma de construcción y lanza la consigna de que no, que no, que no tenemos miedo. Y no lo tiene. Su actitud es desafiante, entregada, su alegría es la prueba. La masa, la multitud ha anulado esa muralla que lo tenía encarcelado y señalado por el “régimen” como un Ni Ni, es decir, por un hombre que NI trabaja NI estudia. Ahora, esa marcha es su porvenir.

Varios sin papeles se unen a la marcha. Cautos, asustados. Saben que una carga policial y una posible detención los llevaría a una deportación segura. “Sigue tú que eres español”, le pide una joven rebelde, colombiana tal vez, a su amigo. Y el español le anima a perder el miedo. , y ella actúa como si ya hubiera leído a Klaudia Álvarez: “Somos todas iguales, las mismas, igual de precarias, de cansadas, de enfadadas. Somos los nadie sin miedo y sin futuro, en Barcelona, en Atenas, en Tahrir”.

Así fue desde el principio. Desde el 15 de mayo, 15 M, cuando los primeros indignados levantaron sus carpas en la Puerta de Sol de Madrid, aun sin imaginar la polvareda que alzarían en España y el mundo. Cientos de mujeres y hombres cuya vivienda les había sido embargada por los bancos, junto a habitantes habituales de las calles madrileñas, se acercaron con curiosidad y se quedaron en la plaza, levantaron su techo y colgaron su sueño frente a sus carpas: “Por fin un chalet en el centro de Madrid”. No había diferencia entre unos y otros. Todos eran desheredados, señalados, excluidos del sistema: pensionistas, sindicalista sin fe en sus sindicatos, amas de casa, estudiantes. Este era su escenario, su lugar. Desde aquí se hacían visibles al público, a la prensa, y lo que es más importante, a ellos mismos.

La vergüenza para todos desaparecía bajo el paraguas del 15 M. Profesionales sin profesión, desempleados sin futuro, intelectuales sin medios donde expresarse, periodistas enmudecidos por los grandes comunicadores, inmigrantes sin ilusión hacían de su condición una virtud. De su ausencia una presencia activa, de su silencio un grito. Ahora, entre los suyos, se lo creían: “las plazas son nuestras, las calles son nuestras, las playas son nuestras”. Y lo gritaban a voz en cuello. No dejarían que el grito se ahogue en el corazón.

Ahora, en la calle, el desafío a los silencios, la resignación, la parálisis daba los primeros resultados: miles de personas aprendían a verse a sí mismos. Y eso, para quienes tuvieron la iniciativa del 15 M, es más importante que la cantidad de hombres y mujeres que marchan por las calles y ocupan las plazas de España.

Ahora se sienten el resultado de algo y de alguien. La autoculpa sobre su situación pierde peso ante la gran masa. El éxito de este movimiento radica en que ahora hay algo a que pertenecer y porqué luchar.

La iniciativa de las movilizaciones ha desbaratado los esquemas. Ha desordenado los elementos humanos, culturales y materiales de todos aquellos que se sienten excluidos del sistema del bienestar europeo. Ahora hay un lugar, una Puerta del Sol para expresarse. Fabián Gándam resume la intención de reconquistar la plaza después de la ocupación militar: “Estoy aquí y no me mueven oscuros interés, no respondo a complot alguno, lo único que enciende mi indignación es mi sentido común y mi concepción de la justicia y la dignidad”.

Tal vez por ello, cuando la policía desalojo la Plaza de Sol, fue un estímulo más para la congregación y la unidad: “Si no nos dejan acampar en Sol, llevaremos la Plaza de Sol a todas partes”, era el grito unánime. Ahora, La Puerta de Sol está en Atocha, en la plaza Mayor, en Valencia, en la Plaza de Catalunya. Y hasta allí llegan todos y todas con su corazón combatiente.

Esta inclusión está fuera del control de los excluidores. La indignación Florece. Algo está pasando y va a pasar. La reconquista de la Plaza de Sol es sólo un mero simbolismo. Mañana el sol brillará en toda España.

Esa dispersión de ideas e ideales, esa pluralidad de puntos de vista, ese amasijo de deseos, a veces enfrentados entre sí, necesitan encontrar un cauce, un camino. Hay que reorganizar los pedazos de deseos dispersos en el alma. Hay que vomitar todo, sacar los esqueletos de sueños que amenazan con encarnarse en el corazón. Hay que llevar el sol a las cavernas de la civilización e iluminar las cloacas, desvanecer las sombras que opacan al ser humano. Y eso no es posible hacerlo en soledad. Hay que pertenecer a esa masa. Y aun más, ser esa masa que corea su indignación por las plazas, las calles, los caminos, las carreteras y los campos de España.

Hay que devolverle el sentido a los sueños, y el sentido está tomando forma aunque, como lo escribe Oscar Rivas: “a pesar de todos los problemas y desajustes de nuestro movimiento, tengo el convencimiento de que lo que hemos hecho ha despertado la conciencia colectiva y nos ha devuelto la dignidad”.

El hombre sigue gritando y la mujer da una vuelta más en su bicicleta, pero ahora ya no grita que escondan a los niños, sino que escondan su cartera que viene el papa. Yo no me animo a gritar. Me interesa observar y hacer fotografías, aunque siento en el alma miles de motivos para indignarme también.

Por Arturo Prado Lima, colaborador de Soyperiodista.com

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