La «qibla» o la vagina
Era musulmán. Y estaba casado. Pero ni lo uno ni lo otro le impedían ser un amante maravilloso. Todo lo contrario. Poseía la sangre caliente de los árabes, a la cual se le añadían las frustraciones tórridas que se escapan de las relaciones conyugales: era un verdadero cóctel explosivo.
El tipo era extraño. Y eso es poco decir. Lo primero que hacía luego de haberme desnudado, cada vez que íbamos a un hotel para “consumar” nuestra unión ilegítima, era buscar en el cuarto la flecha de la Ka’aba: Ustedes lo saben, es el signo que indica a los buenos creyentes en qué dirección está La Meca y cómo deben situarse para rezar de frente, hacia la Ciudad santa.
¡Y como rezaba! Cuando llegaba el momento de la oración, pegaba un salto del lecho de nuestro pecados y desnudo, dejando gotas de esperma detrás de él se ponía hacer sus abluciones. Luego, cogía una toalla y se tapaba la región entre el ombligo y las rodillas, se volteaba en dirección de la qibla y se sumergía en la Fatihah. Después se levantaba, tomaba de una sola vez una copa de champaña y retomaba su “tarea mortal” con un espíritu renovado.
Al comienzo me sentía desconcertada, la escena me parecían delirante, extraña, subversiva. Se trataba de un musulmán que estaba casado, que cometía adulterio y que bebía alcohol pero que no faltaba a ninguna de sus oraciones diarias, las que su Profeta le había recomendado para asegurar la entrada al Paraíso. Pero terminé por pasar rápidamente de la diversión a la incomodidad y lo dejé. No lo volví a ver. Todavía lo imagino en pelota, preparándose para repetir su mantra “Allahu Akbar”. El debe considerarse un hombre “casto” sin ninguna duda.
¿Cuántos seres con esa doble personalidad hay hoy en día en el Líbano y en el mundo árabe ? La lista de casos es interminable. Como aquel intelectual “liberal” que me reprochaba ser demasiado “cohibida” en mi manera de vestir pero al que le daba una tremenda crísis en el restaurante cuando veía llegar a su hermana vestida con minifalda. O el célebre novelista de izquierda que pretendía defender la emancipación de las mujeres pero que no dejaba pasar la ocasión para acosarlas cuando se le cruzaban en el camino. En efecto, el acoso sexual ha llegado a convertirse en una epidemia en el Medio Oriente, podría figurar como deporte nacional, y no existe ninguna ley que proteja a las mujeres.
En nuestra cultura las nociones de virtud y de abstinencia son sinónimos, lo mismo que libertad y depravación, sobre todo cuando se trata de la mujer. Es como el síndrome de Casanova contra el de la meretriz. Por increíble que parezca, en un país como el Líbano que se dice “moderno”, muchas mujeres son todavía obligadas a llegar vírgenes al matrimonio. Si viviéramos en un mundo normal podríamos tomar esto como una broma de mal gusto. Pero no es el caso. No en una región en donde la noción de honor está ligada a aquello que se sitúa entre las piernas de la mujer y donde su cuerpo es considerado como una adquisición masculina.
¿A dónde nos lleva esto? Entre otras cosas, a los estremecedores crímenes de honor. Esos que cuestan la vida a 20 mil mujeres cada año. Si una mujer se atreve a tener relaciones extraconyugales, - que ella haya buscado o se le hayan impuesto por medio de la violencia- , la mujer corre el riesgo de ser asesinada por un miembro de su familia. Los crímenes de honor se aplican solamente a las mujeres, no a los hombres. ¿O alguna vez se ha oído hablar de una mujer árabe que haya hecho cortar el cuello a su hermano por haber tenido relaciones fuera del matrimonio?
Otro producto derivado del tabú de la virginidad es la reconstrucción del himen, práctica muy apreciada en el Líbano y en otros países árabes. Pero lo que resulta más lamentable es la manera cómo las mujeres aceptan esta humillación y se prestan a este tipo de compromisos que ignoran su derecho a disponer de su cuerpo libremente. Las madres, o toman partido por las familias que comenten crímenes de honor, o los observan con silencio culpable, o arrastran a sus hijas al ginecólogo para que les fabrique un nuevo himen : estas mujeres, cuyos cerebros han sido lavados durante siglos por la manipulación patriarcal y la negación, recitan en coro las palabras que les han inculcado sus mamás, sus papás, la sociedad y los medios religiosos y culturales árabes.
El Líbano registra una de las tasas más bajas de participación de la mujer en la vida política y una de las más altas en la degradación de la imagen de la mujer. Vallas, publicidad de televisión y videos musicales vienen cargados de erotismo; no existe una sola publicidad sin que una mujer semidesnuda aparezca acostada sobre una nevera para hacernos caer en la tentación de comprarla (inútil decir que jamás se vera un hombre semidesnudo incitándonos a comprar una nueva banqueta).
Hace poco el ministro libanés de Turismo dejó sin ninguna vergüenza que se produjera un film en el que se juega con el deseo de los turistas para según él, promover el país, permitiendo que se exhibieran jóvenes libanesas casi desnudas. Y esto en un país en donde la modernidad y la libertad son consideradas como superficiales y las mujeres no gozan de ningún derecho! Tenemos una ley según la cual un violador puede escapar a la justicia si se casa con su víctima, devolviéndole de esta manera el “honor”. He aquí un criminal “salvado” mientras que su víctima es “castigada” de por vida. Esta ley es un ejemplo de las numerosas leyes discriminatorias dignas de la edad de piedra en un país que se hizo llamar “La Suiza del Medio Oriente”.
En efecto, lo peor de la historia es creer que las mujeres han “escogido” ser tratadas con esa condescendencia. Lo que ellas llaman “escogencia” no es más que una negación o un lavado de cerebro. ¿Cómo se puede hablar de libre escogencia cuando no se tiene ninguna otra solución? ¿O cuando la otra solución es vivir encerrada, en ostracismo, castigada o encarcelada, y hasta ser asesinada?
Francamente no sé como una mujer puede considerarse como tal en esta parte del mundo, sin que los insultos y los abusos de los que es víctima despierten en ella un sentido de rebeldía contra los que buscan eliminarla o explotarla. Cuándo explotará al fin la “bomba” de las mujeres árabes. Me refiero a la bomba de sus capacidades, de sus ambiciones, de su libertad, de su fuerza y confianza en ellas mismas. A la bomba de su cólera contra la condición que se les infringe y que ellas aceptan sin murmurar. Cuándo admitirán ellas que los derechos no son un lujo sino que son de importancia capital ? Y sobre todo, ¿cuándo cesarán ellas de contribuir a reforzar ese sistema patriarcal con valores de otros tiempos?
Se habla de la “primavera árabe”. Lo que yo veo es otro invierno, o mejor una primavera “maquillada”. ¿La solución? Destruir. Y destruir. Y destruir aun más. Y luego reconstruir. Hombres y mujeres, la mano en la mano. Esa es la batalla que necesitamos. Esa es la verdadera revolución que merecemos.
Traducido del francés por MH Escalante, colaboradora de Soyperiodista.com.