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El corto discurso pronunciado por el presidente Juan Manuel Santos luego de confirmar la muerte del máximo jefe de las Farc, alias Alfonso Cano, en el que simplemente le agradeció a las tropas por el triunfo militar e invitó a los guerrilleros a dejar las armas porque, de lo contrario, terminarán muertos o en la cárcel, es la principal evidencia de un gobierno que va más allá de los anuncios y el debate y que, en sólo 15 meses, ha logrado resultados sin precedentes.
Y es que los hechos hablan por sí mismos. Alfonso Cano es el primer comandante de las Farc abatido en el campo de batalla —Manuel Marulanda o Tirofijo y Luis Alberto Morantes, alias Jacobo Arenas, murieron en la selva, por males de salud. Por eso Santos no requirió de un gran discurso para explicar la magnitud de un golpe que incluso sus detractores, que hoy son muy pocos, no dudan en reconocer.
Para el analista político Pedro Medellín, “el gobierno de Santos se puede medir en hechos y los hechos concluyen que Santos, en poco más de un año, ha hecho más que el expresidente Álvaro Uribe en ocho. Estamos hablando de eficiencia, no de debates, peleas o anuncios. Acá estamos al frente del máximo logro militar, que era lo que le estaban reclamando, pero en otros sectores, como el económico, los resultados también han sido satisfactorios”.
Era precisamente el tema de la seguridad el que se había convertido en el principal objeto de críticas contra Santos, él lo sabía y tomó medidas. Reorganizó la cúpula militar, nombró a uno de sus principales alfiles, Juan Carlos Pinzón, como ministro de Defensa, esa era su apuesta, y como buen jugador, esperó los resultados, que no pudieron ser mejores.
Atrás quedaron los señalamientos contra la política de seguridad en la era Santos, los rumores sobre la presunta desmoralización de la tropa y las críticas por los errores en combate, que en las últimas semanas había generado la caída de cerca de 30 miembros de la Fuerza Pública en operaciones militares. Ahora el mandatario puede reclamar el espacio como la persona con mayor éxito en la lucha armada, como el principal verdugo de las Farc.
Como ministro de Defensa fue el encargado de coordinar las más exitosas acciones militares, como la ‘Operación Jaque’, en la que, sin hacer un solo disparo, fueron rescatados la excandidata a la presidencia Íngrid Betancourt, tres contratistas estadounidenses y 11 militares; la ‘Operación Camaleón’, en la que recuperaron la libertad cuatro miembros de la Fuerza Pública, entre ellos el general Luis Mendieta, el militar con más alto rango en cautiverio, y la ‘Operación Fénix’, en la que fue dado de baja, en territorio ecuatoriano, alias Raúl Reyes.
Como presidente su primer logro fue la muerte del segundo en la cadena de mando de las Farc, Víctor Julio Suárez, alias Mono Jojoy. Ahora consiguió el golpe más rotundo: la baja de la máxima cabeza del grupo guerrillero, Alfonso Cano, resultados que ahogan las críticas que estaba recibiendo en materia de seguridad.
Ahora Santos tiene la posibilidad de pasar la cuenta de cobro y no sólo como verdugo de las Farc, como ya lo hizo hace pocos días, cuando advirtió que su “gobierno sí es un gobierno de anuncios. Santos puede esgrimir los éxitos de su gestión como mandatario en la creación de un millón 85 mil nuevos puestos de trabajo, bajando la cifra de desempleo a un dígito; la firma del Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos, el crecimiento de la industria, cercano al 10%, el restablecimiento de las relaciones con los países vecinos y la desarticulación de carteles de corrupción en la salud y en la DIAN.
En materia política la situación no ha sido diferente. Santos ha logrado acomodar bajo la sombra de la Unidad Nacional a quienes en el pasado fueron sus principales contradictores políticos, como el jefe del liberalismo y ahora ministro de Trabajo, Rafael Pardo, y el ministro del Interior, Germán Vargas Lleras, quienes han sido los encargados de empujar con éxito el trámite legislativo de iniciativas como la Ley de Víctimas y Restitución de Tierras, la Ley de Primer Empleo, la reestructuración del Estado y le reforma al régimen de regalías, que son, entre otras, las bases de la propuesta de gobierno de Santos.
Y es precisamente en el escenario del Congreso en el que Santos podrá cobrar la legitimidad adquirida y, con la muerte de Alfonso Cano, perderán validez los argumentos de quienes planteaban la inconveniencia de incluir en la reforma a la justicia la reestructuración y fortalecimiento del fuero militar. Este es el momento de Santos: calladas las críticas y con evidentes resultados, cuenta con un margen de maniobra de respaldo popular, social y político, incluso mayor que el que tuvo en su momento su antecesor Álvaro Uribe Vélez.