13 Mar 2011 - 7:59 p. m.

La 'profe' de la calle

Después de ganar el Premio Cafam a la Mujer en 2010, la suerte no ha estado de su lado. Perdió su empleo, está endeudada y sufre para conseguir recursos que le permitan seguir rescatando niños indigentes.

Laura Juliana Muñoz

Se necesita algo más que valor para casarse a los 13 años, pagarse una carrera profesional lavando carros y demostrar que no era un capricho resocializar a cerca de 450 niños que habitan en la calle, darles la posibilidad de estudiar y ayudarles a sanar las cicatrices de la violencia. Esa ha sido la vida de Sonia Quintero Serna, la ganadora del Premio Cafam a la Mujer el año pasado y a quien desde entonces la suerte no le ha jugado una buena pasada.


Sonia, una trigueña de 44 años, se despierta cada día al lado de 30 hijos adoptivos y tres propios en su casa, no muy grande, del barrio Corbones de Armenia. Los menores tienen entre 10 meses y 16 años, algunos fueron habitantes de la calle, otros no pueden ni quieren vivir con sus padres porque los maltratan o porque se morirían de hambre, de soledad. Según su ‘guardiana’, con acompañamiento y cariño ellos se han percatado de que tienen otras posibilidades de vida, lejos de la calle y las drogas, cerca de las aulas y los juegos.


A pesar del reconocimiento del Premio Cafam y de la gente de su ciudad, las cosas no han sido más fáciles para esta mujer: perdió su trabajo en el Inem, su fundación aún no tiene instalaciones adecuadas (la sede es su propia casa), tiene deudas con las empresas que le fían los uniformes y útiles escolares, y un libro a la espera de recursos para ser publicado. Sembrando esperanzas es la compilación de los testimonios de los niños de la fundación y las estrategias de las que se ha valido Sonia en 30 años de experiencia pedagógica y social.


Hablar del comienzo de su cruzada por los niños y mujeres es hablar del amor, de cómo se casó a los 13 años con un hombre que aún quiere, aunque haya muerto tres años atrás. Ambos lavaban carros durante toda la noche, mientras otros seres vagaban como fantasmas, con un tarro de bóxer, con el hambre acumulada. La pareja se les acercaba con prudencia y los escuchaba. Luego empezaron a trabajar en equipo, crecieron juntos.


Además de resolver el hambre, había que pensar en la educación y en el tratamiento psicológico de los niños. Con los años Sonia Quintero se graduó como educadora y consiguió el apoyo de algunas instituciones para hacer un trabajo integral con los menores, muchos de los cuales están estudiando en el colegio Inem de Armenia, donde Quintero laboró hasta el año pasado.


“Cuando uno educa a un niño, no sólo se debe hablar de estudio, sino de formarlo como ser humano”, aclara. Actualmente la Fundación Sembrando Esperanzas tiene 840 niños y mujeres vinculados, de los cuales 453 vienen de la calle y el resto en busca de una segunda oportunidad cuando sus derechos han sido vulnerados. Para Sonia lo más importante de entender es que “el origen de todos los problemas está en una familia deteriorada”.


A pesar de todas los problemas, ella no está sola: varias empresas y universidades la apoyan en su iniciativa, algunos ciudadanos se han vinculado al Plan Padrino de la fundación y los profesores del Inem les llevan mercado a los niños cuando pueden.


A veces la gente le pregunta que por qué hace todo este esfuerzo quijotesco, a lo que ella responde que más que un sacrificio es una satisfacción: “No desmayo porque miro adelante y sé apreciar la bendición del día, como alguien dispuesto a ayudar o la sonrisa de un niño cuando siente el amor”.

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