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Lo dejó por escrito y por experiencia propia el poeta español Francisco Umbral: “Jamás nadie ha domesticado a un gato, aunque tenga fama de animal doméstico”. Y no es ficción. Se demostró, una vez más, al reconstruir la historia de la rabia en Colombia, que empezó en 1903 con el gato de la casona colonial de don Antonio Samper Brush, fundador de la Empresa de Energía de Bogotá. En medio de una de las familias más distinguidas de la capital, el animal atacó a una hija de don Antonio y a la empleada del servicio. En el país no había forma de combatir el letal virus. Para salvarlas, al industrial le tocó enviarlas en barco a Estados Unidos donde fueron vacunadas.
Otro hijo de don Antonio, Bernardo Samper Sordo, fue testigo del ataque y, aunque se salvó de ser mordido, le anunció a la familia que estudiaría medicina. Cientos de personas morían por cuenta de la rabia sin que el Gobierno hiciera algo.
No era la primera vez que los Samper enfrentaban una emergencia así. En 1895 otra hermana de Bernardo murió de difteria, porque la vacuna no llegó a tiempo de Europa y desde entonces la familia empezó a importar suero antidiftérico, que conservaba entre cajas de madera y bloques de hielo, para auxiliar a los contagiados.
El relato, prueba de que el virus de la rabia no ha sido ni es sólo un fenómeno rural que afecta a familias campesinas, permanece guardado en los valiosos y olvidados archivos del Instituto Nacional de Salud (INS). Allí está la explicación a la pregunta que muchos colombianos se hicieron esta semana: ¿Por qué en pleno siglo XXI dos niños —Walter Steven Franco Pérez y Andrés Felipe Correa Belalcázar— murieron en Santander de Quilichao tras la mordedura de un gato rabioso? No solamente en el Instituto Técnico público de ese municipio caucano está la explicación, sino en la historia de la medicina colombiana.
Tuvo que ocurrir la tragedia de los Samper para llegar a la de Quilichao. Fue Bernardo Samper, tras haberse graduado de médico en la Universidad Nacional, en 1914, quien empezó a investigar sobre la rabia a partir de los testimonios de las familias capitalinas y de las investigaciones del francés Louis Pasteur. Pero no le bastó. Se fue a Boston a estudiar cómo fabricar vacunas y allí se encontró con otro bogotano, Jorge Martínez Santamaría, casualmente testigo del ataque del gato en casa de los Samper.
Se aliaron, acudieron también a la Escuela de Medicina Tropical de Londres y al Instituto Real de Salud Pública de Inglaterra, y a su regreso a Colombia fundaron, el 24 de enero de 1917, el Laboratorio Samper-Martínez, lo que hoy es el INS.
En una casa de la carrera novena con calle 57 crearon las primeras vacunas contra la rabia, la fiebre amarilla y la difteria, a pesar del sino trágico que los perseguía: Martínez Santamaría murió de difteria en 1922, contagiado por los virus con los que investigaban. Sin embargo, Samper siguió y especializó el laboratorio hasta convertirlo en pionero en Latinoamérica. Por eso el Gobierno optó por comprárselo en 1926 y convertirlo en el Laboratorio Nacional de Higiene, dirigido por el propio Samper hasta 1946.
En carne propia
Incluso su familia había olvidado esos detalles. El ex presidente Ernesto Samper apenas volvió sobre sus recuerdos cuando El Espectador le habló de Bernardo Samper. Entonces acudió al libro verde que guarda en su biblioteca La historia de los Samper y admitió que la primera vez que supo de la importancia de su tío abuelo fue en la adolescencia, después de que un perro callejero lo mordiera a él y a su hermano Daniel.
“Nos aplicaron en la barriga varias inyecciones dolorosísimas”. Desde entonces se ocupó de que sus mascotas, en esa época la gata Diana, durante su presidencia la perra Chira y ahora el schnauzer Piropo, estén vacunados contra la rabia. Mira con admiración la foto de Bernardo Samper y destaca que “en una época en la que el concepto de salud pública no existía, la importancia de su legado radica en que abrió el camino científico y estatal para trabajar en función de la salud de todos los colombianos”.
La obsesión de los Samper en este tema sigue vigente: en 1998 Jorge Boshell Samper, ahijado de Bernardo Samper, asumió como director del INS hasta 2003. Es un epidemiólogo, virólogo y patólogo que ha trabajado en los hospitales públicos de Bogotá, ante la Organización Mundial de la Salud y como consultor de Enfermedades Virales para el Oriente Medio .
El hueco negro
Y, ¿qué tiene que ver esta saga familiar con el caso de Quilichao? El fruto de décadas de investigación científica, que habían llevado a Colombia a ser reconocido como el país latinoamericano más adelantado en virología, incluso exportando vacunas antirrábicas a Suramérica en los años 80, empezó a decaer, paradójicamente, mientras Ernesto Samper fue presidente y Jorge Boshell, director del INS.
Entre 1994 y 2000 se cerraron los laboratorios de vacunas y sueros, entre ellos los de antirrábica humana y canina, que producían lotes de 80 mil dosis mensuales a partir de las células de caballos y ratones inmunizados. Razones: no había suficiente presupuesto para sostener su operatividad, las instalaciones requerían una multimillonaria inversión para adaptarlas a los estándares internacionales de la Organización Panamericana de la Salud y resultaba mejor opción importar o encargar los productos a manos privadas. Bochell explicó: “Ese doloroso episodio me tocó a mí, iniciamos el proceso de modernización, pero nunca hubo el dinero suficiente”.
Sonia Cortés, experta en vacunas, quien trabajó 33 años en el INS, opina que “fue una mala decisión porque en ese momento se perdió un conocimiento acumulado invaluable”. Colombia había logrado niveles de cobertura preventiva superiores al 90 por ciento en casi todo el país y cayó en un bache mientras el Gobierno se adaptaba al nuevo esquema de importaciones y de producción privada, liderado por la firma Vecol con apoyo tecnológico de la Fundación Rockefeller.
Por eso, según los registros sanitarios, empiezan a ocurrir emergencias de rabia en humanos: 5 en 1996, 7 en 1997, 2 en 1998, 3 en 1999. En 2000 muere en Bogotá una mujer proveniente de Orito, Putumayo; en 2003 un niño en Quipile, Cundinamarca; en 2004, 14 niños indígenas del Bajo Baudó chocoano; en 2005 hay tres víctimas más en el Alto Baudó, y entre diciembre de 2006 y enero de 2007 cuatro en Santa Marta a causa de la mordedura de perros.
Además, un documento del Instituto Colombiano Agropecuario (ICA) reconoce que “en los últimos años se ha presentado un incremento considerable de los focos de rabia animal”: 57 en 2003, 68 en 2004, 103 en 2005, 111 en 2006, casi 200 en 2007. Antioquia, Arauca, Atlántico, Bolívar, Casanare, Cauca, Cesar, Córdoba, Magdalena, Nariño, Norte de Santander, Sucre, Huila y Valle del Cauca, son las regiones más afectadas. Casi siempre el origen reportado es la propagación del mal a través de la mordedura de murciélagos a animales. A su vez, éstos la pueden transmitir a los humanos.
Desenlace fatal
El 25 de junio de 2007 el Gobierno decretó la emergencia sanitaria y apenas en octubre se adjudicó a Vecol parte de la licitación por 2.897 millones de pesos para adquirir nuevos lotes de vacunas antirrábicas para animales y humanos. En ese proceso la firma Serum Institute of India advirtió que los productos “se necesitan de manera urgente” y que “la vida de muchas personas está en riesgo ante la carencia absoluta de esos productos y ante la existencia en las principales ciudades y en las zonas rurales de un gran número de animales domésticos y callejeros, potenciales transmisores de una enfermedad que resulta mortal para los humanos”.
Resultado: el desajuste del plan nacional se quebró en el Instituto Técnico de Quilichao, donde no ocurrían casos hacía 20 años. Falló el plan de cobertura y la educación de la población afectada, que acudió a los hospitales apenas un mes después de que el gato mordió a los niños. Los médicos no pudieron evitar el desenlace fatal porque el virus ya había acabado con el sistema nervioso y el cerebro de las víctimas.
El Espectador le pidió al Instituto Nacional de Salud que le informara acerca de los porcentajes actuales de cobertura y los tipos de vacunas que se producen aquí o se importan. También su versión del cierre de los laboratorios especializados. Sin embargo, Luis Eduardo Mejía, director del INS, dijo que esas respuestas son competencia del Ministerio de Protección Social.
¿Cómo evitar que esto vuelva a repetirse? La recomendación científica parece obvia y fácil: recuperar los máximos niveles de cobertura, tanto en campañas de educación, como en vacunación. Para ello se requiere que el ICA vuelva a controlar la población de murciélagos y que la disponibilidad de vacunas para animales y personas cobije todos los municipios del país. También que los colombianos se concienticen de que la rabia no es una epidemia potencial que pasó a ser leyenda gracias a novelas como La Peste, de Camus, o Del amor y otros demonios, de García Márquez. Por esta enfermedad, 55 mil personas murieron el año pasado en el mundo.
La campaña para retomar el control frente a esta enfermedad ya la reactivó el Ministerio en Quilichao y se extenderá a todo el país. El objetivo es que la gente vacune a sus mascotas y animales en general y no desate ahora una persecución contra los gatos callejeros. Como advirtieron Ernest Hemingway y Carlos Monsivais sobre sus 42 y 12 gatos respectivamente: el problema no es de los felinos, sino de los humanos.
Las licencias del Invima
“Sobre productores de vacunas para humanos (las cuales son competencia del Invima), éstos deben estar certificados por este organismo en Buenas Prácticas de Manufactura, tal como lo establece el Decreto 549 de 2001. De igual forma, para poder ser comercializadas deben contar con Registro Sanitario conforme al Decreto 677 de 1995. Teniendo en cuenta el Decreto 162 de 2004, cuando se trate de medicamentos importados, se acepta el Certificado de Cumplimiento de Buenas Prácticas de Manufactura, otorgado por la autoridad competente a los interesados respecto de los laboratorios fabricantes, ubicados en los siguientes países: Estados Unidos de Norteamérica, Canadá, Alemania, Suiza, Francia, Reino Unido, Dinamarca, Holanda, Suecia, Japón y Noruega, o por quienes hayan suscrito acuerdos de reconocimiento mutuo con estos países”.
“Los productos que cuentan con Registro Sanitario vigente son: Imogan Rabia (vigencia desde 2003 hasta 2013/08/11, de Sanifi Pasteur S. A.; Human Rabies Immunoglobulin (vigencia desde 2007 hasta 2017/05/09), de BPL (Bio Product Laboratory); Verorab Pasteur (vigencia hasta 2009/12/24), de Sanofi Pasteur S.A.; Vacuna Antirrábica Humana (vigente hasta 2008/11/15), del Instituto Nacional de Salud; “Suero antirrábico (vigencia hasta 2009/09/29), del Instituto Nacional de Salud; Inmunovac (vigente hasta 2009/09/09), de Vecol S.A.; Vacuna Antirrábica U.S.P. SII Rabivax (líquida) (vigencia desde 2005 hasta 2015/12/13), de Larysa Anels Rosal Arellano; Suero Antirrábico Pasteur 1.000 U.I. (vigente hasta 2009/08/03), de Aventis Pasteur; Favirab (vigente desde 2002 hasta 2012/10/23), de Sanofi Pasteur S. A.”.
“A la fecha no hay fabricantes nacionales de vacunas para humanos que cuenten con certificación en Buenas Prácticas de Manufactura, como lo exige la normatividad sanitaria vigente. En Colombia sí se producen vacunas para animales, pero su vigilancia no es competencia del Invima”.