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Hace 35 años, con estudios de biología en su natal India, pero recién iniciada en el camino de la espiritualidad, Swami Yogashakti Saraswati recibió instrucción de su maestro de trasladarse a América Latina para diseminar los beneficios del yoga. El destino fue Colombia, a donde llegó pensando en dictar algunos cursos y se quedó 15 años. Sin planearlo se convirtió en una de las primeras difusoras en el país de una “ciencia para equilibrar cuerpo, mente y psiquis humanas”.
“Cuando llegué a Colombia no había muchos seguidores. En Bogotá había un par de centros de instrucción y eran más conocidos los devotos de Hare Krishna. La primera tarea fue crear un pequeño centro de estudio en el barrio Teusaquillo y después, en un jeep empecé a recorrer muchas ciudades y pueblos entregando fotocopias, afiches o manuales con la información necesaria. Luego surgió la primera sede en el barrio El Retiro”, recuerda.
En 1990, su maestro Swamiji Paramhansa Satyananda consideró que su tiempo en Colombia estaba cumplido y le pidió que regresara. Se ubicó en el sur de India, donde siguió dedicada a perfeccionar las técnicas de la relajación, los procesos respiratorios, el equilibrio nervioso y la elevación espiritual del yoga, hasta alcanzar un conocimiento que empezó a compartir en conferencias, seminarios, entrevistas o publicaciones por diversos países, entre ellos los de América.
Con perfecto español y argumentos concisos para demostrar en la práctica que el yoga plantea herramientas útiles para manejar la ansiedad, obtener una mejor atención en los procesos de aprendizaje, o simplemente para un mejor funcionamiento de los sistemas fisiológicos, Swamiji Yogashakti Saraswati está de nuevo en Colombia. Pero no para quedarse, sino para compartir su legado y dejar a la Asociación Yoga de sus seguidores una renovación de sus enseñanzas.
“Esta es una época de yoga, una nueva era donde se advierte el regreso a la devoción, a la superación del miedo, a la necesidad de vivir en paz alentando el despertar de la conciencia”, comenta con sutil sonrisa. Después explica que no son únicamente ejercicios físicos sincronizados con respiración, como se conoce a las asanas, sino también técnicas de relajación, desarrollo de la energía psíquica y estímulo de la vitalidad a través del sonido cósmico o del mismo silencio.
Y lo prueba. Descubre un pequeño armonio y, con los ojos cerrados y sus dedos interpretando su propuesta, comienza a cantar oraciones en sánscrito, “mantras de invocación para expandir energía”, hasta que segundos después tres personas que la acompañan repiten sus versos con la misma alegría de quien los convoca. Al cabo de unos minutos, en un entorno de calma, se impone un silencio interior y exterior que rompe la propia maestra con sus conceptos.
“El espíritu es música porque el ser nació del sonido. La música está dentro de nosotros y tiene color, figura, vibraciones. Hasta las enfermedades pueden tratarse con cantos. Es el yoga del sonido que permite llegar a elevados estados espirituales”, expresa entusiasta, y luego explica por qué prefiere los colores blanco, amarillo o naranja. “Son positivos, me ayudan a relacionarme e irradiar energía, hacen parte de mi atuendo, que al mismo tiempo es mi vibración hacia los otros”.
No ha escrito libros, pero tampoco los desecha. “Mi maestro no necesitó leer o escribir y durante 20 años recorrió los cinco continentes enseñando en forma desinteresada y devota los más profundos secretos de la vida espiritual. Sus discípulos fueron quienes grabaron sus enseñanzas y las transformaron en libros o conferencias. Pero toda su sabiduría del yoga, tantra, vedanta o samkhya la impartió como una vivencia, desde su espíritu de renunciación, noble y sincero”.
Y agrega: “La verdad no existe afuera, sólo dentro de sí mismo y su vibración”. Uno de los textos sagrados de India, los Upanishads, comparan la existencia humana a un carruaje tirado por caballos. El carro es el cuerpo, los caballos son los sentidos, las riendas la mente y el pasajero el alma. Pero es el conductor quien guía, y de su intelecto equilibrado depende el viaje. La maestra lo resume: “somos energía y no la podemos dilapidar”.
Es la visión que comparte en su nuevo paso por Colombia, un país que define, 35 años después de su primera visita, como “generoso, más alerta y más consciente, pero con una doble condición intrínseca que constituye su reto: noble y fecunda por fuera y como un volcán siempre a punto de estallar por dentro”. Una sociedad que debe prepararse para vivir mejor, para vivir en paz, para asumir que la violencia únicamente deja sufrimiento y atraso.
Y ella siente que enseñando a respirar, a oxigenar el cerebro, a relajar la mente para distensionar las emociones, a invocar el silencio interior para controlar las ansiedades, a cantar para expandir la conciencia, o a desarrollar el autoconocimiento para fortalecer la memoria, también aporta su grano de arena al país que vuelve a ser su anfitrión. Su retribución es yoga, una fuente de fortaleza espiritual y propósito de servicio a la humanidad que emana de su ser austero.