10 Mar 2011 - 7:23 p. m.

Las etapas de una 'lavada' en Bogotá

En cualquier momento lo puede sorprender un aguacero en Bogotá. Y por más que se prepare, no va a poder evitar una fría lavada. Crónica.

Ana Lucía Rey González

Porque a usted también le puede pasar


Con esto del fenómeno de la niña, las constantes lluvias, los olores extraños en el transporte público bogotano, los conductores malintencionados que casualmente pasan por el charco más grande de la calle para ‘lavar’ al peatón desesperado por llegar a su lugar de estudio, trabajo, o en el mejor de los casos, a su casa , y la reunión social de la gripa, identificaremos las etapas de una lavada en Bogotá, una por una y detalle a detalle , así :


Casualmente usted sale de su casa, arregladito(a), con los zapatos limpios y secos, la piel lozana y el rostro sonriente. De repente siente que algo roza su cara. Sí, ¡Maldita sea! Está lloviendo otra vez. En ese momento piensa si caminar más rápido, irse por ‘la sombrita’ o devolverse a su casa, porque da la segunda casualidad que a su paraguas aplica el conocido dicho de : “Lo barato sale caro”, porque los cinco mil que invirtió hace una semana se los llevó el viento hace un día.


Teniendo en cuenta el contexto del habitante capitalino, es decir, las típicas condiciones de un habitante de la ciudad, se pensaría que el personaje optaría por aplicar la primera y segunda opción. ¡Simple! Devolverse implica cansarse más, el regaño o montada de sus papás o con quién viva, la estúpida pregunta que siempre hacen cuando toca de nuevo el timbre ¿Qué se le quedó? , y ante todo, la sensación de que ese detallito probablemente se le va a tirar el día, por el simple hecho de que salió sobre el tiempo, que el alimentador o bus urbano acabó de pasar hace dos segundos, y que, esos diez minutos que debe esperar el otro servicio son los que llenarán la copa del jefe y le implicaran un memorando en la oficina o un retardo en la universidad.


Entonces, se ubica debajo del árbol o teja improvisada más cercana mientras llega el bus, para salir al acecho cuando este pase por el lugar. ¡Prueba superada! , bueno, de hecho, la primera de tantas que tendrá que pasar en el transcurso de un día lluvioso, un día como hoy,un día como cualquier otro en Bogotá.


En el camino hacia su destino, se conecta a sus audífonos en su afán por desprenderse un poco de la cruel realidad , a la que vuelve en medio de cada empujón , codazo o movimiento similar de los demás pasajeros y del sofoco que genera un grupo de personas en un mismo sitio, las ventanas cerradas y una ciudad colapsada.


Por fin, al llegar a su destino se da cuenta que aquella lluvia no ha cesado, que el punto en el que lo dejó el vehículo de transporte público no es tan cerca como lo sería en un día soleado y que, después de tanto correr y escapar a ese monstruo climático, no hay duda que pronto caerá en sus fauces.


Decide ‘escampar’ un rato, pero se da cuenta que esos cinco minutos, mientras se fumaba el cigarrillo, escuchaba música o se preparaba sicológicamente para enfrentar lo que se venía, no sirvieron de absolutamente nada, porque ni cesó un poco la lluvia, ni mucho menos, se encontró a algún conocido que cargaba una sombrilla gigante o una capa de sobra especialmente para usted.


-“No importa” – se dice a sí mismo. Unas goticas más…unas goticas menos. Sale de aquel ‘escampadero’ y camina a prisa para ver si la lluvia no lo alcanza. Sin embargo, en la mitad de camino, con algún objeto improvisado en la cabeza para, al menos, no mojarse el pelo o tirarse el blower, de nuevo cae en cuenta que es realmente carente de sentido seguir perdiendo la respiración, agitándose y estresándose, cuando, al fin y al cabo, se va a mojar. ¡Quiera o no!


Después de ingresar a su lugar de trabajo u estudio, ir directamente al baño y meterse unos minutos debajo del secador de manos hasta que alguien lo mira con temor o rechazo , llegar a ocupar su puesto , observar a través de la ventana los transeúntes huyendo de las inclemencias climáticas, mientras se divierte un rato con las ocurrencias de la gente y se toma un tinto bien caliente, por su mente se cruza el cuestionamiento sin fin de ¿Cómo será el regreso a casa?


Cuando mira de nuevo a través del vidrio, ve con detalle como las gotas caen lentamente por su superficie, el gris del cielo y un millón de hormigas humanas andando por las calles. Es hora de salir, pero por primera vez hay algo que se lo impide. Tiene frío, no tiene con qué cubrirse, no quiere ser una ficha más de dominó en el monopolio del transporte público y, claramente, no quiere tener que pasar por la carrera de obstáculos para llegar a su anhelado hogar.


Pero ya no hay paso atrás. Ya está fuera del sitio con los goterones resbalando por su cuerpo, los zapatos enlagunados y navegando entre calles inundadas y situaciones inevitables.


Continúa el diluvio y usted ya intenta ocupar su mente en otra cosa. ¿Para qué seguir luchando contra la naturaleza? Es ridículo eso de correr, ya que, al fin y al cabo, esté donde esté y haga lo qué haga se va a lavar. Es hasta mejor caminar sin afanes, sin intentar cubrirse con lo primero que encuentre en su bolso y hasta comprarse un heladito para eso de ‘aclimatarse’. Que cuando pase un conductor malicioso y lo moje, usted haga la hazaña de reírsele en la cara o, tal vez, agradecerle por hacerlo tan feliz, por recrearle su infancia o porque mañana no se va ni poder levantar de la cama de la peste tan brutal que lo agobia. Que cada charco que encuentre a su paso no sea un obstáculo sino una oportunidad más para hacer alguna maldad y divertirse un rato. Y que cuando llegue a su casa, lavado(a), embarrado (a) y entumido del frío se pueda quitar la ropa, tomar un baño con agua caliente, un café en su punto y acostarse a dormir con mil cobijas encima. ¡Qué más da! ¡Sino puede con el enemigo únase a él!.


Por Ana Lucía Rey González, colaboradora de Soyperiodista.com

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