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Las palabras que pasaron de moda en 2013

Algunos términos se fueron a la basura cuando algún personaje específico comenzó a usarlas.

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Timothy Egan, NYTimes
30 de diciembre de 2013 - 10:47 a. m.
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Con el último latido de 2013, echemos a la basura los términos más molestos, usados y abusados del año. Algunos de estos términos, “hacer twerk” o “mantenerse con clase”, sufrieron una muerte natural cuando alguien como John McCain empezó a usarlos. El equivalente auditivo de usar tupé. Pero otros términos necesitan un empujón.

Muchas de estas palabras se originaron en el mundo de los alimentos y hubieran estado perfectamente bien si no hubieran emigrado al lenguaje general. Algunas vienen del habla de los ejecutivos medios. Lo que estos malhadados lugares comunes tienen en común es lo siguiente: se han diluido tanto por el mal uso que han perdido su significado. Y como los malos suéteres de la temporada y el ultraje de Sarah Palin, la siguiente lista es muy selectiva. Para el basurero:

- Artesanal. La que antes era un término legítimo en manos de fabricantes de quesos que tenían métodos de cultivo alternativos y tatuajes creativos, esta palabra fue secuestrada por gente de la peor calaña que la aplica a productos que no la merecen. Sustancias químicas para limpiar el baño. “Alimentos” de tiendas misceláneas con fecha de caducidad que se mide en decenios. Esto es lo que sucede cuando los agricultores no presentan demanda judicial por violación de derechos de autor.

- Marca. Siguiendo muy de cerca a “artesanal”, marca la usan como verbo y sustantivo para efectos de autopromoción. Llegó de la mercadotecnia corporativa y después se hizo viral cuando todos los niños de nueve años con página en Facebook o cuenta en Twitter se obsesionaron con la idea de presentar eventos cualesquiera de su vida dentro de una narrativa monetizable. Ya era bastante malo que los políticos se preocuparan por su marca pero, ¿los prisioneros?

- Sin gluten. Advertir que los productos de panadería pueden contener un ingrediente que puede perjudicar a quienes padecen de enfermedad celiaca es un servicio público para el menos del 1 por ciento de la población que la sufre. Pero ponerle esa etiqueta a cosas que no tienen ninguna relación es una cínica jugada corporativa para los consumidores despistados que compran algo simplemente porque piensan que es saludable. Red Bull se jacta de no contener gluten. Tampoco lo tiene el adelgazador de pintura.

- Lo que sea. Hace tiempo, “lo que sea” era el disfraz de una ignorancia inexpresiva. Hitler invadió Polonia y después, lo que sea. Ahora ese término reina como expresión de fácil desdén: Ya sé, es día de las Madres, pero lo que sea. Por quinto año consecutivo, “lo que sea” fue calificado como el término más molesto del país en una encuesta realizada por el Instituto Marista de Opinión Pública, derrotando a los sólidos de todos los tiempos “o sea”, “ya sabes” y “solo decía”.

- 24/7. Ya dejó de ser un código de disponibilidad útil y ahora 24/7 evoca imágenes de pésimos horarios, mala paga y un representante de servicio al cliente en la India tratando de explicar lo que es un cable de alta definición a las tres de la mañana. Mi banco es 24/7, o al menos eso dice; después de una discusión de media hora con alguien de esta institución estelar, el “asociado” me dijo que debería de buscar en Google la solución al problema. Bueno, sí, porque Google es 24/7 de la única manera en que el término tiene sentido: está robotizado.

- Al final del día. Al parecer una respuesta a la terrible infinitud anterior. Pero piénselo bien: no hay un final en la forma en que “al final del día” ha sido usado para significar cualquier cosa menos el momento en que se baja la cortina. Sin duda, el auge del 24/7 ha hecho imposible el final del día, al menos en el ciclo de las noticias y de los asuntos públicos. El presidente Barack Obama abusa crónicamente del “final del día”. Recientemente usó el término para decir cómo sería vista su ley de atención médica. Y esto suscita la pregunta: ¿de qué día está hablando?

- De clase mundial. Llega a nuestra lista porque Donald Trump, que definitivamente no es de clase mundial, la ha puesto en el terreno prácticamente por sí mismo. Todos sus casinos, sus campos de golf, sus hoteles y otras concentraciones de espacios ostentosos son de clase mundial, incluso aquellos que acabaron en bancarrota. Él también es el autoproclamado en este dominio. “Yo soy la prueba”, dijo al atacar a las turbinas de viento que amenazaban a sus intereses de golf en Escocia. “Soy un experto de clase mundial en turismo.” Prometió que sus investigadores privados de clase mundial expondrían la escandalosa verdad sobre el nacimiento de Obama. Podría darles mejor uso a sus investigadores allá en Escocia, en el caso del monstruo de Loch Ness.

- Mejores prácticas. Apenas por debajo de “clase mundial” en la categoría de muletillas para embellecer tareas mundanas. Como regla general, si podemos imaginarnos a alguien con ropa de oficina informal usando un término determinado en una presentación, es mejor dejarlo bajo las luces fluorescentes de la sala de juntas. Por alguna ósmosis peculiar, empero, lo que ocurre en los seminarios de administración sigue contagiando el habla normal. Le pregunté a mi vecina qué tipo de tomates cultivar este año, y ella se enfrascó en un largo análisis de las “mejores prácticas” en botánica. Yo sembré papas.

Un pensamiento final: yo soy tan culpable como cualquiera de permitir que estas palabras dignas de proscripción se conviertan en letra impresa. Esta columna es artesanal y no contiene gluten, es una extensión de mi marca en un ambiente 24/7, lleno de competidores de clase mundial. Lo que sea. Al final del día, trato de seguir las mejores prácticas y me propongo hacerlo mejor.

Dentro de ese espíritu, renuevo mi objeción anterior a “literalmente”. Se volvió la palabra usada con más exceso de todas las enfáticas farsantes, como cuando fui a la tienda y ya se habían acabado las naranjitas chinas. O sea, literalmente, se habían acabado las naranjitas chinas. 

Por Timothy Egan, NYTimes

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