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En su época las mujeres usaban vestidos aparatosos, ceremoniosos, casi como la actitud que la sociedad les demandaba. Algún observador de moda de los periódicos de esos finales de siglo XIX, incluso sugirió que eran tan voluminosos esos vestidos que parecía casi imposible ver pasar a dos mujeres al tiempo por una puerta. Las cinturas siempre estrechadas por un corsé y los hombros sobresalientes casi como el ala de los sombreros era el mandato para caminar por las calles.
Nadie sabe si fue su temprana orfandad, si fueron esos avatares interiores —que los libros no cuentan— de una niña que perdió a su madre en una pobreza pasmosa y luego fue abandonada por su padre en un orfelinato de una tía lejana, los que formaron ese carácter indomable de Gabrielle Chanel. Nadie sabe cómo de los lugares más bajos de Francia salió la mujer que transformó toda la idea de la elegancia y del vestuario femenino del siglo XX. “Durante mi infancia sólo ansié ser amada. Todos los días pensaba en cómo quitarme la vida, aunque, en el fondo, ya estaba muerta. Sólo el orgullo me salvó”. Pero fue esa pesadumbre la que convirtió en un estilo: “La moda es a la vez oruga y mariposa. Sé una oruga de día y una mariposa en la noche. Debe haber vestidos que nos permitan arrastrarnos y vestidos que nos permitan volar”. Y en cuanto tuvo en sus manos una aguja nunca paró de hacer vestidos y nunca cerró su boca para sus pensamientos.
Fue prostituta, bailó en los vaudevilles y compartió sábanas de seda con los magnates más ponderados de los primeros días de 1900. Esos capitales cocinados en la cama le permitieron hacerse a una de sus primeras tiendas, en la Rue Cambon, que Coco bautizó con el nombre de Modas Chanel. Luego, creando sombreros se hizo dama y le fue tan bien que aconsejaba cómo debían ir vestidas las señoras por la ciudad. Además las alborotó. “La elegancia siempre involucra un perfume y, ¿dónde deben usar las mujeres el perfume? Donde quieran que las besen”.
Fue ella misma su maniquí, impuso una línea ligera en el vestido, más recta —como su cuerpo andrógino—, liberó la cintura y puso el eterno corte a la altura de las caderas, y en 1917, casi como una declaración política, se cortó el pelo como un jovencito, como si gritara que una nueva mujer había nacido. La alta costura aterrizó en su atelier y como si fuera una vidente del mundo de los negocios lo volvió algo democrático, impuso el negro, que era el color que resultaba más económico y posible de imitar sin perder elegancia para que todas lo pudieran usar. Pero fue tal su influencia que casi toda la ropa femenina que usamos hoy, no importa de qué clase sea, es esencialmente el resultado de las ideas de Chanel, de sus experimentos y sus limpiezas al vestido femenino. “Uno de los problemas de los diseñadores es ese miedo insano por la copia, mientras que para mí la copia es igual al éxito. No hay éxito sin copia y sin imitación, ¡voila!”, admitió Mademoiselle en una entrevista concedida en los años 50 a un periodista para la televisión.
El mundo no sabía que estaba asistiendo de la mano de la mujer más elegante de los últimos tiempos al nacimiento a una nueva manera de producción, a un nuevo formato al que la moda se acomodaría para siempre. “Disculpe Mademoiselle, pero los vestidos que usted ha diseñado el último año han sido imitados en todo el mundo, casi todas las manufacturas han reproducido sus diseños miles de veces, el estilo Chanel ha invadido la calle, ¿qué siente al respeto? —Estoy fascinada, contestó Chanel a la ingenua pregunta de su interlocutor, y añadió: eso era lo que estaba buscando, crear un estilo que inundara la ciudad”.
A principios de 1920 fue ella quien introdujo el atuendo deportivo, las faldas plisadas, las blusas de cuellos redondos, inspirados en los que usaba la servidumbre, y los largos cordones de perlas. Pero sobre todo fue ella quien le regaló una movilidad casi masculina al atuendo de las jovencitas. Alguna vez, ella le confesó al pintor Salvador Dalí que su secreto había sido tomar el estilo masculino inglés y convertirlo en femenino, y que en toda su vida no había hecho más que transformar la ropa de hombres en chaquetas para mujeres, corbatas femeninas, cortes de cabello y cuellos de camisa apropiadas para las señoritas.
Con una belleza singular, casi tímida, pero con un arrojo que la hacía irresistible y la empoderaba como líder de un venidero feminismo, Coco se hizo amiga de Dalí y Picasso; se convirtió en el amor soñado y el dolor eterno del compositor ruso Igor Stravinsky y con su lema: “Creo que una mujer debe pasar inadvertida y una vez advertida hacerse inolvidable”. Al final de la Segunda Guerra Mundial terminó seduciendo al poderoso oficial de las SS, Walter Schellenberg.
No contenta con imponer un estilo por todo París, Coco se ideó un plan que la convertiría en la nueva tejedora de los hilos del poder. Gozaba de buenas relaciones con Winston Churchill, a razón, claro, de un legado que le había dejado un viejo amante, entonces le pidió a su amor de turno que la contactara con el jefe de la inteligencia alemana para convertirse ella en una especie de mediadora de paz.
El fracaso fue tan rotundo que ni siquiera sus cotizados diseños la salvaron de ser señalada. Entonces Coco se impuso un retiro, desapareció de la escena del estilo parisino, sin que nadie intuyera siquiera que la diva regresaría para darle talante a una marca que sigue gozando de prestigio hasta nuestros días.
Cuando los escozores de la guerra habían quedado atrás y cuando todo el planeta tenía los ojos puestos en Francia, a causa de la trastocadora presencia de Edith Piaf y Marlene Dietrich, reapareció Coco trayendo entre sus manos la estrategia de relanzar ese frasco estilo Art Deko, con un líquido amarillo y una tímida etiqueta “Chanel N° 5”, creado en 1921 y sobre todo darles fuerza a los pantalones femeninos que serían por la victoria en su más dura batalla: “Permitirles a las mujeres que se vistan con facilidad”.
Después de una vida de fama y adulaciones, a Coco Chanel le quedó el pesar de no haber tenido una familia, en su vejez se encerró en su departamento ubicado en el hotel Ritz y, en 1971, la morfina terminó marcando sus últimos días en donde sólo la acompañó una dama de llaves.
Chanel en 2009
Desde 1983 el diseñador alemán Karl Lagerfeld asumió la dirección creativa de Chanel. Sus diseños, que fusionan el estilo de la marca en la época de Coco con las tendencias contemporáneas, han llevado a la firma francesa a lo más alto . En noviembre del año pasado, el diseñador se hizo cargo de concebir una moneda de oro acuñada con la imagen de Coco Chanel, con motivo del 125 aniversario del nacimiento de la que es una de las figuras históricas de la moda. También fue el responsable de un exquisito cortometraje rodado en blanco y negro, de cuando ‘Mademoiselle’ comenzó a dejar su estilo impregnado por todo París.
La película ‘Coco antes de Chanel’
Su nombre real era Gabrielle Bonheur Chanel y su vida, que comenzó en los confines de la austeridad y terminó en el máximo lujo, fue llevada a la pantalla grande.
La película, estrenada el pasado 22 de abril en Francia, es interpretada por Audrey Tautou, quien fue la protagonista de Amelie Poulin y fue dirigida por Anne Fontaine.
Es el primer filme que se hace sobre la mítica e icónica figura de la moda que creó un estilo que aún perdura. Le seguirá Coco Chanel e Igor Stravinsky, de Jan Kounen, quien eligió a Anna Mouglalis, quien es la imagen oficial del perfume Allure de Chanel, para interpretar a la gran modista. La atracción audiovisual por la figura de Coco dará curso a más producciones cinematográficas en su nombre.