El Espectador usa cookies necesarias para el funcionamiento del sitio. Al hacer clic en "Aceptar" autoriza el uso de cookies no esenciales de medición y publicidad. Ver políticas de cookies y de datos.

Las plagas del Cauca

En las últimas semanas, este departamento ha concentrado todos los problemas que aquejan al país. Sus pobladores demandan soluciones urgentes, efectivas y permanentes.

Diana Carolina Durán Núñez / Enviada especial

30 de noviembre de 2008 - 10:47 p. m.
PUBLICIDAD

Aunque hace dos semanas en Cauca hubo júbilo por tener nuevamente, luego de 44 años, una reina nacional de la belleza, el comentario que se escucha por las calles de los diferentes municipios del departamento, luego de múltiples avalanchas, vías cerradas, ríos desbordados, pirámides estafadoras y un volcán que aisló por completo a toda una región, ya no es de alegría. Es de desazón. “No tenemos reina, sino faraona”, dicen los caucanos para manifestar lo que sienten: que las siete plagas abandonaron Egipto y hoy reposan en las entrañas de su departamento.

Este último mes no ha sido nada fácil para esta zona del suroccidente. El pasado 11 de noviembre, la Superintendencia financiera ordenó el cierre inmediato de la empresa Proyecciones DRFE, en la cual, según cuentas oficiales, unos 35 mil habitantes invirtieron alrededor de 300 mil millones de pesos. Para tener una idea de la dimensión de esta cifra, equivale a las tres cuartas partes del presupuesto con que contó todo el departamento en 2008. Al pánico que cundió entre los pobladores, cual efecto dominó, se sumó la erupción del Volcán del Huila una semana más tarde.

El fenómeno geológico dejó a la comunidad de Belalcázar, casco urbano del municipio de Páez (oriente caucano), totalmente incomunicada del resto del país. Los sistemas de alarmas funcionaron y en esta ocasión, a diferencia de la avalancha de 1994, en la que murieron cerca de 1.200 personas, hasta la fecha sólo se ha registrado diez  personas muertas. Es un parte que llena de orgullo a los organismos de socorro, a los pobladores y a las autoridades. No obstante, la avalancha del río Páez dejó una vez más en evidencia una necesidad imperante del área: la reubicación de sus residentes.

Read more!

Pero no se trata sólo de estos infaustos eventos. Los problemas estructurales del narcotráfico, con la amenaza latente de una posible alianza entre Los Rastrojosy el Eln; el conflicto, marcado por la huella que dejaron las autodefensas en la zona y por la permanencia de las Farc; la pobreza, que aún se cuela en la mayoría de los municipios; y la lucha indígena por tierras, que enfrenta a todos los sectores de la región, son sólo otros elementos que se agregan en este turbio panorama. Son las siete plagas que, como constató El Espectador, hoy constituyen un castigo para la región.

1. Inundaciones en Timbío y El Tambo

Varios de los habitantes de Timbío, municipio localizado al sur del Cauca, han tenido que pasar las últimas noches en la Casa de la Cultura. Esta construcción, así como las escuelas, se convirtieron en el albergue de decenas de habitantes, como los que viven en el sector de El Bolsillo, a la orilla de la quebrada Pueblo Nuevo, que ya se ha desbordado en varias oportunidades. El agua, que se metió hasta las casas y despertó a sus moradores, produjo en ellos un sobresalto como si un ladrón hubiese irrumpido en sus hogares a medianoche.

Pero un ladrón poco sigiloso. Los habitantes ya saben que el río se va a crecer cuando ramas y troncos empiezan a desfilar por su corriente y los juncos empiezan a crujir. A una hora de Timbío, sobre la vía al municipio de El Tambo, el agua tampoco fue discreta a la hora de causar estragos. En la vereda El Charco, Fausto Arciniegas se despertó el pasado miércoles y, por primera vez, contempló que el invierno era una riesgo que pendía sobre su cabeza y amenazaba su seguridad y la de su familia. El agua se había llevado gran parte del terreno sobre el que está ubicada su casa, en la que vive desde hace 12 años.

Don Victoriano, un hombre de 82 años, habitante de Timbío desde 1978, expresa que a su casa ningún funcionario público ha ido a visitarlo. Aunque, aclara, tampoco ha pasado nada grave en su hogar. “Claro que yo me muevo de aquí, pero después de que me digan para dónde...”, indica el anciano. A cinco minutos de su hogar vive Gloria García, quien exclama que aunque vive en este pueblo desde hace 20 años, con las inundaciones como un problema permanente y propuestas siempre en el aire, nunca se ha hecho nada concreto. “Todo el tiempo dicen que lo van a solucionar –afirma– y nada”.

Durante todas estas noches, la única pertenencia que los habitantes de Timbío han podido sacar de sus casas cada vez que el río amenaza con arrastrarlos son las cobijas para dormir. “Nunca se había subido el agua tanto. Nos dicen que si hay avalancha se va medio pueblito”, exclama Luz Marina Quintero, una recicladora de El Bolsillo.

No ad for you

“Este pueblo se construyó con la politiquería, por eso hay tantas casas en riesgo. Además, la gente abusa del cauce del río”, señala un funcionario de la Defensa Civil de Timbío. Uno de los mayores dolores de cabeza que provocó este invierno (que ya dejó unos 700 mil damnificados en todo el país), según cuentas de la Gobernación, es la pérdida de $100 mil millones por los cultivos de café que destrozaron las lluvias y que desestabilizará el panorama financiero del próximo año.

2. Belalcázar, sitiado por el volcán

Desde que el volcán del Huila hizo erupción el pasado 20 de noviembre, Belalcázar, el casco urbano del municipio caucano de Páez, se encuentra en el más profundo aislamiento, pues los tres puentes que lo conectan con el resto del departamento y con Huila fueron derribados por las aguas furiosas del río Páez, las cuales se mezclaron con la lava y produjeron una montaña de lodo que llegó a Belalcázar con una velocidad de 80 kilómetros por hora. Desde ese jueves, el invierno se convirtió en el principal enemigo de esta población de 2.709 habitantes (28.000 más viven en las zonas rurales).

No ad for you


A partir de ese momento, para que las ayudas humanitarias llegaran a Belalcázar, los helicópteros se instituyeron como el principal aliado de la Gobernación, los organismos de socorro y la Fuerza Pública. Sin embargo, el invierno que azota no sólo a Cauca sino al país entero, empezó a bloquear las salidas de las aeronaves. Tanto así que el martes 25 se suspendieron los vuelos desde Popayán. Cali y La Plata (Huila) se establecieron como los puntos de partida y se improvisó un puente aéreo desde Inzá (Cauca). Pero en días como el miércoles 26, el cielo de Páez estaba tan nublado que los aterrizajes eran prácticamente imposibles.

Los organismos de socorro y la Gobernación se vieron forzados a buscar una alternativa. Los alimentos, frazadas y medicamentos tuvieron que ser enviados por tierra, pasando por el municipio de Inzá. Sin embargo, el invierno siguió haciendo de las suyas y al menos tres derrumbes cerraron completamente el paso por esta localidad. Ni siquiera el secretario de Gobierno departamental, Sebastián Silva, pudo llegar a Belalcázar. Silva ejercía como gobernador encargado porque el mandatario, Guillermo González, se encontraba en Bogotá gestionando recursos urgentes para la región.

No ad for you

Mientras todo esto ocurre, el desespero de los habitantes de Belalcázar se acrecienta. Aunque aún hay comida, solicitan raciones que les duren al menos una semana. El pueblo se quedó sin sus dos cementerios, sin su planta de compostaje de residuos orgánicos, sin escenarios deportivos y sin la Normal Superior, el centro educativo más importante de la zona. Sólo un hombre resultó herido por la avalancha, pero fue tal el shock, que hasta la fecha no ha logrado explicarles a sus paisanos cómo hizo para sobrevivir a la ira del lodo que trajo el río Páez, pero que, a diferencia de la avalancha de 1994 –también causada por el Volcán Huila– dejó 10 muertos y no 1.200.

3. Guapi y Timbiquí: el narcotráfico persiste

 Cuando en Cauca se preguntan dónde están los cultivos ilícitos, la respuesta surge sin vacilaciones: en la Costa Pacífica. A pesar de que algunos municipios localizados en el sur como Argelia y Balboa también presentan plantaciones ilegales, Guapi, Timbiquí y su vecino López de Micay siguen siendo los pueblos que, infortunadamente, llevan la delantera en esta materia.

No ad for you

En Guapi y Timbiquí convergen todos los actores ilegales que se relacionan con el tráfico de estupefacientes. El octavo frente  de las Farc y el frente José María Becerra del Eln circulan frecuentemente por esta zona desde hace más de 10 años. Pero, tanto la llegada como la desaparición del bloque Calima de las autodefensas alteró seriamente el orden público de la región.

Diversos organismos estatales han advertido la estrecha relación entre el crecimiento de los cultivos ilícitos y la expansión de los grupos armados ilegales. Para las Farc, sobre todo, éstos son su principal fuente de ingresos. Por la lejanía de la zona y la escasa presencia estatal que hizo falta durante tantos años causó que los 49.000 habitantes de Guapi y Timbiquí estuvieran a merced de las guerrillas y de los paramilitares por un largo período.

La Fuerza Pública ha divulgado una peligrosa alianza en esta región y en el sur del Cauca: la del Eln con Los Rastrojos, el ejército privado que operaba en función de los intereses del extinto capo del norte del Valle Wílber Varela, alias Jabón. “Trabajan juntos en laboratorios y cristalizaderos, se unieron para estas actividades”, indica el general Justo Eliseo Peña, comandante de la III División del Ejército.

No ad for you

La Defensoría del Pueblo también ha reiterado el ingreso de actores armados ilegales, en especial de bandas al servicio del narcotráfico. Hoy en día, los espacios que dejaron los ‘paras’ están en la mira de guerrillas y bandas emergentes, pues son corredores clave para el negocio de la droga.


4. La pobreza en la que vive Villa Rica

La realidad de este municipio contrasta abismalmente con el nombre que porta. Hombres y mujeres apostados en las puertas de sus casas, jugando cartas o dominó a plena tarde, es la mejor muestra de la escandalosa cifra de desempleo que, según la Alcaldía, ronda por el 30%. Aunque no ocupa un lugar relevante en cuanto a la recepción de desplazados, sus habitantes sí se quejan de cómo por la llegada de personas afectadas por la violencia están proliferando las invasiones de terrenos. Y se quejan porque, si casi no hay trabajo, con tantas personas necesitadas las posibilidades de conseguirlo se reducen aún más.

Barrios como Villa Ariel dejan ver que en esta localidad todavía hay muchos asuntos por resolver para que sus habitantes gocen de condiciones de vida dignas. Por sus calles, cubiertas por los barrizales que deja el invierno a su paso, desfilan perros, gallinas y vacas, los cuales se alimentan en los pastizales de los lotes que aún no han sido ocupados. Ese lodo, que cubre las camisas y los pantalones de los niños que corretean por este deprimido sector, recuerda que el pésimo estado de las vías es la primera queja de los residentes de este lugar.

No ad for you

Un poco más de la mitad de este pueblo se encuentra sin pavimentar. Según el alcalde, Ariel Aragón, el 17% del presupuesto municipal está comprometido con deudas de administraciones anteriores, por lo que las nuevas propuestas de inversión están atadas desde el principio. La mayoría de la población es afrodescendiente, tanto así que su escudo oficial es una remembranza de los escudos de los bantú, una tribu africana. De igual manera, la mayoría laboran en municipios aledaños, como Santander de Quilichao y, especialmente, Cali.

“¿Qué quiero para el futuro?”, se cuestiona Ofelia Joboa, una humilde empleada del servicio que habita en esta región. “Quiero que mis hijos puedan salir adelante. Que haya trabajo para nosotros. Que pueda terminar mi casa, que está a medio hacer”. “Es que aquí hay demasiadas necesidades”, expresa un lugareño al que conocen como Cacharro, el cual trabaja “en lo que salga”. Como él, son muchas las personas que viven del rebusque, porque sus opciones laborales son bastante limitadas.

No ad for you

En Villa Rica no hay abundancias para compartir, sólo carencias. De sus 13 mil residentes, unos 1.200 son corteros de caña, que se vieron bastante afectados con el paro que se vivió hace poco y que tienen las mismas condiciones laborales deficientes que en ese momento reclamaron cerca de 10 mil trabajadores. Finalmente, son los mismos caucanos los que encontraron una particular expresión para referirse a este municipio: “El pueblo de las dos mentiras. Ni es villa ni es rica”.

5. Las tierras que reclaman los coconucos de Poblazón

Poblazón es una vereda que se encuentra a unos 45 minutos de Popayán. La separa de la capital del Cauca una carretera a medio pavimentar, y el territorio, según cuentan los propios indígenas, es un resguardo colonial fundado desde 1744, en el que viven 250 familias de su etnia.

Esta comunidad cuenta con un terreno de unas 2.700 hectáreas. Sin embargo, consideran que no es suficiente. Reclaman que la población está creciendo, que de esa cantidad sólo 1.550 hectáreas son habitables porque el resto son terrenos cenagosos o sagrados, y que les han arrebatado otras 700. Por todo eso, dicen que  no se compensa la pérdida de lo que alguna vez les perteneció.

No ad for you

Los coconucos señalan al ministro de Agricultura, Andrés Felipe Arias, como el primer opositor a su petición de más tierras. “Es que no pedimos más tierras sólo para nosotros. Es para todas las comunidades indígenas del país”, expresan los hombres del cabildo y del consejo de mayores, mientras recuerdan que el país entero, durante siglos, fue únicamente de los nativos.


El Gobierno central ha manifestado en varias ocasiones que los indígenas no trabajan la tierra, pero ellos aseguran que no pueden hacerlo si son ciénagas o áreas sagradas. Además, los coconucos, por ejemplo, mantienen cinco hectáreas libres por cada nacimiento de agua, y en su territorio hay unos 87. También reclaman como suya la finca Villa Carola, que fue designada por el Estado a doce familias desplazadas.

Al gobernador del departamento, Guillermo González, le preocupa seriamente esta posición. En especial, que las nuevas generaciones de indígenas busquen las tierras a la fuerza. “Los sectores productivos piden más tierras. Los indígenas también. Pero el departamento no crece, es finito. Si nadie modifica su posición, esta es una problemática imposible de solucionar”, señala.

No ad for you

6. Las pirámides que ‘tumbaron’ a Popayán

La multiplicación del dinero fue una fiebre que consumió a Popayán en nueve meses. La fe en Proyecciones DRFE (Dinero Rápido Fácil y Efectivo) se esparció como una epidemia que hoy los payaneses lamentan. Desde su cierre, perciben que la delincuencia se ha incrementado y un comercio en cámara lenta es la premonición de un diciembre sombrío. Además, expresan resentimiento hacia los policías, pues los acusan de haberse robado dinero de las arcas de la empresa, a pesar de que el comandante de Policía de la ciudad los ha defendido a capa y espada.

La enfermedad de DRFE contagió a familias como la Burbano. El primer síntoma se manifestó en Alexánder Piamba Burbano, un abogado desempleado de 28 años de edad, que invirtió $1 millón por sugerencia de una tía de su novia. Luego de 30 días, su capital se había incrementado un 80%, dinero que reinvirtió cada mes. Como “estaba dando”, Alexánder convenció a cuatro de sus primos para que siguieran su ejemplo.

No ad for you

Y así lo hicieron. Liliana y Jimmy Erazo Burbano, docentes de 35 y 33 años de edad, invirtieron en DRFE $10 y $2 millones, respectivamente, obtenidos por préstamos. Jesús, su hermano menor, empeñó su automóvil por $5 millones, los cuales repartió entre las oficinas de Popayán y Pasto. Y Liliana, una gerontóloga de 29 años de edad, metió $3 millones y convenció a su papá, quien depositó $1 millón en DRFE y $3 más en DMG.

Alexánder también convenció a su madre, Ubania Burbano, una profesora de 55 años de edad. Ella invirtió $4 millones de sus cesantías, y al cierre de la compañía, su capital se acercaba a los $13 millones. “Nos ganó la ambición”, expresa. Ella motivó a su padre, don Julio Burbano, de 86 años de edad, quien invirtió $1 millón de pesos. Cada mes, don Julio retiraba las ganancias y con eso pagaba el tratamiento de su esposa, quien sufría de cáncer de esófago y falleció hace dos semanas.

La fiebre de DRFE se siguió apoderando de la familia. Doña Ubania convenció a su hija Marta Isabel, de 24 años de edad, y ésta, a su vez, convenció a su esposo para obtener el capital. El hombre vendió su carro y así consiguió los $5 millones que alimentaron las arcas de DRFE. Por su parte, Marta incitó a Arbey, un amigo suyo de Armenia. Él vendió la sala, el comedor y los electrodomésticos de su casa, reunió $3 millones y los depositó en la compañía.

No ad for you

Dos tías de Marta también se dejaron contagiar de la fiebre. Vianney Burbano, de 47 años, una profesora jubilada que vive en Canadá, invirtió las cesantías de toda su vida en DRFE. Idalí Burbano le entregó a la firma un capital de $5 millones y exhortó a sus dos hijas, las cuales invirtieron $500 mil cada una. Gloria Flórez, una prima de la mamá de Marta, destinó $80 millones que tenía por el seguro de vida de su esposo para DRFE.

La epidemia DRFE no fue exclusiva de los Burbano. Como ellos, unos 35 mil payaneses hicieron lo mismo. Incluso el gobernador del Cauca, Guillermo González, cuenta que sus trabajadores vaciaron el fondo de empleados por invertir en DRFE, que en Popayán era la captadora que más tenía clientes. Todos los habitantes quieren saber si quien está a su lado invirtió en “el hueco”, que es como le dicen desde que apareció la primera sede en un humilde barrio al sur de la ciudad en febrero de este año llamado La María Occidente.

7. Caloto, en la mira

En la plaza central de Caloto, municipio ubicado a dos horas de Popayán y a una de Cali, no se siente más que tranquilidad. Nada parece alterar la parsimonia con que viven los moradores del casco urbano de este pueblo del norte del Cauca. Sin embargo, sólo el 11% de los habitantes de Caloto residen en esta área, en donde las Farc hicieron su última incursión armada en 2001. Desde entonces, la guerrilla se volvió un recuerdo difuso, aunque hace menos de tres meses la Fuerza Pública fue atacada en dos ocasiones con cargas explosivas.

No ad for you

No obstante, otra es la realidad para el 89% restante que se ubica en las veredas y corregimientos del pueblo. Es allí, en las zonas rurales, en donde tienen lugar los enfrentamientos entre la guerrilla y el Ejército. Aunque su presencia ha disminuido notoriamente, los pobladores saben que el frente VI y la columna móvil “Jacobo Arenas” de las Farc no se han ido del todo.

En El Alto, una vereda localizada a ocho kilómetros del centro urbano de Caloto, los habitantes están preocupados por situaciones que se han generado recientemente. Aseguran que hombres encapuchados patrullan la localidad por las noches, que los líderes comunales están siendo objeto de amenazas por parte de grupos ilegales. En Caloto, además, la aparición de las Águilas Negras es un rumor que cada vez toma más fuerza.

Por Diana Carolina Durán Núñez / Enviada especial

Temas recomendados:

Ver todas las noticias
Read more!
Read more!
El Espectador usa cookies necesarias para el funcionamiento del sitio. Al hacer clic en "Aceptar" autoriza el uso de cookies no esenciales de medición y publicidad. Ver políticas de cookies y de datos.