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Letras para auscultar el cielo

El escritor Manuel José Rincón reincide en el cuento. Esta vez explora el origen de las constelaciones, con protagonismo de dioses, titanes y guerreros de la mitología griega.

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Redacción Vivir
30 de noviembre de 2014 - 02:00 a. m.
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En los tiempos antiguos, astrónomos y astrólogos compartían su saber y, observando la bóveda celeste, entre ambos crearon el conocimiento de las constelaciones. El legado sumerio o egipcio se fortaleció en Grecia, donde se acuñó el zodiaco y en un círculo simbólico se dividió el firmamento en 12 partes. A cada una se le otorgó un regente, en un fantástico contexto de trascendente mitología. Hoy astrónomos y astrólogos están cada vez más distanciados, pero de cada fuente de interpretación surgen rutas nuevas para un tercer escenario de valor creativo: la literatura.

El espacio en el que el escritor y periodista Manuel José Rincón Domínguez optó por desarrollar su nueva obra, Cuentos y pasiones del cielo (Panamericana Editorial). Trece relatos en los que los dioses, semidioses, titanes o guerreros mortales de la mitología griega explican el origen de las constelaciones. La caída del dios sordo y la victoria de Cronos, que dejaron la estela de Capricornio. El copero del Olimpo derramando el agua para rociar a los dioses es la visión de Acuario. La rosa de Eros, que recuerda a los seres salvados por el amor en el corazón de Piscis. Las flores de Aries convertidas en estrellas.

Lírica y narrativa para asomarse a las palpitaciones de Zeus inmersas en la constelación de Tauro; o vivaz imaginación para trazar la vía gemela en la que Géminis muestra una línea divisoria entre el cielo y la tierra. El camino de la literatura al que Manuel José Rincón le sigue apostando sin renunciar a sus sueños. Los que concibió antes de incursionar en el mundo de los adultos, cuando quiso ser astrónomo, sin confiar mucho en los giros de la astrología. Luego pasó brevemente por la psicología y la geología. Pero se hizo periodista, viajero incansable y, finalmente, escritor.

La primera señal le llegó en Bruselas, donde vivió siete años, entre 1987 y 1994. Oficiaba como corresponsal de El Espectador en Europa y, por invitación de un exiliado colombiano, entró en contacto con las letras. Luego adelantó un diplomado en formación literaria en la Universidad Católica de Lovaina. Cuando regresó a Colombia, en 1995, entró a ejercer como agregado de prensa de la Comisión Europea, pero ya tenía claro de qué manera iba a canalizar sus inquietudes intelectuales. En la literatura, porque según él mismo, escribiendo se salvó de un mundo que considera mal hecho.

Entonces apareció el punto de inflexión: el reconocido Taller de Escritores de la Universidad Central, que desde hace más de 30 años dirige el maestro Isaías Peña Gutiérrez. Desde ese momento empezó a configurar el salto definitivo del periodismo a la creación literaria. En 1999, con La sirenita, fue finalista del XIII Concurso Nacional de Cuento Ciudad de Barrancabermeja. Después se inventó su propia tertulia con multa de libro al que no llevara poema o cuento. Finalmente recaló en el Centro Alejo Carpentier, donde la amistad y la literatura forjaron una fuerte alianza.

En 2006 se vieron los frutos cuando ganó el Premio de Cuento Ciudad de Bogotá, con su obra El perro, el voyerista, la ambulancia y la vecina. Un año después la ajustó y publicó dos ediciones bajo el título Una daga en Alexanderplatz, 12 relatos de personajes inmersos en la cotidianidad, pero condicionados al poder. Entonces sintió que debía volver a alejarse y se fue tres años a estudiar una maestría literaria en El Paso (Estados Unidos), en la Universidad de Texas. Siguió publicando cuentos, empezó a arañar la novela y en 2010 regresó a Bogotá a seguir puliendo sus textos.

Un día habla de Princesas en Ámsterdam, otro del filibustero americano William Walker o de sus obsesiones con Faulkner. Cada día pasa más tiempo en su casa de Villa de Leyva, donde más de una vez ha visto el amanecer dedicado al oficio. Pero antes de soltar su nuevo texto, para que sus amigos escritores lo destrocen y él lo deje intacto, vuelve a sorprender con su reincidencia en el cuento. Un compendio de relatos sobre las constelaciones del cielo. Una versión que hace una década conocieron sus contertulios del Alejo Carpentier y que ahora aparece renovada por su talento.

Los pedazos del caparazón del cangrejo con los que Hedra trazó la nube de polvo de Cáncer. La victoria de la luz que permitió a Heracles brillar para siempre en la noche de Leo. La fiesta del vino con la que Dionisio sigue brindando por la piel de Virgo. Las pinzas de la justicia que equilibran las culpas del cielo y la tierra en el don de Libra. La picadura del escorpión que como una estrella roja clama por el amor. El elíxir de resurrección que amanece en Ofiuco. La saeta de Sagitario que cruza rauda cumpliendo promesas. La deuda pagada por un escritor que algún día quiso ser astrónomo.

Por Redacción Vivir

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