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“Me llamo Al Gore y fui el próximo presidente de Estados Unidos”. El profeta del cambio climático no llegó al despacho oval, sin embargo, su trascendencia mediática, cultural, académica y política hoy en día es mayor que la de cualquier expresidente. Ahora, el análisis de miles de datos cruzados lo ubica como el pensador más influyente del momento, capaz de llegar con sus ideas más allá de su propio campo. A un lado de los errores e hipocresías que se han señalado en su discurso, su trabajo para evangelizar al mundo sobre los riesgos del calentamiento global y la película Una verdad incómoda le valieron el Óscar, el Príncipe de Asturias, el Nobel y una popularidad global como cara reconocible de este problema.
Gore lidera, por encima del sociólogo alemán Jürgen Habermas y del filósofo australiano Peter Singer, este listado de pensadores de mayor repercusión. El ranquin, que realiza el comité de sabios suizo (Gottlieb Duttweiler Institute, GDI), se desarrolla por medio de un programa informático que cruza información de revistas influyentes como Foreign Policy, una amplia selección de blogs relevantes y las menciones en Wikipedia. A partir de la cantidad y la importancia de las menciones de cada autor, así como de las redes de relación que se tejen entre ellos, el GDI elabora una especie de clasificación de pensadores (ver gráfico), un algoritmo que ordena la importancia de estos cerebros, como sucede con las respuestas de los buscadores.
“Un punto determinante para nosotros es si los científicos son conocidos e influyentes más allá de las fronteras de su propia disciplina”, explica Detlef Güertler, uno de los autores del ranquin. “Por ejemplo, la mayoría de los físicos que han ganado el Nobel recientemente no logra pasar el corte dado que su influencia fuera de la física es relativamente poca o inexistente. Con Peter Higgs, por ejemplo, eso es del todo diferente, ya que se ha convertido en la única persona capaz de llevar a una buena parte del mundo la física subatómica, confluyendo con una gran cantidad de cuestiones filosóficas y teológicas”, razona Güertler, que ha hecho este trabajo junto con el investigador del MIT Peter Gloor y la jefa del GDI, Karin Frick.
Lógicamente, reconoce Güertler, la propia definición de “pensadores influyentes” conduce a que haya un gran número de filósofos y economistas acaparando el listado, ya que no encontramos a gobernantes o a activistas como Assange o Snowden, porque la intención es medir la influencia de pensadores, no hacedores.
Los únicos latinos que hacen parte de la lista son el peruano Mario Vargas Llosa (15º), a quien acompañan el colombiano Gabriel García Márquez (64º), el uruguayo Eduardo Galeano (76º) y el economista peruano Hernando de Soto Polar (99º). Este escaso peso se explica fácilmente, dado que las fuentes de datos de influencia usados en el ranquin están en inglés. “El español es una lengua muy importante en el mundo y sus intelectuales no se sienten tan obligados a asomarse a los debates en inglés, como lo hacen alemanes o suizos. Sencillamente no aparecen en los debates globales, que son esencialmente en inglés”, defiende el autor.
Además, según el investigador, el “mercado de influencia” en España y América Latina se ha diseñado de manera diferente al del mundo anglosajón o la cultura alemana, donde hay muchos expertos, como periodistas de alto nivel, como Frank Schirrmacher a Malcolm Gladwell, que escriben best-sellers de no ficción que dan forma a los debates intelectuales.
“En 2013 hemos añadido más fuentes; por ejemplo, las clasificaciones de las revistas Foreign Policy y Prospect Magazine, o las listas de conferenciantes de TED. Eso podría suponer que este año los pensadores sean más conocidos”, reconoce Güertler.