El presidente Luiz Inácio Lula da Silva empleó su 80% de popularidad, 80% de su tiempo y 80% de su maquinaria política para escoger a su ex ministra Dilma Rousseff como su candidata a la Presidencia y, por ende, erguirla como su sucesora. Aunque Dilma no haya ganado en primera vuelta, se da por descontado su triunfo el próximo 31 de diciembre cuando se dispute la segunda vuelta presidencial. Lula lo tiene claro. Le gusta aparecer en la foto y por eso desde hace año y medio le hizo campaña. Él es el ideólogo de la mayor alianza partidaria de la historia de las elecciones brasileñas, en donde confluyen el Partido de los Trabajadores (PT) —de Lula y Dilma—, el Comunista (PCdoB) y el ultraderechista Partido Progresista (PP).
Sin embargo, el principal aliado es el Partido de Movimiento Democrático Brasileño (PMDB), que es la colectividad más grande de Brasil: cuenta con la mayor bancada en el Congreso (Cámara y Senado) y tiene el mayor número de gobernadores y alcaldes de las capitales estatales. Es el más grande del país, pero es incapaz de tener candidato propio a la Presidencia. El PMDB es el aliado vital de Lula y Dilma en estas elecciones, pero al mismo tiempo, en caso de que Rousseff sea electa, podría convertirse en el mayor dolor de cabeza de la futura presidenta.
El compañero de fórmula de Dilma es el diputado Michel Temer, presidente pensionado del PMDB, y todo parece indicar que la relación entre los dos no será ningún mar de rosas. El primer problema será la elección de la presidencia de la Cámara de Diputados, en febrero. El poder político del PMDB hace que se sienta con derecho al cargo, pero el PT pretende lo mismo.
Lula es un ex líder sindical muy inteligente, sabe negociar y es un gran conciliador. Pero, en cuanto a Dilma, existen dudas sobre su manejo político, ya que nunca fue líder estudiantil, sindicalista o empresaria. Tampoco fue concejala, diputada, senadora, alcaldesa o gobernadora. Hasta el día de hoy, sólo fue ministra.
En el Brasil post-Lula habrá una confluencia de factores a favor del país y, por tanto, del nuevo gobierno: la población dice estar satisfecha, la economía interna es sólida y los vientos internacionales son francamente favorables. Este es el resultado de 16 años de éxitos, ocho bajo el presidente Fernando Henrique Cardoso, en los cuales se estabilizaron la economía y el sistema bancario, y ocho de Lula, en los cuales se le dio continuidad a la política económica y se profundizaron las conquistas sociales.
Otra de las herencias que recibiría Dilma será un país prácticamente sin oposición. El PMDB perderá poder y el Partido Demócrata (DEM) y el PP pueden acabarse. Los movimientos sociales como la CUT (Central Unitaria de Trabajadores), la UNE (Unión Nacional de Estudiantes) y el MST (Movimiento de los Trabajadores Rurales de Tierra) se convirtieron prácticamente en agencias del Gobierno, financiadas con el erario público. Mientras que las empresas estatales como el Banco de Brasil, la Caja de Economía Federal y Petrobras fueron dominadas por el PT.
Sólo la prensa quedó como contrapeso para cuestionar y criticar. Es por eso que, en la recta final de la campaña, Lula cuestionó su papel casi todos los días. La presidenta electa va a tener que repensar su relación con los medios, ya que fueron ellos quienes revelaron el escándalo de corrupción de la Casa Civil, que es el principal Ministerio del Gobierno y fue donde se gestó su candidatura.
Dilma va a necesitar mucho de Lula. Y después cuando se consolide en las urnas, lo necesitará por un lado, para tranquilizar el hambre de los aliados, sobre todo del PMB; y por el otro, para ayudarla en el difícil montaje del Gobierno, con tanta gente disputando espacio. Finalmente Lula sería clave para evitar nuevos escándalos a pesar de que el actual Presidente fue muy permisivo en esta última materia.
Dilma Rousseff será la sucesora de Lula, pero no es él. La gran duda es cómo podrá guiar al “lulismo” con Lula alejado de la arena política. Si es que, de hecho, él permanece fuera. Todo parece indicar que Lula continuará como presidente de hecho, mientras que Dilma lo será de derecho. Sin embargo, él no se va a limitar a Brasil, pues tiene grandes ambiciones en el escenario internacional. Todo indica que el candidato para el 2014 no será Dilma, sino el propio Lula. Aunque todo dependerá, principalmente, del éxito de su pupila.
*Columnista del diario ‘Folha de São Paulo’.