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El domingo es el día en el que se registran mayores casos de maltrato a niños y adolescentes en los hogares colombianos. Lo mismo sucede de lunes a viernes entre las 6 de la tarde y las 7 de la noche, cuando los padres regresan a sus casas después del trabajo. El cansancio, mezclado con la intolerancia y la falta de información propician que se salgan de casillas y recurran a los golpes para reprender a sus hijos por haber sacado malas calificaciones, regado la sopa, ensuciado el sofá o hecho algún berrinche.
Sucede en todos los estratos y en todas las ciudades. Para un gran porcentaje de adultos, un correazo, una nalgada o una bofetada siguen siendo las mejores herramientas para educar a sus niños, pues así lo hicieron sus padres con ellos y dio resultado. A estas conclusiones llegó la concejal de Bogotá Martha Ordóñez luego de recolectar testimonios de menores, de hacer una encuesta a 2.000 papás y de investigar durante tres años el maltrato infantil en nuestro país y el castigo físico como método educativo.
Los papás son quienes más golpean a sus hijos y en la mayoría de los casos, asegura Ordóñez, lo hacen por falta de información. No saben de qué otra forma corregir sus errores. “Encontré casos de bebés que son maltratados por tirar la compota. Definitivamente seguimos siendo una sociedad muy violenta, que desconoce el impacto de esta conducta a futuro”. Y recuerda un estudio del Ministerio de Protección Social en el que se evidencian las consecuencias negativas para la salud afectiva y mental de los adultos mayores que en su niñez fueron golpeados.
No se trata de no imponer límites ni de evitar reprenderlos cuando se equivocan o cometen un acto irresponsable, sino de encontrar mecanismos distintos al de las palmadas, las cachetadas y los correazos. De hecho, cuenta Ordóñez, los mismos niños proponen que para castigarlos les restrinjan el tiempo que pasan en la web, no los dejen ir a fiestas o a paseos, les prohiban ver TV y por un tiempo no les permitan disfrutar de sus videojuegos.
Para el pedagogo Miguel de Zubiría, a veces no basta con repetirles a los hijos el valor de cumplir el deber y es necesario hacerlo con la palabra, la postura y la mirada severas. Si el niño repite la falta, advierte, hay que anunciarle que vendrá una sanción, que muchas veces implica el uso de la fuerza. Sin embargo, así como la educación permisiva no funciona, para Ordóñez y un grupo de pedagogos los modelos educativos regidos por el látigo también deben ser sustituidos por el ejercicio de una autoridad paterna y materna basada en el afecto y el respeto mutuo.