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En los controles prenatales a los que asistió LJIM*, los médicos nunca sospecharon riesgos y presagiaban un parto sin contratiempos. Sin embargo, el pasado 19 de enero las cosas se complicaron en cuestión de horas. Mientras a la madre le subía la presión arterial descontroladamente y sufría dos episodios convulsivos, el bebé moría antes de nacer.
A pesar del tratamiento de emergencia en el Hospital San Francisco de Asís, en Quibdó, la salud de LJIM empeoraba minuto a minuto: la presión arterial seguía su escalada, la respiración y el ritmo cardíaco se aceleraban y un tinte amarillento apareció en los ojos, síntoma del mal funcionamiento del hígado. El diagnóstico no podía ser más desalentador: eclampsia severa y Síndrome de Hellp, una rara condición que se presenta en un 0,2% a 0,6% de los embarazos y pone en peligro la vida de la madre.
Era imprescindible remitirla a un centro médico de tercer nivel, pero ninguno atendía al llamado. La solución temporal era contactar a los especialistas de la Fundación Cardiovascular en Bucaramanga. Un mes atrás, el Ministerio de la Protección Social, a través de Caprecom, había firmado un convenio de telemedicina con esta institución. LJIM sería la prueba de fuego para la red, que comenzó a implementarse en 11 ciudades y 44 municipios.
En un monitor instalado en una de las salas de la Fundación Cardiovascular, un equipo de especialistas en cuidado crítico recibía toda la información sobre el estado de salud de LJIM. La primera sugerencia fue transfundir dos unidades de glóbulos rojos y plasma. Pero la medida resultó insuficiente.
LJIM orinaba cada vez menos, anunciando una falla renal; la respiración se dificultaba y el número de plaquetas descendía, amenazando con hemorragias. Ante ese panorama, los especialistas en Bucaramanga sugirieron aplicar medicamentos para evitar el colapso de riñones y pulmones y otras unidades de glóbulos rojos y plasma.
Por fin, después de tantas horas de angustia, la suerte cambió. Disminuyeron las hemorragias, la paciente mejoró poco a poco y desde el Hospital San Vicente de Paúl en Medellín llegó la noticia de un cupo disponible en la Unidad de Cuidados Intensivos.
José Dionisio Vargas, subdirector de Caprecom, dice que “gracias al manejo que sugirieron los especialistas desde la Fundación Cardiovascular, logramos estabilizar una paciente que de otra manera habría fallecido”.
Telemedicina
Casos como el de LJIM se repiten a lo largo y ancho del territorio colombiano. La telemedicina ha comenzado a convertirse en una panacea, permitiendo que pacientes y médicos en rincones apartados del país consulten con los especialistas más capacitados en las grandes ciudades.
Con una inversión por parte del Ministerio de Protección Social que supera los 10.000 millones de pesos, un proyecto de ley que hace trámite en el Congreso y el talento de grupos de investigación en la Universidad de Caldas y la Universidad Nacional, se construye una red que se extenderá en principio a los departamentos del sur y el suroriente del país. “Este programa tiene dos partes fundamentales, una que es cuidados intermedios y otra que es de telemedicina básica”, indicó el ministro Diego Palacios.
Rosario Neira, gerente del Hospital en San José del Guaviare, ha sido una de las más entusiastas, “no tenemos recursos para contratar especialistas. Además, la mayoría de ellos no quiere irse a vivir a lugares apartados, por problemas de orden público y el aislamiento geográfico. El radiólogo que lee las placas, por ejemplo, sólo va a San José diez días al mes”.
Para Luis Fernando Correa, jefe de emergencias del Ministerio de la Protección Social, “la telemedicina quizá sea la única alternativa de calidad médica para millones de personas en el país”.
Todo lo hacemos aquí
Hace más de cinco años, un equipo de ingenieros y médicos en la Universidad Nacional inició uno de los primeros proyectos de telemedicina. Con fondos del gobierno de Francia pusieron en marcha un programa para atender poblaciones indígenas del Amazonas.
Si bien las cosas no salieron como se esperaba, aquel proyecto fue el punto de partida para consolidar otras investigaciones. Eduardo Romero, un médico que encontró en la bioingeniería su verdadera pasión y hoy dirige este grupo, cree que “con el proyecto del Amazonas aprendimos mucho sobre lo que no debíamos hacer. La telemedicina no es sólo un reto tecnológico, también es un problema social, antropológico y económico”.
Después de pasar cerca de ocho años estudiando y trabando en bioingeniería en Europa, Eduardo Romero regresó a Colombia, convencido de que aquí era posible desarrollar tecnología de punta. Esa filosofía se contagió a todo el equipo y casi la han convertido en lema: “todo lo hacemos aquí, no compramos nada por fuera”.
Esa confianza ha dado sus frutos. De este laboratorio salió el soporte tecnológico de un “hospital virtual”; crearon en cuatro meses un visualizador de imágenes que en el mercado cuesta 300.000 dólares; inventaron un microscopio robotizado y un sistema automático para reconocer infecciones de malaria.
Una de las ventajas de la telemedicina en un país como Colombia es que permite ahorrar gran cantidad de recursos. “Por ejemplo, el 10% de los 1.700 pacientes que atendimos en el Guaviare debían remitirse a centros de más alto nivel. Sin embargo, gracias a la telemedicina recibieron atención médica, ahorrando a las empresas de salud todos los costos de transporte a otra ciudad”, comenta Romero.
Menos costos de atención en un sistema de salud, se traducen en mayor cobertura. Pensando en que la telemedicina permitirá extender los beneficios de la medicina a poblaciones que antes no la tenían, el grupo de investigación de la Universidad Nacional decidió bautizar la mayoría de sus proyectos “Nukak”. Según Eduardo Romero, porque entre los Nukak Makú, cuando alguno de los miembros de la tribu se enferma, no sólo él sino todos reciben la misma dosis de medicina.
*Iniciales del nombre de la paciente.