17 Apr 2010 - 9:00 p. m.

Multas a malos padres y castigos en escuelas

La aprobación en Inglaterra de una ley que autoriza a los docentes a utilizar la fuerza abrió el debate sobre las bondades de las sanciones para la formación de los estudiantes.

Miguel de Zubiría*

El Ministerio de Escuelas, Infancia y Familia de Inglaterra les acaba de retornar a los profesores la autoridad para utilizar la fuerza en casos de defensa propia o para prevenir que los alumnos se lesionen entre sí o afecten las instalaciones de la escuela. Esta medida le pone fin a décadas de ejercicio docente sin autoridad, de estudiantes llenos de derechos y ningún deber (el anhelo de Rousseau y la tercera generación del amor a los hijos del doctor Spock), cuyos daños sobre la sociedad occidental están por evaluar.

La Asociación Británica de Maestros encontró que la mayoría absoluta de profesores encuestados conceptúan que la disciplina ha empeorado en sus escuelas. Comentan que niños menores de 5 años de edad ya se comportan de manera ruda, intimidante y hasta violenta.

La explicación es muy sencilla: si a dos papás, adultos hechos y derechos, la escena a diario se les sale de las manos, cómo no a un profesor responsable por 30, 40 o más muchachos malcriados, desarmado por completo, solo, con el escaso poder de su palabra.

La genial decisión de devolverles la autoridad a los maestros, hoy llamados docentes, replantea la pregunta políticamente incorrecta de si deben los padres o los profesores sancionar a sus hijos y estudiantes. Lo primero por reconocer es que sería magnífico educar sin sancionar ni castigar. Posible siempre y cuando se cumpla un requisito: el de que los niños siempre sean responsables con sus deberes, acaten las normas y respeten a las figuras de autoridad, es decir, sean buenos por naturaleza. En tal caso sobrarían las sanciones, ¡y sobraría formarlos!

Los castigos no son de incumbencia infantil. También los adultos incumplimos, por esto existen códigos completos de sanciones a las violaciones de tránsito, comerciales, administrativas, de impuestos, etc. Si cumpliésemos desaparecería la exitosa profesión de los abogados, ésta existe porque los adultos no somos buenos, tampoco los niños, ¡nadie!

La bondad universal sería encantadora. Convencería a los delincuentes, a los estafadores, a los secuestradores, a los guerrilleros, a los terroristas de que sus actos son malos, que dañan a otros. Ellos lo saben, todos lo saben. Sólo que sus ganancias al delinquir superan infinitamente la posible pérdida de ser sancionados, en nuestro país exigua. La maldad paga demasiado bien. Ese es el problema.

Sin embargo, contra estas evidencias del sentido común, con su libro de 1946 el doctor Benjamín Spock —inspirado en Rousseau— acabó por convencer a los padres de que su labor es la de querer a sus hijos y nunca castigarlos. Así nacería un mundo de amor y fraternidad universal, que no ha llegado.

En contravía con el doctor Spock, algunos padres aplican la didáctica positiva y luego la didáctica negativa, con magníficos resultados. Con suma paciencia esos sabios padres o madres le explican a su hijo las conveniencias de, por ejemplo, tender su cama. Una vez el niño aprende a hacerlo, este deber no sólo ayuda a los demás miembros del hogar sino que convierte al menor en alguien responsable, una cualidad definitiva para recorrer la vida.

Lo importante es que los padres no sólo le enseñen paso a paso el dominio de este oficio, sino el tener que hacerlo todos los días sin excepción. A muchos niños la convincente explicación y modelación de sus padres les basta. Magnífico. A otros no. Un día simplemente la dejan destendida. Es en este momento cuando los padres deben aplicar la didáctica negativa, por el bien de su hijo y el de quienes convivan a su alrededor.

Así que no sólo basta con repetirle el valor de cumplir el deber, sino que ahora es necesario hacerlo con la palabra, la postura y la mirada severa del padre o la madre. Si el hijo falta de nuevo, hay que anunciarle que vendrá una sanción. La advertencia hecha con la palabra, la postura y la mirada severa de padres con autoridad —no que buscan ser amigos de sus hijos— muchas veces basta. Pero si el menor reincide es justo aplicar la sanción estipulada. Las culturas humanas, aún, no han descubierto un método más eficaz, y me temo que no existe.

Y, por supuesto, de igual manera actúa el profesor, si es un formador moral, como todos lo deberíamos ser, no sólo un enseñante o docente de una ciencia. Como vuelve a ocurrir en Inglaterra, para bien de la generación actual, cuyos resultados se verán pronto.

Pero aquí no paran las buenas noticias venidas de Londres. El ministro de Educación agregó que las escuelas ya cuentan con nuevos poderes legales para llevar a la corte a los padres de los menores que con frecuencia causan problemas.

Si crían hijos irresponsables, los padres responderán por los efectos negativos sobre la sociedad una vez se conviertan en disociales o antisociales. Los malos padres no podrán ‘lavarse las manos’ y abandonar a su hijo malcriado al sistema policivo y judicial, pagado por todos los contribuyentes, para que lo encarcelen y encierren. No. ¡Ellos irán a la corte!

Cada director de colegio deberá iniciar los procedimientos en las cortes locales. O los padres reasumen su papel de formar hijos responsables y respetuosos —una vez firmado ante la corte su compromiso indeclinable de corregir a su hijo, esto es, de comenzar a emplear la didáctica positiva y negativa utilizadas por las sociedades humanas, educadoras de adultos respetuosos y responsables—, o enfrentan una primera sanción pecuniaria por valor de US$1.500.

¿Deben los padres o los profesores sancionar a sus hijos y estudiantes? Por supuesto que sí. Siempre y cuando los muchachos conozcan las razones positivas para acatar una norma y sepan cumplirla. Lo cierto es que a través de este camino ganamos todos, pero sobre todos ellos, ya que un joven irresponsable o irrespetuoso dañará a sus semejantes, tanto como a su sociedad permisiva.

Con esta genial medida que va en contra de las ingenuas ideas de los pacifistas, en Inglaterra posiblemente desaparezcan los delincuentes, los estafadores, los secuestradores, los terroristas de su país posmoderno e ingresen a un mundo donde los padres y los profesores tienen criterio y los niños, al ejercer sus deberes, conquisten sus derechos. No al revés.

¿Es su hijo o estudiante desobediente, altanero, irrespetuoso, irresponsable? Si usted viviera en Inglaterra ya sabría qué hacer, el Ministerio de Escuelas, Infancia y Familia  y las cortes lo apoyarían, confiarían en su criterio de adulto.

 * Presidente de la Liga Colombiana contra el Suicidio y miembro de la Academia Colombiana de Pedagogía.

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