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“Somos una especie tan lingüística como musical”, escribe Olivers Sacks, el famoso escritor y psiquiatra de origen inglés, en su último libro titulado Musicofilia, recientemente traducido al español y publicado por editorial Anagrama.
A través de la historia de pacientes que han padecido algún tipo de enfermedad neurológica, que alteró sus capacidades para percibir la música, Sacks se sumerge en uno de los misterios que más inquietan a los neurocientíficos: ¿por qué nuestros complejos cerebros están tan exquisitamente afinados para escuchar música?
Tony Cicoria es uno de esos pacientes. Este ex jugador de fútbol americano y cirujano ortopédico fue víctima de un rayo mientras hablaba por un teléfono público. Aunque los médicos que lo atendieron en principio descartaron que hubiera sufrido alguna lesión en su cerebro, dos semanas más tarde ocurrió algo inesperado. De repente, Cicoria comenzó a sentir un deseo insaciable de escuchar música de piano. “Era algo que no le había ocurrido jamás. De niño había asistido a un par de clases de piano, pero sin interés. No tenía piano en su casa. Lo que solía escuchar era música rock”, relata Sacks.
Lo que siguió a la obsesión por escuchar música fue aún más extraño: comenzó a oír música en su cabeza. En palabras del propio paciente “es como una frecuencia, una banda de radio. Si me muestro receptivo, llega. Quisiera decir: llega del cielo, como decía Mozart”.
El súbito talento obligó a Cicoria a intentar atrapar con sus pocos conocimientos esa música en pentagramas. Se levantaba a las cuatro de la mañana a intentar reproducir la música que escuchaba en su cerebro y al volver de su trabajo se dedicaba a la misma tarea.
Son pocos los reportes de pacientes que repentinamente sienten un especial interés por las artes. En el caso de Cicoria, el fenómeno ha sido bautizado como musicofilia. Con el paso de los años, el ex futbolista siguió conservando su pasión musical que tuvo que aprender a integrar a su vida cotidiana y laboral.
Las respuestas para el caso de Cicoria siguen siendo vagas. Sacks insinúa que podrían tener una naturaleza epiléptica o deberse a algún daño neurológico imperceptible para los métodos diagnósticos actuales. Supone que después de recibir la descarga eléctrica, el cerebro del paciente dejó de recibir oxígeno por unos instantes y algunas zonas pudieron afectarse. Existen registros de pacientes que luego de sufrir daño en partes frontales de sus cerebros, experimentan una asombrosa aparición o liberación de talento y pasión musical a medida que pierden la capacidad del lenguaje articulado.
“Desde que Cicoria sufrió su lesión, en 1994, han aparecido muchas pruebas nuevas y más sutiles de la función cerebral, y coincidió en que sería interesante seguir investigándolo”, comenta Sacks.
Pese a que las últimas tres décadas han sido intensas en la búsqueda de respuestas para estos fenómenos, las palabras de Charles Darwin, citadas en el libro de Sacks, no pierden vigencia: “Como ni el disfrute de la música ni la capacidad para producir notas musicales son facultades que tengan la menor utilidad para el hombre, deben catalogarse entre las más misteriosas con las que está dotado”.