A Francisco Duque, obispo de la Iglesia Episcopal de Colombia, no le sorprendió la decisión del Vaticano de permitir que los sacerdotes de su comunidad, que así lo quisieran, pudieran regresar de nuevo al catolicismo a pesar de que estuvieran casados, con hijos e incluso se hubieran divorciado. “Era una decisión que estábamos esperando desde hace muchísimos años”. Finalmente, de las manos del papa Benedicto XVI, llegó la hora de que los anglicanos puedan regresar a la iglesia de Roma sin tener que renunciar a su propia liturgia.
Se trata de una decisión polémica que no ha sido bien recibida por algunos sacerdotes anglicanos y católicos. Los primeros temen que se produzca una salida masiva de los religiosos más conservadores de su comunidad, que no ven con buenos ojos que las mujeres y los homosexuales tengan la posibilidad de ordenarse como obispos. Para los católicos resulta incómodo aceptar que habrá dentro de su iglesia sacerdotes que renunciaron al celibato y viven su espiritualidad de manera diferente, lejos del silencio, el recogimiento y la soledad de los seminarios, y más cerca de la cotidianidad de un hogar.
Mientras el líder espiritual de la Iglesia anglicana, el obispo de Canterbury Rowan Williams, se quejó por no haber sido tenido en cuenta para esta decisión; el obispo anglicano de Madrid, monseñor Carlos López, reprochó al Vaticano por “aprovecharse de su crisis interna”, y Christian Rees, de la organización anglicana feminista Watch, describió la medida como “una maniobra predatoria”. Posiciones contrarias a las del obispo John Hepworth, de la Comunión Anglicana Tradicional de Australia, quien celebró la determinación de Roma y exclamó que sus oraciones por fin habían sido escuchadas.
Para el colombiano Duque, poder ejercer el sacerdocio y al mismo tiempo vivir en familia, disfrutar de una relación de pareja y asumir el reto de educar unos hijos, no tiene absolutamente nada de malo. De hecho, para él es una ventaja, pues puede hablarle a su comunidad con conocimiento de causa. “Cuando una pareja viene a pedirme consejo —recuerda—, sé perfectamente por lo que están pasando y el esfuerzo que se requiere para vivir el matrimonio en armonía. Los puedo aconsejar desde mi experiencia”. Y esto, según él, enriquece su labor.
Abogado, esposo y sacerdote
Francisco Duque lleva la fe y la espiritualidad en su sangre. Cuando era niño le gustaba ayudar en la misa al padre pasándole las ofrendas, recogiendo la limosna, sosteniendo la patena y en general cumpliendo las funciones de monaguillo. A los 15 años, por casualidad, tuvo la oportunidad de hablar con un sacerdote anglicano. Sus posturas y su visión de la religión y del mundo lo sedujeron y sin pensarlo dos veces decidió dejar el catolicismo e ingresar en esta comunidad.
Estudió derecho en la Universidad Libre, en Bogotá, y paralelamente a sus labores como abogado quiso prepararse en teología y abonar el camino para el sacerdocio. A diferencia de los padres católicos, los anglicanos obligatoriamente deben cursar una carrera profesional y luego estudiar teología si quieren dedicarse a servir a Dios y a la comunidad. Pero para ello no deben confinarse en un seminario, la preparación puede ser virtual o en una universidad y paralela a sus obligaciones profesionales y familiares.
En 1987 Duque se ordenó como diácono y comenzó a hacer sus primeros pinitos en la vida eclesial. Durante esta época el amor tocó a su puerta. Una de sus alumnas de la Universidad La Gran Colombia, en donde dictó clase durante 23 años, le robó el corazón y se convirtió en su esposa y la madre de sus tres hijas. Para estas mujeres la vocación espiritual de Duque nunca fue un problema. Por el contrario, a todas ellas les gustaba involucrarse con el trabajo de la comunidad y asistirlo durante la misa diaria y la de los domingos.
Generalmente, los familiares de un sacerdote anglicano deben formar parte de las actividades de la iglesia y colaborar en el mantenimiento y arreglo de los templos, además de contribuir con las obras sociales. Al igual que le sucede a cualquier hombre, los obispos, diáconos o padres anglicanos también desean, aman e incluso flaquean ante las tentaciones de la carne. La infidelidad, las peleas y el desamor son situaciones que también afectan sus relaciones de pareja y que los pueden conducir al divorcio.
Aunque Duque explica que no es muy común que haya sacerdotes separados, sí se han presentado varios casos, al igual que con el homosexualismo. Todavía es recordado el escándalo del sacerdote Gene Robinson, quien en el 2003 fue ordenado como obispo de New Hampshire, Estados Unidos, a pesar de ser homosexual y convivir con su pareja desde hace 20 años.
Lo que se hereda no se hurta
Angélica Lucía, Elizabeth y María Victoria viven desde hace algunos años lejos de su padre, el obispo Duque. Las tres quisieron continuar su preparación académica en el exterior. Durante su infancia gozaron acompañando a su papá al templo, ayudándolo a acomodar las ofrendas del altar y entonando los cantos religiosos de las celebraciones litúrgicas.
A pesar de que en su casa la vida transcurría normalmente y nunca se sintieron obligadas a seguir los pasos de su padre, a una de ellas sí la sedujo su vocación espiritual. Angélica Lucía, de 24 años, la primogénita y consentida de esta familia, decidió estudiar teología y dejar así la puerta abierta al sacerdocio.
Aún no está segura de que quiera seguir este camino, sin embargo, se siente atraída por aquel mundo de sotanas, oraciones y rosarios en el que ha vivido la mayor parte de su vida. Y a su padre, el obispo Duque, se le llena la boca de orgullo cada vez que piensa en esta posibilidad. Pero por ahora su mayor preocupación gira en torno a lo que pueda suceder con algunos miembros de la comunidad, después del anuncio del Vaticano de ofrecer una constitución específica para mantener las tradiciones, los rasgos y las liturgias de los sacerdotes anglicanos que quieran regresar al catolicismo.
Para el arzobispo Gregorio Venables, superior de la Iglesia anglicana del Cono Sur, este anuncio no es de gran impacto para Latinoamérica, pues el cambio se dará principalmente en los países de habla inglesa (Inglaterra, Escocia, Estados Unidos, Canadá, Australia), donde ha avanzado la controversia por la ordenación de mujeres y de homosexuales, así como la bendición de las uniones entre personas del mismo sexo.
“En los últimos años siempre hemos visto movimientos de obispos, sacerdotes y laicos entre la comunidad anglicana y la Iglesia católica”, concluyó Venables. Sin embargo, advirtió que evidentemente este anuncio sí pone fin a un período de incertidumbre para los grupos anglicanos esperanzados en que algún día se lograra la unidad con la Iglesia católica.
La historia de la Iglesia anglicana
Sin diferencias doctrinarias significativas con el catolicismo romano, el anglicanismo nació en Inglaterra en 1539, por decreto del rey Enrique VIII, quien ordenó a su país separarse de la obediencia religiosa al papado romano, después de que le fuera negada la autorización para anular su matrimonio con Catalina de Aragón.
Y también por cuenta de los postulados de la Reforma del siglo XVI, que contemplaba el celibato y la prohibición de que las mujeres se ordenaran como sacerdotes.
Posteriormente, se elaboraron los 39 artículos de esta religión y se promulgaron los Estatutos de Uniformidad para culminar con el Acuerdo Religioso Isabelino, que dio lugar a esta Iglesia, que en principio tuvo al monarca inglés como su gobernador supremo. Luego, se estableció una jerarquía compuesta por los obispos, los sacerdotes y diáconos. Aunque no hay una autoridad suprema, como lo es el Papa para los católicos, el obispo de Canterbury es su líder espiritual.