Aseguran que comprender sus formas del goce físico y su anatomía es un misterio privado y exclusivo de su género, y a punta de ese tipo de argumentos han logrado convencernos de que somos unas bestias torpes que no pueden aspirar a nada más que la autocomplacencia .
Prueba de esta infame campaña de desprestigio es el generalizado comentario de que el sexo entre mujeres, sea o no sea moralmente aprobado, resulta provechoso para cualquier chica, solo porque entre ellas “sí se comprenden”, como si no hubiera forma de desentrañar el mecanismo de un reloj a menos que este estuviera colgado entre las propias piernas.
No voy a negar que he lidiado siempre con la dificultades crípticas de la anatomía del placer femenino. Desde el primer día en que me enfrente a una de ellas cara a cara, las vaginas me han resultado organismos feos y de sensibilidades complejas, una suerte de ornitorrincos genitales a los que las revistas para machos siempre tratan como un aparato muy simple: un clítoris que hay que frotar, un punto G en las paredes interiores que hay que oprimir y una cantidad infinita de carne sobrante que no sirve para nada.
Lo que las mujeres parecieran no saber es que ellas son tan torpes como nosotros, en especial a la hora de hacernos la paja. Si a los hombres nos queda imposible determinar cuándo sí o cuándo no encapricharnos con el clítoris, sumado a otras inestimables variables como intensidad, duración y velocidad del consentimiento vaginal, tanto o más grave es la torpeza con la que la mayoría de chicas nos batuquean el falo.
Este repertorio de negligencias es grande. Negligencia uno: masturbada tipo parqués, como quien bate un par de dados deseando el doble seis. Negligencia dos: masturbada tipo depilación, poco importa que uno quiera conservar su melena, hay que arrancarlos ahora que hay chance. Negligencia tres: masturbada floja, no apretemos el miembro que eso les debe doler.
De todas las negligencias masturbatorias, sin embargo, hay una en particular que me resulta particularmente frustrante. Negligencia cuatro: desconocimiento del Punto P, la paja se detiene al divisarse la primera gota de evacuación espermática o no se detiene tras el evidente derrame. Qué languidez, qué tibio y amargo regalo es que te dejen allí, sin ese par de pajazos finales que te rematan la vida y que te hacen sentir completo. Qué dolor, que repulsión alcanzas a sentir, cuando a ellas se les va la mano.
En todos estos años, no ha habido una sola mano que me lleve al Punto P sin ayuda. A veces pienso que habrá que darle una oportunidad a los hombres, quizás ustedes tengan razón: solo entre nosotros nos entendemos.
noessencillo@yahoo.com.ar