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La cita en el spa es a las once y media de la mañana, en la calle Holland en Kensington, un exclusivo sector al oeste de Londres. Entro, una mujer morena me saluda, me pregunta mi nombre, revisa la lista de clientes.
Me dice que primero tiene que lavarme los pies. Luego me pregunta si tengo alguna infección o herida. Me lava los pies con agua helada; los seca con una toalla color café y me da unas pantuflas de papel.
Son ocho sillas negras de cuero, ubicadas una al lado de la otra. Cada una tiene una especie de pecera gigante. Las miro. Hay decenas de peces nadando en ella. Me da miedo, me impresiona verlos, y siento que si meto los pies me los van a devorar en un segundo, como si fueran las más temibles pirañas.
En realidad son unos peces plateados e inofensivos llamados garra rufas. Más conocidos como “Doctor Fish”, tienen la habilidad de vivir en temperaturas muy altas, hasta los 43 grados, y de alimentarse de la piel muerta o dañada. No tienen dientes, por lo que no generan dolor ni daño en la epidermis, y al hacer su labor segregan una enzima llamada diatanol que deja la piel tersa y suave.
La terapia comenzó a practicarse en Kangal, un pequeño pueblo de Turquía, y en algunas partes de Oriente Medio, a comienzos del siglo XIX. Según la dueña de Aqua Sheko, Karen To, la leyenda dice que un día un pastor se sentó a la orilla del río porque uno de sus talones estaba lastimado. De repente, decenas de estos peces empezaron a rodearlo. “Cuando sacó su pie del río, su talón estaba completamente recuperado y el pastor empezó a difundir la historia entre la gente del pueblo”, asegura.
Sin embargo, mi instinto de conservación me hace dudar. Meto solo el pie derecho, lentamente. La señora del lado me sonríe, “Tranquila, después una se acostumbra“, me dice. La primera sensación no me gusta, no sé cómo describirlo, son como ligeros corrientazos en las plantas de los pies. No soy capaz de mirar hacia abajo. Los peces se agolpan en mis pies.
Aqua Skeho es el primer spa en Londres que ofrece este tipo de terapia con peces. Los dueños del lugar, Chan y Karen, son una pareja de recién casados que se fueron a pasar su luna de miel en diciembre pasado a Macao, en la costa sur de China. Se hospedaron en el hotel Four Seasons y allá decidieron probar el tratamiento. “Quedamos completamente enganchados. Era como si una máscara hubiera sido removida de mis pies, los resultados fueron inmediatos. Los dos nos dimos cuenta de que era algo diferente y ‘cool‘, y por eso decidimos traerlo a Londres”, afirma Karen.
Al fin soy capaz de mirarlos frente a frente. Hay ciento cincuenta peces, algunos se apropian del dedo gordo, otros del talón, otros reposan en el empeine. Hay diminutos, medianos y unos cuantos son más grandes.
El spa ofrece dos clases de tratamientos, uno llamado Express, que dura sólo 25 minutos, no incluye el masaje y vale 30 libras, es decir, aproximadamente $77.400; y el otro, denominado Deluxe, dura 45 minutos, incluye el lavado y el masaje y vale 45 libras, más de $116.000. Antes de irme, Karen revela un secreto: “cuando los peces no tienen pies que comer, es decir, en las noches, se alimentan con pepino cohombro“. Me parece graciosa esa idea. Me despido. La verdad, no sé si algún día vuelva.