Wilson Cortés es el doctor de la leishmaniasis en Tumaco. Desde hace 28 años representa a un centro de investigación en esta región de la Costa Pacífica colombiana. Entró siendo mensajero y asistente y, con el tiempo, al lado de bacteriólogos, dermatólogos, parasitólogos y biólogos se ha formado. Hoy es el responsable de apoyar la consulta médica y las actividades de laboratorio.
Wilson es sólo una de las cien piezas claves del Centro Internacional de Entrenamiento e Investigaciones Médicas (Cideim), en Cali, dedicado durante 50 años a investigar enfermedades transmisibles y entenderlo todo: infección, resistencia, tratamiento, prevención y control.
Leishmaniasis, tuberculosis, malaria, resistencia bacteriana, dengue y sífilis han sido algunos de sus objetos de estudio. El médico parasitólogo argentino Antonio D’Alessandro, primer director del centro, recuerda un estudio que realizaron en los sesenta para prevenir el tétano en los recién nacidos y generó una política de vacunación en el país. “El 12% de los niñitos se morían de la enfermedad a los siete días de nacidos”, cuenta. “Era una situación espantosa”. Y es que entonces ciertas comunidades de la población de Guachené usaban estiércol para curar el ombligo de la madre. “Ese era uno de los motivos de la incidencia tan grande de tétanos”. El proyecto logró vacunar a buena parte de la población femenina y se redujeron notablemente las muertes de los recién nacidos.
Aires de tormenta
El Cideim comenzó actividades en 1961, gracias a un acuerdo entre las universidades de Tulane y del Valle, con fondos de los Institutos Nacionales de Salud de los Estados Unidos y de la Fundación Rockefeller, y se convirtió muy pronto en un centro de formación internacional en enfermedades transmisibles.
Pero los aires antiimperialistas que recorrían los campus de las universidades públicas colombianas por los años setenta lo dejaron herido de muerte. Cuenta el exministro de Salud Efraín Otero, quien lleva vinculado al Cideim 37 años, que en junio de 1975 los estudiantes destruyeron sus instalaciones, porque para ellos era “símbolo viviente del imperialismo norteamericano en la universidad”.
Gracias a la decisión gubernamental de no dejarlo morir, con la ayuda de Colciencias y de otras instituciones, el Cideim se trasladó a una casa frente al río Cali, en el centro de la ciudad.
“En esos años”, continúa Otero, quien era en ese entonces director de Colciencias, el Cideim “le aportaba al país (entre infraestructura, laboratorios y proyectos) entre US$1 y US$1,5 millones anuales, suma nada insignificante si se tiene en cuenta que por ese entonces muy escasos proyectos de Colciencias alcanzaban los US$50.000”.
D’Alessandro, quien vino originalmente para montar el centro en una misión programada para dos años, se quedó 24. Lo reemplazó en el cargo de director Nancy Gore Saravia, actual directora científica, bióloga, con maestría en salud ambiental, doctorado en microbiología y posdoctorado en inmunología.
No ha sido fácil sobrevivir en estos 26 años que lleva dirigiendo el centro, ahora por razones diferentes a las de 1975. Desde 1990 el Cideim pasó a ser ente autónomo y los problemas financieros han sido pan de cada día.
A los costos de servicios y gastos administrativos, que no asumen las entidades financiadoras, se suma la dificultad de asegurarles a los investigadores una permanencia estable a la altura de sus capacidades y los obstáculos que son cada vez mayores para concursar por recursos.
“Las posibilidades de estar cómodos por un rato van desapareciendo y la situación que vivimos representa un reto”, dijo Saravia durante la clausura del Simposio Internacional Colombia en la Frontera de la Biomedicina que conmemoró las bodas de oro del centro. Llamó a la unión de la comunidad científica, con acento gringo, pero con nacionalidad colombiana desde 2008. “Unidos podemos ayudarnos a enfrentar (la burocracia), porque solos se ve demasiado insuperable”.
En 2008 el Cideim se trasladó a la Universidad Icesi, donde hoy en día labora en un edificio dotado para continuar investigando, formando científicos, promoviendo alianzas nacionales e internacionales y ofreciendo servicios de salud a la comunidad.
Avances en leishmaniasis
Sobre la leishmaniasis cutánea —una enfermedad transmitida por la lutzomia, un mosquito más conocido como jején—, diseñó innovadoras herramientas para su diagnóstico y manejo, algunas de las cuales Wilson utiliza en Tumaco, así como en sus viajes por ríos y trochas buscando pacientes y dando charlas para prevenir la enfermedad. “Cideim ha ayudado mucho a la Costa Pacífica”, dijo; “fue el primero que ayudó a combatir una enfermedad que tenía hasta entonces a mucha gente mutilada en su nariz, que no sabía qué era la leishmaniasis y solamente se la curaban con hierbas”.
Los investigadores del Cideim han aportado nuevos conocimientos para entender la historia de la enfermedad, cómo se transmite, por qué persiste la infección y por qué el parásito se resiste a los medicamentos. Con ese conocimiento, y como dijo la ministra de Salud, Beatriz Londoño, durante la inauguración del evento, ha sido posible “tomar decisiones (políticas) con base en una huella basada en la evidencia”. Actualmente trabajan en identificar terapias más efectivas, seguras y de más fácil administración que las existentes, principalmente para la población infantil.
Al final del simposio Saravia comparó a ‘los gérmenes’ que estudian con el centro que dirige: “Son un modelo de vida autónoma. Son pequeños, pero muy variados. Se adaptan al cambio. Aprovechan la adversidad como una oportunidad para crecer y para la acción. Y comparten sus herramientas con los vecinos, lo que les permite conquistar instituciones enteras”. Y la lección final que les dejan: “Hay que persistir para prevalecer”.