13 Sep 2013 - 3:36 p. m.

¿Por qué buscamos la felicidad?

Según el diccionario la felicidad es el estado del ánimo que se complace en la posesión de un bien.

David Potes

Pero, en una definición mucho más simple, según el antropólogo Marc Auge en el prólogo de su libro ¿Por qué vivimos? Apunta: “la definición mínima de la felicidad es la ausencia de infelicidad, la tregua, la pausa”. Auge utiliza los cuentos de hadas como un ejemplo claro de la dificultad que tenemos a la hora de definir algo que al igual que la libertad se nos escapa de la lengua y más aun de nuestra comprensión, porque en los cuentos de hadas como en muchas historias que se nos han contado y representado en el cine, el teatro y en la tradición oral, la felicidad es el bien último, lo que ocurre después del beso y los créditos, después de los aplausos. Se nos narra entonces la odisea, se nos narran las gestas y las quimeras para conseguir un bien que los protagonistas no están seguros de cómo hacer que perdure en el tiempo.

Ante lo complejo de explicar que es la felicidad y sin pretender llegar a una conclusión, al menos, permitámonos hablar de ella para aproximarnos a una visión un poco más amplia que la de un diccionario.

El conjunto de imágenes que relacionamos a la idea de felicidad están estrechamente ligadas al sistema socio-económico en el que nos desenvolvemos, de ahí que la visión o significado que damos a la felicidad es inducida. Lo anterior significa que el grado de relevancia que han tomado las imágenes en nuestras vidas nos ha hecho propensos a tomar como propio un concepto de felicidad ajeno o prefabricado. Para la muestra un botón: La película En busca de la felicidad, del director Gabriele Muccino, protagonizada por Will Smith, nos presenta un cuadro con trazos definidos de lo confuso que se ha hecho el concepto de felicidad para el hombre del posmodernismo. En esta historia un hombre, con graves apuros económicos y con la enorme responsabilidad de criar un hijo (¿suena acaso familiar?), fija su felicidad en obtener un empleo como corredor de bolsa después de que este observa cómo todos los que trabajan allí destilan felicidad a borbotones. La escena es, en resumen, decenas de personas que suben y bajan las escaleras de un edificio donde el personaje cree que reparten la felicidad. “¿Por qué no luzco así?” Se pregunta después de cruzar palabras con un exitoso corredor de bolsa, el cual además se baja de un lujoso auto. He aquí uno de los paradigmas más grandes de la sociedad de consumo amparado bajo el slogan: El dinero compra la felicidad. No sin antes aclarar que el dinero representa estabilidad y tranquilidad en la vida de la mayoría de seres humanos, la felicidad que predica el capitalismo a través del dinero es un estado de éxtasis relacionada al consumo y al placer, y solo entendiendo que este último es tan solo un momento efímero de la existencia que no necesariamente significa felicidad, entonces la idea de que el dinero lo puede comprar todo es solamente un paradigma más. Pero… ¿Qué es entonces lo que hace que el personaje de En busca de la felicidad se coloque como objetivo ganar mucho dinero para ser feliz? Resulta que el personaje de esta película es más representativo de lo que parece. La brecha entre ricos y pobres. La desigualdad palpable en lo que sin titubear llamamos el tercer mundo, ha contribuido a que la imagen de felicidad esté estrechamente ligada con el consumo y ésta, en su calidad de lujo, pasa a ser una transacción, pues se piensa únicamente posible de adquirir a cambio de algo a lo que le hemos otorgado mucho valor y lo cual nos cuesta mucho trabajo adquirir: el dinero. En suma la felicidad se nos ha escapado de los bolsillos, palabras más palabras menos, según la sociedad actual: si no somos capaces de suplir nuestras necesidades básicas, ¿de dónde vamos a sacar para pagar la felicidad? Ese es el otro componente esencial del personaje de En busca de la felicidad: un habitante del tercer mundo en medio de la opulencia y el despilfarro del primero, un reflejo del delirio y las aflicciones que producen las necesidades en los habitantes de las partes más deprimidas del mundo.


La película parte del hecho aparentemente incuestionable de que debemos salir en busca de la felicidad, y justifica esta afirmación tomando las palabras contenidas en la Declaración de independencia de los Estados Unidos, en la cual Tomas Jefferson hace referencia al derecho a la libertad y la búsqueda de la felicidad. Pero a esto hay quienes contradicen lo aparentemente incuestionable afirmando que la felicidad es un estado de conciencia y que solo hace falta vivir en el presente para encontrar que siempre está a nuestro alrededor, quitando de lado la idea de que la felicidad se encuentra en un futuro en el cual hemos depositado las esperanzas, pues esto solo nos aleja más de ella ya que visualizar la felicidad en un futuro indeterminado, implica que este futuro jamás se va a hacer presente. Esto parece coincidir con lo que pensaba Lucio Anneo Séneca, escritor romano del siglo I, el cual afirma en su libro Sobre la felicidad que “puede llamarse feliz al que, gracias a la razón, ni desea ni teme; pues las piedras también carecen de temor y de tristeza, e igualmente los animales, pero no por ello dice nadie que son felices los que no tienen conciencia de la felicidad”. Lo anterior entra en conflicto con la visión bíblica de felicidad, pues en esta se sitúa la misma en un futuro más allá del futuro, en una promesa de vida eterna posterior a la muerte y la define como la necesidad de llenar un vacío al afirmar que la verdadera felicidad se deriva de aquellas cosas que tienen que ver con la espiritualidad: “felices son los que tienen conciencia de su necesidad espiritual, puesto que a ellos pertenece el reino de los cielos”. Por su parte, y no muy lejos de esta querella, los budistas piensan que la felicidad es un estado de la mente que no depende de factores externos para manifestarse.

Retomando las palabras de Séneca, quien fue uno de los que más discernió acerca de la felicidad, este también advierte acerca del peligro que conllevan el conformismo y los caminos ya trazados por las masas a la hora de hallar la felicidad al afirmar que “la felicidad de la vida consiste en un alma libre, levantada, intrépida y constante, inaccesible al miedo y a la codicia, para quien el único bien sea virtud, el único mal la vileza, y lo demás un montón de cosas sin valor, que no quitan ni añaden nada a la felicidad de la vida, ya que viene y se van sin aumentar ni disminuir el sumo bien.”

Después de considerar distintas visiones de la felicidad, lo único cierto es que En busca de la felicidad nos promete una historia acerca de alguien que va a salir en busca de ella, pero una vez más y como en los cuentos de hadas, después de que el personaje encuentra aquello que cree felicidad, la película se acaba sin darnos a conocer si eso que idealizó como tal de verdad lo era, y si así fue, como hizo para mantenerlo en el tiempo, es como si todo tratara del camino que se recorre por alcanzarla y no del punto de llegada, que es tan corto y efímero que ni siquiera alcanza a ocupar quince minutos de la historia.

Este escrito no es una crítica directa hacia el dinero y su importancia en la vida del ser humano, tampoco es una consigna panfletaria anti-capitalista. Pero sí es un llamado a la conciencia y una crítica a la idea extravagante de que el dinero es el máximo proveedor de felicidad, y por qué no, un llamado para que cada quien busque una felicidad verdadera, o en palabras de Séneca: “Busquemos algo bueno, no en apariencia, sino sólido y duradero, y más hermoso por sus partes escondidas: descubrámoslo”.
 

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