16 Feb 2013 - 9:00 p. m.

Sed de equidad

Después de cien años sin agua potable, dos plantas alimentadas con energía solar abastecen a 900 wayuu del corregimiento de Camarones, en La Guajira.

Angélica María Cuevas G. / Riohacha, La Guajira

La alegría no le cabía en la mirada. Rosa Redondo Epieyuu, líder del resguardo wayuu Perratpu, en el Santuario de Flora y Fauna Los Flamencos en La Guajira, se paró de la silla, agarró el micrófono y respiró hondo. Los rayos del sol, que parecían confabularse con sus emociones, resplandecían sobre el rojo del guayuco que llevaba puesto. Soltó el aire y habló: “Hace 100 años llegamos buscando el mar y la pesca. Cien años perforando la tierra para encontrar agua, cavando pozos por razones de pobreza y abriendo jagüeyes ante la falta de soluciones de los alcaldes. De alguna manera teníamos que resolver el agua para cocinar, para alimentar a los hijos y a los hijos de nuestros hijos. Me tocó ponerme el guayuco bien puesto para unirme a los que pensamos en el futuro de nuestras generaciones. Ahora que por primera vez en nuestra historia tenemos agua potable, quiero decirles que los wayuu también la merecemos”.

A su espalda estaba una estructura de madera con paneles solares que proveen de energía a la primera planta potabilizadora de agua de este tipo instalada en el país. Un aparato a simple vista sencillo, que limpia el líquido extraído de 100 metros bajo tierra y lo deja listo para llevárselo a la boca. Un poco más adentro del santuario, que se ubica en el corregimiento Camarones, a 20 kilómetros de Rioacha, hay otra planta similar sin estrenar, que en un par de semanas estará funcionando.

Desde hace tres meses, 900 indígenas de las comunidades de Tocoromana, Loma Fresca, Chentico y La Guásima tienen agua potable a pocos metros de sus rancherías. La recogen a diario (con derecho a dos pimpinas de 20 litros por familia), y se la cuelgan a la espalda o la transportan en carretas, bicicletas y animales. Los 900 indígenas ya no hacen parte del 60% de guajiros sin agua potable.

Para la mayoría de los habitantes de Los Flamencos —una de las reservas naturales con mayor afluencia turística del país— la palabra Estado carece de sentido. El referente más cercano son los uniformes de los funcionarios de Parques Nacionales, que aparte de centrar su atención en la conservación natural, intentan unir esfuerzos para ayudarles a llevar una vida más digna. “Ellos nos ayudan a hacer la medición de los estados de conservación del santuario. Sus conocimientos apoyan nuestras investigaciones y también participan de los proyectos de educación ambiental, por eso buscamos que al menos tengan condiciones mínimas de salubridad”, dice Julia Miranda, directora de Parques Nacionales.

En La Guajira, la ausencia de fuentes hídricas superficiales y las sequías prolongadas se combinan con la histórica negligencia estatal. Aunque después de Meta y Casanare es el tercer departamento que más dinero recibe por regalías ($615.000 millones en el último año), las líneas del acueducto sólo cubren el 52% de su territorio y las redes de alcantarillado llegan sólo a un 39% de los pobladores.

El resto lava los platos, se ducha, limpia la ropa y alimenta a sus niños y animales con agua que compran por baldes o que viene de pozos, jagüeyes, casimbas (hoyos pequeños que cavan en la tierra) y carrotanques que pasan una vez cada tanto llenando los aljibes comunitarios y vuelven más seguido en época de elecciones.

De Suiza al desierto guajiro

Durante meses, la idea de entregarle agua potable a Los Flamencos se convirtió en un nudo en la cabeza del arquitecto Germán Melo y del economista Mauro Reyes, contratistas de Parques Nacionales. Mientras el primero estudiaba cómo se podría abastecer del líquido a los indígenas a través de métodos de destilación o de desalinización con plantas eléctricas, Reyes andaba en la búsqueda de agua limpia para impulsar el ecoturismo en el santuario, que al año recibe más de 10.000 visitantes.

En abril de 2010 Reyes viajó a Estocolmo (Suecia) a una conferencia sobre cambio climático y se enteró de cómo en algunas zonas apartadas de África, Asia, India e incluso Venezuela, se desalinizaba el agua con plantas suizas que funcionan con energía solar. Tan sólo Venezuela tenía 200 en operación.
A la vez se enteró de que el gobierno sueco estaba interesado en financiar proyectos de implementación de energías alternativas con impacto social y ambiental en países en vías de desarrollo.

Con el aval de Parques Nacionales, los profesionales se postularon para recibir los recursos y sacar adelante la construcción de dos plantas para Los Flamencos: una potabilizadora, que limpiaría el agua subterránea y quedaría dentro del resguardo, y otra desalinizadora, que trataría el agua de mar para abastecer la zona turística. Al proyecto se unieron más adelante cofinanciadores como la Corporación Autónoma Regional de La Guajira (Corpoguajira) y la Agencia de Estados Unidos para el Desarrollo Internacional (Usaid), a través del Fondo Patrimonio Natural. La inversión total fue de US$ 414.000.

En enero de 2011 comenzaron a materializarse las expectativas y los interrogantes: ¿cerca de qué ranchería debía ubicarse la planta? ¿Cómo encontrar el agua subterránea? “Priorizamos el conocimiento ancestral. Se hicieron recorridos con las comunidades para identificar en qué lugares creían que podría estar el agua, hasta que la encontraron”, explica Mauro Reyes. Luego vino lo más difícil, agrega Germán Melo: “El proyecto estuvo a punto de caerse porque todos querían la planta en el patio de su casa. Las concertaciones fueron complicadas hasta que el indígena Belisario Pushaina donó su lote”.

Luego de dos años de visitas y estudios técnicos, de debates y concertaciones, las plantas con capacidad para entregar 11.000 litros diarios de agua están listas.
A las dos de la tarde comienza el desfile de mujeres (casi todas madres de cinco y seis hijos), que se agolpan con tarros en las manos a esperar el turno del agua que alcanza para espantar la sed, hacer chicha y cocinar. Rosa Redondo se une a las conversaciones que en lengua wayuunaiki tienen las mujeres sentadas sobre las pimpinas. Belisario Pushaina ya no paga los $1.200 diarios por el agua que toman sus nietos. “Este no es mérito de ningún político, de ningún alcalde; este es el resultado de nuestro trabajo en común”, dice.

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