Hace 22 años llegó a Colombia el maestro Lui Qingxun. En Pekín, China (su país de origen), estudió literatura americana, pero se enfocó en aprender la práctica y el significado del thai chi chuan. Llegó a Bogotá por un intercambio cultural y decidió quedarse. Desde entonces se ha dedicado a difundir este milenario arte marcial.
Comenzó con pequeños grupos en distintos lugares de la ciudad. Y desde hace ocho años consolidó uno de los espacios más concurridos para aprender esta técnica en el Parque el Virrey, en el norte de la ciudad. “Al principio nadie sabía qué era. Comenzamos menos de 10 personas en este parque y cada año son más los que se unen”, recalca el maestro Lui.
Ahora, todos los fines de semana, sábados y domingos, grupos de personas se reúnen para tomar una clase. Se vende un paquete mensual y la persona puede asistir cuantas veces quiera; hay espacios para quienes hasta ahora comienzan y para aquellos que ya llevan varios años en el thai chi.
Sin importar la edad, jóvenes de menos de 20 años y personas adultas de más de 80 llegan a este lugar. El atuendo tampoco tiene relevancia. No es una actividad de alto rendimiento y por eso las personas van con ropa deportiva, casual o incluso un poco formal.
“La práctica se realiza en un estado de meditación y no se necesita la perfección del cuerpo físico”, es lo que describe el maestro. Según él, lo que busca el thai chi es armonizar la respiración, concentrar la mente y generar bienestar.
Un grupo de casi 50 personas en silencio y con el maestro enfrente, hacen secuencias de movimientos con los pies, el tronco y las manos durante una hora. Todos al mismo tiempo, como si fuera una coreografía, pero una particular: sin música y a un ritmo muy lento. Y es que esta última es una de las características fundamentales de la técnica. Para el instructor, la lentitud con que se hace es lo que permite armonizar el cuerpo y tranquilizar la respiración.
En esta disciplina, basada en la filosofía del Tao, la que genera armonía para la vida, hay 108 movimientos y cada uno de ellos tiene un doble sentido: uno es marcial (de combate) y el otro es para la energía vital, dice el maestro Lui.
Porque, más allá de ser un arte de defensa personal, para él lo fundamental es que quienes lo practican comprendan que es importante que la energía fluya dentro de su ser. “Tenemos un sistema completo que tiene todas sus partes interrelacionadas. Y por eso es que cada movimiento del thai chi chuan conecta puntos energéticos específicos que tienen un beneficio positivo para los órganos del cuerpo”.
Los que lo practican lo hacen por razones diferentes. Porque los hace sentir tranquilos y relajados, porque es una buena alternativa para el fin de semana o porque los ha ayudado a mejorar su estado de salud.
Pepa Cerón, una mujer de 82 años, comenzó a hacer thai chi hace 12 años, después de que le practicaran una cirugía por un cáncer de colon.
“Soy fiel testigo de los beneficios en salud de esta disciplina. Nunca me había interesado por el ejercicio, pero esta práctica me atrapó desde que la conocí. A mi edad, siento que puedo hacer lo mismo que hacen los jóvenes, no tengo ningún impedimento físico, mi cuerpo tiene fuerza debido a la energía que se genera con esta actividad y todo gracias a que hago los ejercicios una vez al día”.
Y si en algo concuerdan los expertos y quienes lo practican, es en que es una disciplina que requiere constancia. “Cuando uno comienza, dura un año en aprender todos los movimientos, menos de tres por sesión”, recalca Pepa Cerón. Se necesita que las posiciones del cuerpo e incluso la mirada sean precisas y por ello, obtener un buen nivel toma como mínimo 15 años, y tarda toda una vida para aquellos que quieren convertirse en maestros de este arte marcial.