El gran tiburón blanco opera de la misma forma que un entrenado asesino: analiza el terreno, la profundidad y temperatura del agua, la composición del fondo del océano y la distancia que hay entre él y su alimento; elige el lugar en donde la detección de la presa y el hecho como tal de atraparla estén en un absoluto balance. De ahí en adelante sólo le resta esperar, y, si todo sale bien, sus poderosas mandíbulas se encargarán de terminar la sangrienta tarea.
Contrario a lo que se pensaba, el tiburón blanco no deambula sin rumbo por el océano buscando su alimento, sino que, al igual que lo hacen los asesinos seriales, examina el terreno de su emboscada y elige el punto donde las probabilidades de éxito son mayores.
Esta es la conclusión que se desprende de una investigación adelantada por un equipo de científicos bajo el mando de Neil Hammerschlag, investigador especializado en tiburones de la Universidad de Miami, Estados Unidos, que analizó el comportamiento de ataque de 340 grandes blancos que cazan en la Isla de las Focas, cerca a las costas de Sudáfrica.
Para rastrear y encontrar patrones en los movimientos de los tiburones, los científicos se valieron de una técnica llamada perfil geográfico, empleada principalmente por la policía para determinar el lugar más probable de residencia de un asesino de acuerdo con la ubicación de la escena del crimen.
La investigación también evidenció que los tiburones más jóvenes suelen buscar su presa en áreas más amplias y dispersas, lo que da como resultado un menor éxito a la hora de capturar focas. Esto, según los científicos, puede significar dos cosas: la primera es que estos animales, a través de los años, aprenden a concentrar sus esfuerzos en zonas donde las probabilidades de conseguir alimento son más altas. La segunda, es que los mayores del grupo aíslan a los más jóvenes de los puntos claves de cacería.