2 Mar 2011 - 10:49 p. m.

Tras los pasos del tití cabeciblanco

En los años 70 se exportaron entre 20 mil y 40 mil monos para investigaciones biomédicas. La Fundación Proyecto Tití intenta poner a salvo a estos primates.

Éder Jiménez

El grupo avanza silencioso entre árboles de ceiba y macondo de hasta 30 metros de altura que parecen sostener el cielo. Nos internamos en las 350 hectáreas de bosque seco tropical de la hacienda El Ceibal, en Santa Catalina, Bolívar. Aquí sobreviven alrededor de 70 especímenes del Saguinus oedipus, o tití cabeciblanco, uno de los primates más amenazados del mundo.

En este bosque se adelantan las investigaciones de campo de la Fundación Proyecto Tití, una organización colombiana con apoyo internacional dedicada al estudio y preservación de esta rara especie de primate. Desde 1999, el biólogo Luis Soto lidera el proyecto. Al mejor estilo de un vaquero del viejo oeste, usa barba y un sombrero de cuero negro para protegerse del abrasador sol.

A lo largo del recorrido nos acompañan cientos de mosquitos. En algunas zonas el agua nos llega a la cintura. A la cabeza del grupo va Germán Émeris, uno de los asistentes de campo de Soto. Va cargando un aparato parecido a una antena casera de televisión, que recibe la señal emitida por el transmisor que lleva uno de los micos en el dorso. El radio conectado a la antena produce un sonido que se intensifica a medida que nos internamos en el bosque.

En algún punto del camino, Soto despliega un mapa. Pequeños lunares amarillos marcan las diminutas áreas de bosques secos tropicales que aún sobreviven. El que recorremos es uno de esos puntitos amarillos, un arca de Noé natural que flota entre potreros y que resguarda en su interior centenares de especies.

La selva en las primeras horas de la tarde huele a leña seca. Entre los muchos árboles sobresalen unos recubiertos por gruesas espinas y que utilizan los titíes para dormir. El veterano asistente de campo Félix Medina nos sobresalta dando grandes zancadas hasta un arbusto: saca un pequeño frasco de plástico y recoge de entre las hojas una bolita que parece de barro negro. “¡Este es el excremento del tití cabeciblanco!”, exclama.

Según Soto, las muestras de excremento ayudan a determinar el nivel de hormonas entre las hembras de titíes. Se trata de uno de los tantos estudios que realizan estos biólogos.  A diario, sin importar las altas temperaturas,  salen a recorrer el bosque acompañados de la última tecnología rastreadora para monitorear las poblaciones existentes.

Las hojas se mueven y resuenan. Luego un silencio absoluto. Entonces el primer tití salta de una rama. Lentamente, los nueve individuos del resto de la familia salen de entre el telón vegetal. Su llamativa melena de pelo blanco algodonoso hace resaltar sus caritas negras y expresivas.

Sobrevivientes en la urbe

En la Fundación Botánica y Zoológica de Barranquilla, el veterinario Dave Wehdeking y un grupo de cuidadores se encargan de mantener con vida a sus delicados residentes: dos crías de tití cabeciblanco que han nacido en cautiverio. Las criaturas son pruebas vivientes de que zoológicos como éste se han convertido en sala-cunas para especies en peligro de extinción.

La American Association of Zoos and Aquariums en Estados Unidos ha desarrollado programas de conservación que hoy permiten la existencia de más de 300 titíes en 80 zoológicos en ese país. El científico José Vicente Rodríguez, director de la organización ambientalista Conservación Internacional en Colombia, explica que la razón por la cual tantos ejemplares habitan tan lejos de los bosques colombianos es que a inicios de 1970 se exportaron a EE.UU. entre 20 mil y 40 mil cabeciblancos para su uso en laboratorios de investigaciones. La enorme demanda surgió al descubrirse que la especie podía desarrollar adenocarcinoma, un conjunto de cánceres entre los que se encuentra el cáncer de colon, que cobra la vida de millares de personas.

Además de los esfuerzos por reproducirlos en cautiverio, organizaciones como el Proyecto Tití, trabajan con comunidades locales para hacer un uso sostenible del bosque y de esa manera conservar la casa del mono cabeciblanco.

Se avecina la noche y el sol comienza a ocultarse al igual que los diminutos espíritus de melena blanca. Es hora de iniciar la caminata de vuelta a casa.

Comparte: