8 Dec 2010 - 8:56 p. m.

"Tratamos de desmitificar a Mutis"

Con la reedición de ‘Scientia Xaveriana’, los genetistas Alberto Gómez y Jaime Bernal repasan los aportes de los jesuitas al desarrollo de la ciencia en Colombia desde el siglo XVI.

Pablo Correa

El genetista Alberto Gómez abre el libro Scientia Xaveriana, que escribió junto con su colega y actual director del Instituto de Genética de la Universidad Javeriana, Jaime Bernal, y busca la página 89. Sobre un fondo blanco aparece la fotografía de otro libro, Physica specialis et curiosa, del año 1755, que se atribuye al padre Francisco Javier Trías, profesor en aquella época de los claustros de la Compañía de Jesús.

“Este librito”, dice Gómez, “tiene la evidencia de que el padre Francisco Trías expuso el modelo copernicano en la universidad cuando la Iglesia todavía prohibía hablar de él”. Mientras las más altas autoridades eclesiásticas se resistían a aceptar que la Tierra era un planeta secundario girando alrededor del Sol, este jesuita, sus alumnos y sus colegas, en la remota y fría Bogotá, discutían abiertamente las revoluciones de las esferas celestes.

La anécdota, que da cuenta de la curiosidad científica de los primeros jesuitas en territorio granadino, así como de su carácter progresista, es una de las tantas referidas por este libro que se imprimió por primera vez en 2008 como edición institucional y ahora reaparece en los estantes de las librerías comerciales.

“Uno de los propósitos de esta investigación fue tratar de desmitificar a José Celestino Mutis”, apunta Gómez. “Existe esa idea generalizada de que toda nuestra ciencia comenzó con él”. En su opinión, el error histórico comenzó a fraguarse desde que Francisco José de Caldas escribió aquella oración fúnebre en honor al naturalista español proclamando que antes de él no existía ciencia en el país.

Un error fácil de corregir con un simple vistazo a la larga lista de sacerdotes que importaron las ideas de Descartes, Copérnico y Newton, pero que también se entregaron a la exploración del Nuevo Mundo con una mirada menos eurocentrista. Uno de ellos, el padre José Gumilla, despunta entre los demás. El Orinoco ilustrado: Historia natural, civil y geográfica de este gran río fue escrito entre 1741 y 1745, convirtiéndose rápidamente en una referencia obligada para los exploradores con intención de perderse por sus meandros y afluentes. Tanto Humboldt como Mutis llevaban consigo una copia del trabajo de Gumilla en sus travesías por el oriente de los antiguos territorios de Colombia.

En la lista de los 12 jesuitas más destacados en la ciencia colonial no puede faltar José de Acosta. “Fue elogiadísimo por Humboldt”, explica Gómez, para quien la corriente de Humboldt, esa corriente marina originada por el ascenso de aguas profundas y frías que se producen en las costas occidentales de la América del Sur, debería en realidad llamarse corriente de Acosta por ser el primero en referirse a ella. Por su parte, el padre Feijoo, ilustrado benedictino del siglo XVIII, lo llamó 'El Plinio del Nuevo Mundo'.

Una curiosidad de las reflexiones científicas del padre Acosta es que llegó a predecir la existencia del Estrecho de Bering y de paso la ascendencia del hombre americano a partir de migraciones del Viejo Continente. Aunque su lógica pueda parecer hoy ingenua, fue suficientemente aguda para adelantarse a la época. Acosta pensaba que una de las razones por las que debería existir un paso por tierra entre los dos continentes es que a ningún humano se le iba a ocurrir traer “fieras” consigo a los nuevos territorios.

Dos investigadores allanaron el camino para que Gómez y Bernal recapitularan la historia de la ciencia entre los jesuitas. José del Rey Fajardo, sacerdote e historiador radicado en Venezuela y los cuatro tomos de Historia de los Jesuitas en Colombia, del padre Juan Manuel Pacheco. “Ese libro es la obra de un gran hombre. Dicen que el padre Pacheco se murió de humildad”, apunta Gómez.

Cosmología, física, matemáticas, geología, geografía, zoología, botánica, etnología, medicina, en todas las áreas de la ciencia que germinaron en el país desde el siglo XVI es imposible no toparse tarde o temprano con el nombre de algún jesuita.

Pero si queda alguna duda de la importancia de los inquietos jesuitas en la ciencia mundial, basta con mirar a la Luna en una noche despejada y recordar que 33 cráteres del pálido satélite llevan nombres de sacerdotes astrónomos y matemáticos de la Compañía de Jesús.

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