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Un minuto y 16 segundos

El Espectador fue testigo de dos hazañas del equilibrista más reconocido de la actualidad: Nik Wallenda. El nuevo héroe americano.

Nelson Sierra / Enviado Especial

08 de noviembre de 2014 - 11:23 p. m.
Para Wallenda (chaqueta roja), caminar por la cuerda floja con una inclinación de 19°, atravesando el río Chicago a 204 metros de altura, significó su primer récord de la noche del 2 de noviembre. /Nelson Sierra
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No ve nada, se sintió como al salir de esa operación de los ojos años atrás, donde todo era oscuridad. Sabe muy bien que después de dar ese primer paso no habrá vuelta atrás, el intenso frío golpea su rostro, lo siente como una suave brisa, pero realmente son vientos de más de 51 kilómetros por hora, su concentración no le permite ser consciente de ello, aunque su vida dependa de eso.

Abajo una bestia de mil cabezas ruge ansiosa y entre sus bramidos se escuchan gritos de aliento: “Vamos, Nik”... Su vida literalmente pende de un hilo, pero a él eso ya no le importa, no será la primera ni la última vez que juega su vida con la muerte, la ha jugado otras veces y ha ganado. Pero hoy es diferente, los fuertes vientos que se pasean sobre la ciudad de Chicago y tener los ojos vendados juegan en su contra, él como siempre sólo se aferra a la fe, al amor a su familia y a su fiel tiento, una barra de seis metros para mantener el equilibrio que es su única arma para evitar una caída de 165 metros de altura; esta vez no quiso usar arnés. Sabe muy bien que si llegara a caer, su cuerpo alcanzaría una velocidad entre 90 y 100 km por hora antes de chocar contra el pavimento de la calle que separa las dos torres de 65 pisos del conjunto residencial de Marina City.

Tan sólo dos personas en el mundo han sobrevivido a ese tipo de caídas: Alcides Moreno, un limpiador de ventanas, quien el 7 de diciembre de 2007 cayó desde una altura de 152 metros de un edificio de 47 pisos en Nueva York, y el sargento de la Fuerza Aérea estadounidense Alan Magge, al saltar sin paracaídas desde un averiado B-17 en 1947.

Cinco pasos después el cable empieza a moverse, señal inequívoca de que la línea que separa la vida de la muerte está lista para recibirlo. Su conexión con la cuerda es tal, que siente cómo el frío del acero se cuela por sus zapatillas especiales de cuero. Nik está paseando su vida por un cable de 30 metros de longitud con un diámetro comparado al de una moneda de $200; si todo sale bien tal vez eso sea suficiente para llevarlo a salvo hacia el otro extremo; sólo sus pies lo conectan con la cuerda; no hay ninguna protección por si gana el viento.

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Su padre y asesor técnico, Terry Troffer, un veterano de la cuerda floja y equilibrista retirado, asegura que un arnés sería más peligroso para Nik; es mejor así. Para un equilibrista, el saber que no hay nada que lo salve de una mortal caída lo hace luchar incansablemente para mantenerse vivo.

Siete generaciones de su familia saben muy bien qué es eso. Para los Wallenda, percibir cualquier anomalía en las líneas es como para los mortales saber si los huevos de la mañana tienen bastante sal. Su bisabuelo materno, Karl Wallenda, murió en 1978 en Puerto Rico; los cables que sostenían la cuerda principal fallaron haciéndole perder el equilibrio; su caída desde más de 10 pisos de altura fue fatal y ahí acabó la vida del veterano e innovador equilibrista de 73 años.

Nik nació 10 meses después en el mismo mes que nació su bisabuelo y sería el único de la familia de equilibristas en heredar su amor, tal vez irracional, por la cuerda floja. La muerte de Karl marcó a Nik de por vida, por lo que hoy quiere hacerle un tributo y una vez más retar a la muerte y decirle que este Wallenda quiere salir vivo.

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Paso número 18, su respiración es tranquila; respirar muy fuerte aceleraría el ritmo cardíaco, aumentaría la tensión de las piernas y empezaría a vibrar la cuerda. Un helicóptero del canal que cubre el evento pasa cerca; Discovery Chanel transmite la señal en vivo con 10 segundos de retraso por si algo sale mal y así evitar que los más de cinco millones de personas en todo el mundo que siguen el heroico acto vean el fatal desenlace.

Paso 24, la cuerda cada vez vibra con más fuerza; Nik tiembla como una hoja, aunque las cámaras no lo perciben. Quiso tomarse una ‘selfie’ a mitad del recorrido, pero cree que es una mala idea. Esta noche el centro de Chicago es un gran circo que tiene como carpa un cielo nublado y un frío intenso.

La primera vez que vi a Wallenda fue tres días atrás, cuando brindó la primera rueda de prensa. Es un hombre de facciones típicas anglosajonas, alto, rubio y de ojos verdes que iluminan la mirada tranquila de alguien que sabe con certeza qué es vivir de nuevo cada día; un rostro sereno, tranquilo, comparado con el de Karol Józef Wojtyla. Sí, se parece a Juan Pablo II y el cristo que colgaba sobre su pecho me convenció más de tan caprichosa idea, una cruz grande plateada que cae sobre una N, un logosímbolo como el de cualquier héroe que decora su pecho.

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Rompió el ceremonioso encuentro con un “Hola, amigos, ¿qué vienen a hacer a Chicago hoy?”, frase que antecedió a una tanda de preguntas que buscaban escudriñar en la mente de un hombre que pareciera no temer a la muerte y así tratar de encontrar sentido al sin sentido; pero todas las respuestas estuvieron llenas de divertida simpleza. “Nik, ¿a qué le tienes miedo?” “A mi esposa”, Eréndira, una hermosa mujer de origen mexicano y quien transmite la misma candidez del personaje de Gabo. Wallenda la conoció en un circo a los 17 años y ella, por supuesto, también hacía malabares sobre una cuerda. “¿Qué es lo más peligroso que has hecho?” “Criar hijos adolescentes”. “Nik, ¿que pasaría si llegas a perder el equilibrio?” Sonrió, “me aferraré a la misma cuerda y esperaré ahí a que vengan a rescatarme”; era simple, pero en lo que los asistentes no caímos en cuenta era que si iba a tener los ojos vendados ¿cómo vería la cuerda? Pero quien realmente entendió el trasfondo de esa repuesta fue Amadaos Wallenda, un pequeño de 12 años que se encontraba mezclado entre las cámaras al fondo del salón y levantando las cejas y asentando con la cabeza comprendió la respuesta dada por su padre y en su cruce de miradas se dejó ver la admiración y el respeto por un hombre que desde que estaba en el vientre de su madre, Delilah, ya arriesgaba su vida sobre la cuerda y en quien recae el legado de más de 200 años de los Wallenda, una familia austrohúngara, cuyos ancestros desde 1780 formaban un grupo itinerante de acróbatas, malabaristas y trapecistas.

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En esta ocasión, Nik Wallenda pretendía romper dos récords mundiales: el primero, la caminata sobre la cuerda floja con mayor inclinación, 19°, cruzando el río Chicago entre dos edificios de alturas diferentes, Marina Tower, de 179,22 metros, y el Leo Burnett, de 204,52. Y el segundo, la caminata sin protección a mayor altura y con los ojos vendados.

Paso número 50. Han transcurrido 1 minuto y 16 segundos, y en la ciudad de los vientos a 165 metros de altura y sin mirarla a la cara, Nik nuevamente vence a la muerte y para dejar constancia y mofándose de ella entró a la sala de prensa con los ojos vendados. Prometiendo además que su próximo acto será recrear el mayor paseo de Karl, su bisabuelo: cruzar la Garganta del Tallulah, en Georgia, a 182 metros de altura, un recorrido de más de 1.000 metros, y en la mitad pararse de cabeza. “Se me pone la piel de gallina”, dice Wallenda. 

nsierra@elespectador.com

@NelsonSierra74

Por Nelson Sierra / Enviado Especial

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