Cuando Steven Spielberg llevó a la pantalla grande el libro Jurassic Park, escrito por Michael Crichton, quedó en el aire la idea de que la ciencia estaba lista para recuperar el ADN de especies extintas, como los dinosaurios, e incubar ese material genético para traer de vuelta a la vida a sus dueños.
Es por esto que algunos se sentirán defraudados con el estudio publicado por el genetista Ludovic Orlando, de la Universidad de Copenhague (Dinamarca), en la revista Nature, en el que reporta la reconstrucción del ADN de un caballo que vivió hace 700.000 años y no el de un dinosaurio, como los que repoblaron la Tierra en la película de Spielberg.
Hacer realidad la promesa de Crichton y Spielberg ha resultado más difícil de lo imaginado. Una de las principales barreras a la hora de secuenciar el ADN de especies extintas es que estas moléculas son inestables y se destruyen con el paso del tiempo. De ahí el valor que tiene para la comunidad científica el reporte de Ludovic: es uno de los intentos por reconstruir ADN ancestral.
En un editorial sobre el tema, los biólogos moleculares Craig Millar y David Lambert aplaudieron el esfuerzo de su colega señalando que esta investigación “es una tentadora propuesta para recuperar genomas de millones de años si estos se conservaron en las condiciones adecuadas”. El ADN del caballo que utilizó Ludovic y su grupo se encontró congelado en el Ártico.
No es el primer esfuerzo en esta dirección. En 2010, el equipo comandado por Svante Pääbo, del Instituto Max Planck en Alemania, secuenció el genoma de un Neanderthal a partir de tres especímenes de unos 38.000 años de antigüedad recuperados en cuevas de Croacia.
El mismo grupo reportó más tarde la reconstrucción del ADN de una niña perteneciente a la estirpe de los humanos (denisovanos), que vivió hace aproximadamente 80.000 años.
El valor del nuevo trabajo es que recupera el ADN de una especie extinta casi un millón de años atrás. Esto no significa, como lo han advertido muchos expertos, que esté cerca la clonación de tales criaturas. Aún hay muchos obstáculos éticos y científicos para cumplir las fantasías literarias de Michael Crichton.