27 Aug 2008 - 2:03 a. m.

Una bala al corazón del destino

El profesor Diego Echeverry perdió la vida el domingo en Bogotá por un proyectil perdido. El asesino huyó, pero la Policía lo capturó cinco minutos después de los sucesos.

Redacción Bogotá

Los hechos, fríos y absurdos, ocurrieron el domingo pasadas las 3:50 de la tarde. Daniel Patiño Parra iba en su camioneta Ford Explorer. “De pronto sentí que me iba a dar un preinfarto, necesitaba comprar una botella de agua”, le diría a la Policía una hora más tarde. Se detuvo sobre la calle 63, unos metros hacia el oriente de la carrera 13, a un costado del parque de Lourdes. Se bajó apresuradamente, como pudo. Tal vez fue esa prisa el detonante de todo lo que ocurrió luego, en menos de 15 minutos, pues Patiño dejó su camioneta en neutro, sin freno de mano, y cuando cruzó la calle para buscar una tienda, ésta se rodó.

Un transeúnte, que después se identificó como Álex Gilberto Martínez, previó una tragedia. Por eso abrió la puerta de la Ford y se subió en ella para activar el freno de emergencia. Desde la tienda Patiño vio una sombra en el asiento del conductor de su carro, matriculado con placas BJC 428 de Bogotá, y creyó que se lo estaban robando. “Pensé que se iban a llevar el carro, por eso disparé”, explicó luego, cuando los agentes de la Policía lo interceptaron en su huida, en la calle 39 con carrera 13. “Patiño no registra antecedentes judiciales ni penales.

Es un industrial que tiene sus negocios en el sector de Unicentro, se puede decir que es un ciudadano de bien”, informó el general Carlos Armando Gutiérrez, comandante de la Policía de Chapinero. “Actualmente está judicializado por homicidio, lesiones personales y porte ilegal de armas”, concluyó el general Rodolfo Palomino.

La reacción de Patiño en el momento del supuesto robo fue desenfundar una pistola 9 mm y disparar. Con una bala le dio en el hombro a Martínez, quien cayó desplomado, y con otra le atravesó el brazo y el corazón a un hombre que se dirigía en su carro, un Hunday Electra, hacia el Oriente: Diego Echeverry Campos. El homicida no aguardó al desenlace de sus actos. Se subió en la Ford y escapó por la carrera séptima.

El auto de Echeverry fue a dar contra un sardinel. Los médicos forenses certificarían horas más tarde que había fallecido casi de forma inmediata en la Clínica de Marly. Pese al tumulto que se formó en Lourdes, a las llamadas que iban y volvían, a las lágrimas y el dolor, la noticia pasó inadvertida.

El lunes en la mañana decenas de versiones circulaban de boca en boca, por internet y vía celular. El protagonista excluyente de la historia era Diego Echeverry Campos, quien dictaba clase en el área de gerencia de la construcción de la maestría de Ingeniería Civil de la Universidad de los Andes. Un hombre reconocido y querido por todos aquellos a quienes había tratado, referente de sus alumnos, amante de su esposa y su hijo, y “muy alegre, deportista —como lo definió ayer sobre el mediodía en la sala de velación su esposa Liliana Alarcón Martínez.

 A Diego no le importaba levantarse a las cuatro de la mañana si le tocaba. Era exigente hasta con él mismo y le molestaba cuando las cosas no salían bien. Tenía muchas cualidades humanas y aunque se le presentaban oportunidades de salir del país, él amaba y adoraba a Bogotá, su Bogotá, y sus labores en vivienda de interés social. Estaba muy contento porque en abril cumplió 50 años”.

Ayer, pocos minutos después de las siete de la mañana, la Policía Metropolitana de Bogotá envió un comunicado a los medios en el que aclaraba que el profesor Echeverry había muerto a causa de una bala perdida, en la 63 con 13. Más tarde aclaró que el proyectil era de 9 mm y que el arma disparada era una de las más de un millón que circulan por el país sin licencia ni Dios ni ley. “Este año hemos incautado alrededor de 1.200 armas de fuego sin permisos. Esperaríamos que tuviéramos un número idéntico de personas capturadas por porte ilegal, pero la aplicación de la norma no es suficientemente rígida”, declaró ayer el general Palomino.

En el mercado negro, como lo investigó el periodista Edwin Bohórquez de El Espectador en junio de 2006, “Se consiguen armas como las pistolas 9 mm por $900.000 en lugares como la Plaza de las Flores o el barrio María Paz, al sur de la ciudad, además de sectores como Patio Bonito y los circundantes a Corabastos. Muchos revólveres no llegan ni si quiera a los $300.000 y provienen fundamentalmente del sitios como el Bronx, en el centro, donde ciertos contactos pueden ofrecer granadas por $60.000”.

Diego Echeverry Campos era un hombre de paz, pero murió porque un par de circunstancias se juntaron pocos minutos después de que hubiera dejado a su padre en la casa, rumbo a la suya. Un arma ilegal, la paranoia de un hombre acostumbrado a la neurosis de la ciudad que creyó ver un robo donde sólo existía un gesto solidario y la fatalidad de una milésima de segundo acabaron con su vida, como en el más absurdo de los guiones.

 

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