11 Sep 2012 - 10:00 p. m.

¡Váyase a El Carajo!

Una reserva de bosque alto andino en Santander es la opción para quienes aman el medio ambiente o quieren descubrir la riqueza natural que tiene Colombia.

Pastor Virviescas Gómez / Especial para El Espectador

No piense que es una expresión descortés hacia los lectores de El Espectador, sino la invitación a un lugar fuera de lo común que está en las goteras de Bucaramanga, en el que la palabra ecoturismo se hace realidad.

Ubicado en el kilómetro 22 de la vía a Pamplona y desviándose un kilómetro a la izquierda por una empinada huella de cemento, El Carajo es el digno ejemplo del llamado bosque alto andino, considerado una joya no sólo por los ambientalistas, sino por quienes desprevenidamente disfrutan de la naturaleza o por aquellos que están hastiados de su adicción a internet.

Esta es una reserva natural de 30 hectáreas en la que los colibríes juguetean con los duendes y el radiante sol de improviso es devorado por una espesa neblina, salpicada de unas gotas que de cuando en vez se transforman en un aguacero que hace que hasta las ranas salten de las bromelias buscando un mejor refugio.

El trayecto corto —no tarda más de 20 minutos— lleva a un pequeño escampado, pero la tentación es seguir el camino de sietecueros y palmas bobas, de helechos y musgos, de orquídeas y arañas que se encuentran a lado y lado, hasta ascender al gran mirador desde el cual se observa La Corcova y la serpenteante carretera en la que bufan las tractomulas que han vuelto a circular por esta destartalada vía que une —o desune— a Colombia y Venezuela.

Una vez extasiados con la vista, el sendero conduce hasta la Cueva del Murciélago, pasando por un laberinto de caminos que se asemejan a las trincheras de Vietnam, tan sólo que aquí la única violencia es la que el visitante pudiera llegar a causar al arrojar basura o arrancar alguna planta.

Pero si quien se deja llevar por este llamado va a “armado” con una cámara fotográfica —profesional o de esas que solo requieren un clic—, la ruta le tomará todas las horas que esté dispuesto a entregarle, porque desde el primer minuto la sensación es la de estar ingresando a una de las locaciones donde Steven Spielberg rodó en 1992 su película Parque jurásico.

Claro, faltan los velocirraptores y tiranosaurios, porque casualmente se extinguieron hace 65 millones de años, pero el resto de ingredientes están allí: desde inmensos robles, pisos tapizados de hojas, colchones de musgos rojos, rosados y verdes, flores y semillas de maqueque, hasta aves camufladas en el espesor de la vegetación, que con su canto interrumpen el silencio.

En estas montañas no hay tiempo para preocuparse por quién hará el próximo “disparo” en Twitter, sino para preguntar dónde se puede guindar la hamaca o cómo se llama ese árbol de hojas blancas que dan la impresión de una nevada —yarumo—. Las únicas víboras son los retorcidos bejucos en los que Tarzán se divertiría como niño.

Por supuesto, hay que llevar ropa deportiva y una botella de agua. Los senderos están señalizados, pero en algunos tramos el terreno se inclina, imprimiendo cierto grado de dificultad. Aunque si usted hizo el esfuerzo de trasladarse hasta este lugar, debe saber que ese es el precio que hay que pagar por tener contacto con un bosque virgen.

El retorno hasta el campamento es relativamente más suave, porque buena parte es en bajada. Allí lo esperan un jugo de mora, una sopa de arroz con gallina y una trucha al ajillo que doña Pastora Rincón se esmera en servir a los turistas. También ofrece mute, sancocho, cabro y costillas de cerdo. Eso depende del apetito de cada quien, que tiene la opción de decidir si pasa la noche en el hostal o acampando bajo la bóveda celeste, narrando historias de hadas, contando estrellas fugaces o arropado por un manto de nubes.

Así que cuando pase por Santander, bien puede irse a El Carajo, donde la naturaleza y doña Pastora lo tratarán como a una princesa encantada o a un príncipe azul.

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