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Viaje al centro de la guerra

El Espectador emprendió una de las rutas más complejas de la geografía colombiana: la carretera entre Granada y la antigua zona de distensión, donde el conflicto armado riñe con la naturaleza.

Enrique Rivas G. / Enviado especial a Uribe, Meta

06 de noviembre de 2007 - 09:33 a. m.
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Eran las 5:30 de la mañana del sábado 27 de octubre y la gente, agolpada en la taquilla de la empresa Transariari, se mantenía expectante a la llegada de un conductor descamisado que, al frente del volante, emprendiera la agreste ruta de 80 kilómetros que hoy separan al municipio de Granada del poblado de Uribe, en el departamento del Meta. Sin embargo, desde la ventanilla de la empresa, un empleado desalentó a los pasajeros cuando anunció: "No se van a mandar carros a Uribe porque la carretera está jodida. No hay paso".

El desgano y la rabia fueron evidentes y el despachador, como un avestruz, escondió su cabeza. Sin embargo, los campesinos se quedaron a esperar un milagro. Y se les cumplió. De un momento a otro apareció un desaliñado conductor con una propuesta inesperada: "Yo los llevo hasta Mesetas, de ahí en adelante ustedes verán". En cuestión de segundos la gente se lanzó masivamente sobre una camioneta Toyota Hilux blanca y, como salchichas empacadas en un tarro, se fueron acomodando en el vehículo.

Este es el pan de cada día en la región del Alto Ariari, donde la historia parece detenida en el pasado y el país se convierte en una zona de seguridad atravesada por las trochas. En tiempos normales, la distancia entre Granada y Uribe se cubre en cinco horas, pero hoy, por los efectos del invierno, el lamentable estado de la carretera y los permanentes retenes de la Policía Nacional y el Ejército, la travesía puede durar hasta 17 horas. Eso si los carros logran sobrepasar los inmensos pantanos que cortan un paisaje de sabanas o de ariscas montañas

Por eso, apenas saliendo de Granada, antes de cruzar el puente Alcaraván, sobre las caudalosas y temibles aguas del río Ariari, de una húmeda trinchera emergen varios soldados y ordenan que el vehículo se detenga. La rutina dura unos 20 minutos y pasa por la exigencia de documentos de identidad, el estrujón de los pantalones y la revisión de maletas. Aprobado el primer examen, el carro continúa zigzagueando y deja atrás el Ariari ante las penetrantes miradas de los soldados, que habitualmente se cubren de la lluvia con capas verdes impermeables.

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Después del retén, en el interior del vehículo empieza el debate: unos reniegan y otros respaldan a los soldados. En medio de la controversia se asoma la historia reciente del conflicto. Unos acusan a la guerrilla de las Farc y otros a los paramilitares. La discusión no pasa a mayores, pero ocupa el tiempo del recorrido hasta La Ye, encrucijada donde se parten los caminos hacia Vistahermosa y San Juan de Arama y la ruta hacia Uribe, antiguo bastión de la insurgencia, hoy bajo la lupa de las Fuerzas Militares y el asedio permanente de los grupos de autodefensa, que todos en el Llano saben que se han rearmado para reeditar su guerra.

En el camino a Uribe, primero está Mesetas. La expectativa de llegar a la meta llena de esperanza a los viajeros. Ignoran la lluvia y muchas veces empujan el vehículo cuando éste patina entre los recurrentes lodazales. En ocasiones hay que sacar los carros de profundos huecos que amenazan con sepultar los vehículos y sus viajeros. Pero entre todos van superando los obstáculos de la geografía del piedemonte llanero. De hecho, ya han aprendido a domar el miedo de que la carrocería bese la tierra y arrastre consigo a los campesinos.

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La lluvia pasa y en medio de una naturaleza exuberante surge un aviso de madera café con letras blancas donde se lee: "La Curia". Es uno de tantos sitios que, a pocos kilómetros de la guerra, ofrecen servicio de camping para la Sierra de la Macarena. A partir de ahí, asomarse por las ventanas del vehículo es asistir a un espectáculo magistral: un sol canicular sobre un mar verde donde la vista se pierde. Un tapete matizado por garzas blancas que revolotean por encima del ganado o hacen malabares para comer garrapatas.

Al mismo tiempo, las corocoras rojas buscan alimento en los espejos de agua y desde los morichales que emergen por encima de las matas de monte se desprenden bandadas de guacamayas y loros que surcan el cielo como rayos multicolores. El paisaje es deslumbrante y razón suficiente para olvidar los continuos brincos y sobresaltos de la camioneta, que amenazaban con dejar sin riñones a los contempladores de la naturaleza.


La llegada a Mesetas Después de más de dos horas de trayecto, la Sierra de la Macarena va desapareciendo pausadamente. Atrás queda un horizonte privilegiado de flores amarillas que cuelgan de los guayacanes o las púrpuras de los arrayanes que crecen a su lado y se mecen con el viento. El tiempo pasa y tras una larga cuesta, casi siempre enlodada, se abre paso un intrincado ramal de la Cordillera Oriental de Colombia. Son parajes arropados por nubes blancas que parecen copos de algodón que bajan del cielo para regar la tierra con agua abundante.

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Un camino donde no aparecen seres humanos durante horas, en una soledad que se interrumpe cuando el vehículo empieza a descolgarse hacia el puente sobre el río Güejar, donde otro piquete de soldados espera a los viajeros. Otros 20 minutos de ropa revolcada entre las maletas, de cédulas anotadas en libros y de explicaciones de los campesinos de Uribe de que allí nacieron. Después del retén, ellos comentan que cargan con el estigma de que los creen guerrilleros y que muchas veces les suben los pantalones buscando armas, como queriéndoles aplastar los testículos.

Desde ese momento el vehículo avanza muy lento y tras cruzar el puente aparece Mesetas y en la entrada del pueblo el tercer retén. Esta vez de la policía. La misma demora, el mismo procedimiento y una novedad: uno de los policías se queda con las cédulas y desde un teléfono celular les pide a sus interlocutores que verifiquen si sus dueños tienen cuentas pendientes con la justicia. Cuando pasa la revisión, como lo prometió desde Granada, el conductor descarga a sus pasajeros en la vía principal del pueblo.

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De hecho, casi todos se quedan en Mesetas, un tradicional municipio atravesado por llaneros que montan vistosos caballos, que junto a Vistahermosa, La Macarena y Uribe, hicieron parte de la antigua zona de distensión para diálogos de paz entre el gobierno Pastrana y las Farc. Sin embargo, como dicen los campesinos, desde que Pastrana rompió las negociaciones en febrero de 2002, el desfile de insurgentes cesó, se acabaron los retenes del Bloque Oriental y llegó el Ejército, que hoy controla el casco urbano del municipio.

Rumbo a Uribe

Sobre las 10:30 de la mañana, esta vez en Mesetas, la expectativa de continuar el viaje a Uribe vuelve a ser nula. Y como en Granada, aparece quien se arriesgue. Esta vez es El Gato, como le dicen a Carlos Jiménez, un hombre menudo, acelerado y terco, como las mulas de la región, que ya es experto en sacar del barro a los camiones y buses que se entierran en las trochas. Su forma de ser y las ganas de ganar unos cuantos pesos lo convirtieron en un peculiar personaje que hace sonar estruendosamente la cornetas de su bus, invitando a emprender otra aventura por el lodo hasta Uribe.

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El Gato se encaramó en el bus como montando un potro salvaje, volvió a hacer sonar sus ensordecedoras cornetas y, cuando el cupo de pasajeros llegó hasta el tope, arrancó como alma que lleva el diablo por las ariscas cuestas que llevan a Uribe. Un tramo de carretera que tampoco se diferencia mucho de los 56 kilómetros anteriores, salvo por uno de los pasajeros que, sin advertir quién lo escucha, fue desempolvando la historia del Llano, en medio del vértigo y los brincos que produce el paso del bus por los baches y trochas de la increíble ruta:

-¿Esta vía ha estado así de mala todo el tiempo? -le pregunto cuando advierto su condición parlanchina.

-No. Se vino a menos después del gobierno de Andrés Pastrana. Y luego improvisa su relato:

-Pastrana intentó recomponerla en la época de la zona de distensión. Hoy da tristeza y son pocos los conductores que se arriesgan a venir por aquí. Ya no hay forma de comercializar lo que se produce y la vía no tiene la dinámica de antes. Además, muy poca gente sabe que en el Siglo XIX, por esta misma trocha, llegaron desde San Juan de Arama franceses que fundaron Puerto Crebaux o Puerto Crebó. Fue un caserío ubicado entre las riberas de los ríos Guayabero y Duda, por donde se sacaba el caucho y la quina hacia Colombia, Huila. De ahí partía para Europa.

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-¿Y qué pasó después? -insisto buscando conversación.

-Los españoles reemplazaron a los franceses en el negocio hasta 1920. Fueron momentos de gloria para el pueblo de Uribe. Incluso, el territorio alcanzó calidad de municipio. Pero después volvió a ser inspección de Mesetas. En 1990 volvió a la categoría de municipio, pero ya no es lo mismo. Desde que empezó la guerra, y estamos hablando desde hace por lo menos 50 años, esta zona ya no tiene el mismo destino.

-¿Y siempre han estado en guerra?

-Toda la vida, o al menos desde que yo me acuerdo. Primero pasó Guadalupe Salcedo y correteando chulavitas quemó al pueblo por diferencias políticas con la administración de esa época. Después, en 1956, fue recolonizado por Alejandro Pineda, Juan Quintero, Víctor Baquero y otros llaneros. Ellos lo recuperaron, pero ¡qué va!, ya no fue lo mismo. Cuando empezó la negociación entre las Farc y el gobierno del presidente Belisario Betancur en 1984, ellos dejaron de cultivar y se metieron a la política.

Después se toma la palabra y define las cosas:

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-A finales de los 80, cuando la época de Virgilio Barco, los helicópteros entraban y salían de la vereda Ucrania, donde Tirofijo tenía su Casa Verde y Jacobo Arenas administraba el teléfono rojo con línea directa a la Presidencia de la República. Tampoco sucedió nada que beneficiara a Uribe. Y con el tiempo cesaron las visitas de personajes ilustres, los helicópteros no volvieron y un día de diciembre de 1990, ya con Gaviria en la Presidencia, se armó la guerra que no se acaba. En la vereda El Paraíso, guerrilla y Ejército pelearon hasta morir. Muchos murieron. El país nunca se enteró.

-¿Y ahora?

-Calcule usted: en el casco urbano de Uribe hay 900 personas y el número de soldados pasa de 1.000.

La conversación se interrumpe abruptamente porque el bus patina y por poco se precipita por un despeñadero. Todos los viajeros hablan al mismo tiempo y la vista al abismo advierte que el bus se habría chocado con una barrera de enormes ceibas y cedros. El Gato suelta una enorme carcajada y grita con euforia dejando atrás el susto: "Nada de nervios". Todo el mundo se queda en silencio. Hasta mi ocasional compañero de viaje y conversación se queda callado.

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Kilómetro y medio después del arrancón del bus, aparecen nuevas trincheras del Batallón 21 Vargas. Pero esta vez es un fortín enorme, con redes estilo Vietnam, cubierto con carpas y bolsas verdes de concreto o tierra que, puestas unas sobre otras, forman trincheras. También se observan excavaciones que las comunican entre sí. El escenario demuestra que la tropa tiene acción permanente. La gente refunfuña, pero no hay remedio: otras vez somos escudriñados hasta el alma.

Cuando concluye el control militar, el bus arranca hacia Jardín de Peñas, último poblado antes de Uribe. Sin embargo, la emoción se desmorona cuando irrumpe una hilera de camiones, flotas y camperos que intentan salir del barro. Entonces El Gato afila sus garras, se desvía del camino y habilidosamente queda primero. Nadie protesta y todos nos bajamos a empujar el carro. La lucha dura seis horas. Sobre las cinco de la tarde se supera el obstáculo y, enlodados de pies a cabeza, viajeros y conductor llegamos a Jardín de las Peñas.

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Son 20 casas de tabla, 18 de las cuales son tiendas y sirven de teatro de operaciones al quinto retén, esta vez de la Policía, paradójicamente situado frente a un letrero donde se lee "Farc en pie de lucha: Partido Comunista Clandestino". Por penúltima vez, la intimidad de las maletas queda al desnudo. Y cuando el bus emprende su último tramo a Uribe, el compañero de viaje vuelve a abrir la boca:

-Vamos llegando. Yo me quedo en El Cruce. Ahí se parte el camino: los que vamos para La Julia o El Diviso -en límites con el Caquetá-, nos bajamos. Los demás deben continuar. Mucha suerte.

Y hora y media después, con una frenada absurda y otro sonido de corneta, El Gato anuncia el ingreso a Uribe El bus es rodeado por militares y el recibimiento es la última requisa. Son las ocho de la noche y apenas quedan ganas de preguntarle al primer anciano del pueblo por qué éste se llama Uribe. El hombre sabe y responde: "Por el general Uribe Uribe, el de la Guerra de los Mil Días". Después indago cómo se va hasta Casa Verde. "Eso queda a dos días de camino, pero hay que pedir permiso a las Farc", agrega otro lugareño. Ya sé que no tengo tiempo y que el propósito es ver cómo pasan las elecciones. De todos modos, me he dado cuenta cómo es la ruta para llegar al corazón de la guerra.

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Por Enrique Rivas G. / Enviado especial a Uribe, Meta

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