La historia no oficial del Centro de Investigación Científica Caucaseco, uno de los más importantes del país, ubicado en el Valle del Cauca, comenzó hace 27 años cuando explotó el volcán Nevado del Ruiz. El deshielo del nevado produjo una avalancha. La avalancha arrasó con Armero y entre los escombros sobrevivió el bioterio, lugar donde el Instituto Nacional de Salud criaba micos para hacer investigación.
Cuando el médico vallecaucano Sócrates Herrera, entonces profesor de la Universidad del Valle, se enteró de la noticia, hizo algunas llamadas. “Yo quería micos y no podía conseguirlos”, recuerda hoy Herrera.
“Me llevé 20 ejemplares para empezar y los metí en la Facultad de Medicina de la Universidad del Valle. Como no había un bioterio me tocó meterlos en dos salones de clases”. Fue cuestión de días para que comenzaran los problemas con el ruido y los olores, por lo que decidió crear la Fundación Centro de Primates y trastearlos al zoológico de Cali. Allí trabajo durante 12 años. Pero un buen día le dijeron: ‘la gente está viendo con malos ojos que, en un zoológico, que debe proteger a los animales, un grupo de ‘bárbaros los esté torturando’ con fines de investigación.
Regresó a la universidad y encontró un lugar en el campus. Pero a los seis meses reaparecieron los problemas. Un vicerrector lo llamó y le anunció que querían construir una estación de jardinería donde guardaba a sus micos.
“Entonces entendí que si no tenía una oficina para mis investigadores, tampoco iba a tener espacio para 400 micos. Eso está por fuera de los cálculos de cualquier rector”, dice Herrera. Por aquella época, ya llegaban a sus manos peticiones de Alemania, Estados Unidos, Suiza, Francia, Inglaterra y Brasil invitándolo a realizar investigaciones en animales.
Fue así como se independizó definitivamente y creó el Centro de Investigación Caucaseso. Hoy, la vacuna contra Plasmodium vivax va un paso atrás de la que desarrolla un consorcio internacional contra Plasmodium falciparum, la otra especie que causa la malaria.
“La universidad colombiana no está hecha para hacer investigación de cierto nivel”. Lo dice un hombre que ha sido vicerrector y cuyo centro fue elegido por los Institutos Nacionales de Salud de Estados Unidos como uno de los 10 mejores del mundo en la investigación de la malaria. También ha sido profesor y siente un profundo aprecio por la universidad pública a la que de una u otra manera sigue vinculado.
Sus argumentos son sencillos pero contundentes: “La universidad se cierra cuatro meses al año. Durante ese tiempo está a media marcha. Mi investigación con células, con mosquitos, con micos, con parásitos es todos los días del año. Ellos no saben qué es Nochebuena o Viernes Santo”.
Como investigador independiente puede evitar la burocracia en la contratación, los caprichos políticos de algunos dirigentes universitarios y ofrecer a los investigadores mejores condiciones laborales. Sin embargo, como todos los investigadores que decidieron independizarse, es víctima de un país que apenas está inventando una infraestructura para impulsar la innovación, la ciencia y la tecnología. Importar un equipo puede resultar un dolor de cabeza.
Ahora que el país comenzará a destinar el 10% de los ingresos por regalías a la ciencia y la tecnología, a Herrera le preocupa que se desperdicie esa oportunidad: “No van a hablar mal del ministro de Hacienda ni de Planeación, van a hablar mal de los investigadores”.
Por ahora prefirió no participar en las convocatorias para acceder a recursos de regalías. “No quiero participar en ese desorden. Prefiero no recibir nada a participar en esta cosecha de investigadores de garaje que aparecieron por todo el país. Se reúnen tres o cuatro y formulan un proyecto”.
Herrera confía en que ante esta gran oportunidad que se le presenta al país y a los investigadores se corrijan a tiempo los errores y que la bonanza científica no termine como todas las otras que le han hecho daño al país.