21 Jun 2020 - 1:50 p. m.

Volveremos a volar

Se nos obliga a renunciar a la multiculturalidad de la globalización, al tacto y al intercambio real que como ciudadanos de un país reacio a la migración solo podíamos experimentar a través de los viajes, teniendo como primer contacto un aeropuerto.

Camila Zuluaga*

Hoy más que nunca estamos viviendo lo que el sociólogo Zygmunt Bauman llamó retropía, aquellos mundos ideales ubicados en un pasado perdido, robado y abandonado que resistimos a que muera. El coronavirus nos hurtó la posibilidad de sentirnos ciudadanos globales, de pensar que una vida alcanza para recorrer el mundo. De saber que existe la posibilidad de estar aquí y allá y que los lugares lejanos no están solo disponibles a través de libros o internet. A pesar de haber sido realidad hace unos meses; ya es un ayer, un fluir del agua que pasó. Se fue y sentimos nostalgia por saberla mejor. Y si, era mejor y nos la arrebataron. No tuvimos la opción de elegir. Hoy en medio del confinamiento, no estamos ante uno de los innumerables mundos posibles para vivir. Vivimos en un mundo impuesto que nos obliga y lanza al abismo de la enajenación porque somos seres vívidamente gregarios.

Se nos obliga a renunciar a la multiculturalidad de la globalización, al tacto y al intercambio real que como ciudadanos de un país reacio a la migración solo podíamos experimentar a través de los viajes, teniendo como primer contacto un aeropuerto. Aeropuerto hoy cerrado para contener la propagación de un virus que nos cambió la vida en un abrir y cerrar de ojos. Medidas tomadas por los gobernantes a pesar de no tener certezas frente a lo que funciona, ni variables que impidan el corte de las alas y con ellas la libertad y el movimiento. Debates de política publica, así como debates científicos que están sobre la mesa para encontrar conclusiones que lleven a un desenlace menos fatídico. Sin embargo, en algún momento tendrán que volver, me niego a pensar que queremos convivir en un planeta lleno de islas físicas que solo se conectan de manera virtual y que aquellos seres que dejamos en otro territorio no los volveremos a encontrar.

¿Y cómo será esa apertura? Nos preguntamos, a la espera y con ansias infinitas quienes deseamos volver a volar. Inquietos, curiosos, soñadores, pensantes, intentamos visualizar y develar el futuro. Sin embargo ¿Qué pasará mañana? La tarea de intuir el futuro pertenece al mundo de artistas, poetas y escritores.

Por eso al intentar imaginar lo qué serán los aeropuertos cuando vuelvan a abrir, la incertidumbre y la tristeza hacen presa de mí. He pasado, semanas y semanas, pensando: ¿Cuándo se abrirá y cómo será esa puerta hacia el mundo? Esa que nos permite trasladarnos, sentir y vivir otras culturas. Esa que nos permite experimentar pasados no comunes. Seguramente ya no serán esos sitios donde familias y enamorados despiden o esperan con entusiasmo a un ser querido que parte o esta por llegar. Esas aglomeraciones tan colombianas en El Dorado con flores y pancartas serán cuestión del pasado, de un pasado que hoy es nostalgia. Será un espacio en donde ya no tendremos la posibilidad de ver caras que nos permitan imaginar historias, de dónde vienen y para donde van... Imagino a los aeropuertos convertidos en largos pasillos con seres temerosos que cubrirán sus caras con tapabocas y máscaras de plástico.

Pero a pesar de ese panorama desolador, abrirán de nuevo. No podemos ser presas del miedo eternamente y plantearnos un discurso nacionalista asegurando que de manera autosuficiente podemos sobrevivir. Pensar así es aceptar un futuro de renuncia a los beneficios de la multiculturalidad. Proscribir la riqueza e intercambio entre sociedades es negar la diversidad y desarrollo que siempre se ha dado en aquellas culturas que se entremezclan.

No tenemos que irnos al Mediterráneo, cuna de civilizaciones encontradas, o a Estados Unidos paradigma del desarrollo económico que muchos defienden para corroborar lo dicho. Vámonos al norte de Colombia, a la Costa Caribe, el territorio con mayor mezcla cultural de nuestro país. De allí han surgido los mayores exponentes de nuestro ser nacional, obedeciendo al ADN de aquella región que se mezcló y abrió sus brazos al foráneo.

Por eso, con normas insufribles, imagino que viajar será más incómodo que nunca. Ya no podremos comer en los aviones, ir al baño será toda una odisea, la línea de espera para subirse a la aeronave será más larga que de costumbre. Ya no serán tres horas de llegada previa para vuelos internacionales y dos para los nacionales. Probablemente tendremos que disponer de un día entero para viajar. Sumando un presupuesto abultado para poder comprar un pasaje que nos permita cruzar el atlántico o volar hacía cualquier destino. O quien sabe, igual la tecnología nos vuelve a sorprender. Pero a pesar de los innumerables obstáculos e incomodidades, seguiremos viajando. Seguiremos con el propósito de conocer el mundo. No en vano los colombianos tenemos entre nuestras prioridades y sueños una casa propia, estudiar y viajar.

No tengo la bola de cristal, solo imagino lo posible, tarde o temprano los aeropuertos abrirán. Esas puertas que nos dan salida al mundo estarán vivas una vez más. No de la misma manera, pero estarán allí para permitirnos reencontrarnos con los otros y volver a soñar, porque al fin y al cabo, un aeropuerto es un sitio para soñar.

*Periodista y presentadora de radio y televisión. Politóloga de la Universidad de Los Andes.

Maestría en Administración Pública Universidad de Columbia

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