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'Yo hablo en lengua palenquera'

Cerca de 400 adultos y ancianos de San Basilio de Palenque, Bolívar, acaban de recibir un diploma que acredita que ahora saben leer y escribir en su dialecto, un idioma cuya supervivencia estaba amenazada.

Carolina Gutiérrez Torres - Daniel Iannini / Enviados especiales

31 de marzo de 2012 - 04:00 p. m.
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La señora Encarnación Márquez, con la obstinación de sus 83 años, le alegó hasta al cansancio a Bernardino Reyes, su sobrino, que en la lengua palenquera que hablaban los viejos la palabra ‘changaina’ no existía. Le explicó exasperada que cuando ellos querían referirse a una mujer que venía de otras tierras simplemente la llaman ‘mujercita’, no utilizaban esas palabras extrañas que a las nuevas generaciones les dio por inventarse. Ésa no es la lengua de los viejos, siguió alegando la señora, y otra más, Ernestina Hernández, la apoyó diciendo con tono golpeado y el ceño fruncido: “¡Ane o ta tranfoma lengua suto! (¡Nos están transformando la lengua!)”.

Bernardino Reyes es el profesor de las dos señoras que alegaban, y de por lo menos otros 416 adultos más de San Basilio de Palenque, Bolívar, que decidieron volver a la escuela después de años y años de haberla abandonado (porque había que cuidar los cultivos o a los hermanitos menores) o que están allí por primera vez. Desde julio del año pasado, cada día, de 4:30 p.m. a 7:30 p.m., Bernardino se para al frente de alguna de las aulas de la única escuela del pueblo, con una cartilla en las manos cuya portada reza Son ri tambó (Son de tambores). Repite con paciencia el sonido de las consonantes. Les enseña lo que resulta al unirlas estratégicamente con las vocales. Todo en su lengua, la lengua palenquera, que muchos jóvenes nunca aprendieron y que los más viejos tenían refundida en la memoria.

Casi siempre las lecciones terminan en debates airados porque los viejos aseguran que los ejemplos de la cartilla son imprecisos y protestan porque “nos quieren transformar la lengua”. Manifiestan, por ejemplo, que los ‘antiguos’ al agua le decían ‘agua’, no ‘apú’, como aparece en el cuadernillo de las lecciones. Los profesores los escuchan con paciencia, como Bernardino, que no tuvo más remedio que darles la razón a las señoras y prometerles que se corregirán los errores. Éste es el primer intento de registrar las minucias del dialecto palenquero en un libro para la enseñanza. Se entienden las imprecisiones.

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El sol calentaba más que siempre. Había un verano inusual en San Basilio de Palenque. El sol calentaba insoportable. El polvo de las calles, sin pavimentar, se levantaba al paso de una brisa esporádica. Los niños más pequeños jugaban desnudos. Y en el salón, Bernardino escuchaba con atención los regaños de su tía de 83 años, que es también su alumna.

‘Ekuela’ (escuela)

Al lado del tablero pendía un cartel que señalaba: “Buenos días: asina ría. Buenas tardes: asina po tadde. Buenas noches: asina po prieto”. Los pupitres de plástico estaban vacíos. Sólo un estudiante, de unos 50 años, aguardaba en la primera fila. A la entrada del salón estaba Basilia Pérez, la secretaria del colegio hace 23 años, quien aseguraba que en poquito tiempo empezarían a llegar todos los alumnos.

Mientras eso sucedía contaba que cuando la fundación Transformemos llegó a San Basilio de Palenque, con la idea de educar a los adultos, ni ella le tuvo fe a la propuesta. “Eso no se va a dá... Loro viejo no da la pata”, pensaron ella y otros tantos. Pero se equivocaron porque el 1º de agosto de 2011, cuando a las 4:30 p.m. se dio inicio a la primera clase, todos los pupitres estuvieron ocupados. Hasta llegó su mamá, doña Encarnación Márquez, a la que ella ni siquiera había invitado porque loro viejo no da la pata.

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‘Ngobbé’ (volver)

En esa tierra de sol implacable se habla la lengua palenquera “desde todos los tiempos”, seguía contando Basilia. Desde que los esclavos traídos a Cartagena, desde África y otras tierras, empezaron a fusionar sus dialectos para crear uno propio que sólo ellos pudieran entender. Y utilizar para planear las fugas sin ser espiados. De eso ya han pasado 400 años (desde que un esclavo, Benkos Biohó, fundó en esa tierra el primer pueblo libre de América), 400 años en los que la lengua se fue muriendo.

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“¿Que cuándo empezó a morirse? Nos cuentan nuestros abuelos que a inicios de 1900. Cuando empezaron a tener contacto con otras comunidades, a salir a los pueblos vecinos a buscar el sustento, y se dieron cuenta de que no tenían con quién comunicarse. Pero lo peor vino cuando esas gentes empezaron a decirles que lo que ellos hablaban era un castellano mal habla’o. Ahí empezó la castración de la lengua”, decía Basilia, sentada a las afueras del salón. A su alrededor, los cerdos masticaban pedazos de hojas y unos chivos correteaban espantados por otro animal.

Hablar la lengua palenquera se volvió una deshonra. “Cállate niña que se van a burlá de ti”, recuerda ella que solía decirle su mamá cuando se le escapaba alguna palabra en público. En cambio, en el patio de la casa, en el rincón más privado de la familia, sí era aceptado “hablar en lengua”, como dicen ellos. La historia empezó a cambiar sólo hasta los 80, cuando investigadores que comenzaron a visitar el “pueblo africano de Colombia” les decían abiertamente que ese dialecto que los avergonzaba era su esencia, su historia misma (así sería reconocido años más tarde por la Unesco: Patrimonio Oral e Intangible de la Humanidad). Por ese tiempo, también, los colegios empezaron a enseñar la lengua palenquera. Los padres de familia protestaron. No lograron nada.

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Hoy los viejos tienen la ilusión de aprender a leer y escribir en esa lengua que se ha resistido a extinguirse (una mezcla de dialectos africanos, de portugués antiguo y de castellano). Llegan al salón de clases esperando que esta vez el profesor Bernardino les enseñe a escribir su nombre. Luego vendrán retos más difíciles. Pero ellos también hacen su aporte: “Como nos dicen que nosotros los nuevos estamos hablando una lengua mal hablada, nos están ayudando a pulirla. Nos dicen: ‘Aguanta ahí. Eso no es así. Eso en mi tiempo se decía...’ Y nosotros tomamos nota”, explicaba Bernardino sentado en un murito a la entrada del salón, mientras adentro ya casi todos los pupitres estaban ocupados y el sofoco se hacía más insoportable.

‘Arió’ (adiós)

El viernes no se dio la cita habitual de las 4:30 p.m. Esta vez los estudiantes adultos de San Basilio de Palenque llegaron puntuales a las 9:00 de la mañana a la casa de la cultura, a celebrar la graduación del primer ciclo de su enseñanza (de primero a tercero de primaria). Todos, uniformados con una camiseta blanca que decía “Aki suto asé chitiá lengua ri palenge (Yo hablo palenquero)”, cantaron a todo pulmón el himno de su pueblo. El himno que en 1973 compuso Justo Valdés, otro palenquero que aprendió a leer y a escribir llegando a los 60 (también con la fundación Transformemos). Otro palenquero que dice con orgullo que ya puede plasmar su firma en los contratos de su grupo Son Palenque. “Antes yo no entendía ná. Pero ya no me pueden engañar”, dice el maestro, compositor de por lo menos 160 canciones.

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“Palenge jué fundáo, fundáo pu Benko Biojó. E eklabo a liberá atá ke yegó a famoso (Palenque fue fundado, fundado por Benkos Biohó. Y el esclavo se liberó hasta que llegó a famoso)”, cantaban. Justo Valdés y su grupo los guiaban con los tambores y el llamador. “Afriká, Afriká, Afriká, Afrikáaaaaa”, seguían entonando los viejos y los niños y los jóvenes. Todo fue fiesta. En San Basilio, esa mañana, sólo se habló en lengua palenquera.

Analfabetismo en adultos

La Fundación Educación para Todos y el DANE calculan que de cada 100 niños que entraron a preescolar en el año 2000, sólo 35 lograron llegar al grado once. Esos 65 que desertaron pertenecen, principalmente, a poblaciones vulnerables.

Rodolfo Ardila, director de la Fundación para el Desarrollo Social Transformemos, asegura que históricamente ha habido un problema en los procesos de alfabetización de adultos y es se ha creído que con enseñarles a leer y a escribir es suficiente. “El mínimo necesario para que una persona pobre pueda salir y no caer nuevamente en la pobreza es terminar mínimo el bachillerato. Así lo ha establecido la Unesco”.

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Por Carolina Gutiérrez Torres - Daniel Iannini / Enviados especiales

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