5 Mar 2011 - 9:00 p. m.

Yoga, la sanación de la guerra

A través de la meditación y la respiración profundas, un grupo de 25 soldados del Batallón de Sanidad han encontrado la forma de exorcizar los demonios de la guerra y las heridas del conflicto armado.

Natalia Herrera Durán

La respiración es cada vez más honda, el ritmo cardíaco más lento, los 25 soldados heridos, mutilados o ciegos por la guerra que están en la sala cierran los ojos y meditan a la espera de llegar pronto a lo que se conoce en yoga como el estado alfa de conciencia, en donde no se siente dolor. Un nivel profundo más allá de la vigilia y las pesadillas del conflicto armado.

Todos los martes estos soldados salen del pabellón de heridos del Batallón de Sanidad y atraviesan la ciudad hasta llegar al centro Atma para hacer sesiones de yoga y meditación profunda, que duran dos horas y media, con el único anhelo de sanar su mente y aliviar el dolor de su cuerpo lesionado.

Se quitan los zapatos para entrar al cuarto y se sientan en el piso. Entre ellos hay soldados que hace apenas un mes cayeron tras el estallido ensordecedor de una mina antipersonal. “Cierren los ojos”, es la primera instrucción que reciben de Adriana Silva, la mujer  que   junto a cinco personas más le dieron vida hace diez meses a esta iniciativa de sanación sin ánimo de lucro.

Santiago, de 24 años, no cierra los ojos porque es ciego. Cayó herido por pisar un campo minado en el departamento del Cauca. Tres compañeros de él murieron en el episodio. Recuerda que no quería prestar el servicio militar, pero después de dos años decidió vincularse como soldado profesional hasta el día del accidente, seis meses atrás. Eleva su único brazo y junta las yemas de los dedos hasta que se deja llevar por un sonido armonioso que hace eco en la sala.

Dice que la meditación que ha aprendido le ha servido para canalizar la angustia, para dejar de sentirse desgraciado y en cambio sentirse vivo y agradecido por estarlo. Ha aprendido a pensar sólo en el presente, porque sabe que el futuro es incierto.

Los soldados del pabellón de heridos graves del Batallón de Sanidad están allí por algunos meses, hasta que son dados de alta. Luego tienen que salir a rehacer sus vidas, porque en la mayoría de los casos no pueden volver al Ejército a prestar servicio.

“Nosotros los ayudamos a través del yoga a que su salida no sea tan dura. Tienen que dejar el único trabajo que han tenido y por eso les damos recursos energéticos para que superen la frustración de lo que les pasó y afronten el nuevo duelo de vivir en un mundo en ocasiones indolente con las víctimas”, dice Ana Catalina Aragón, quien ha apoyado el proceso de cerca.

“Ahora vamos a darnos masajes”, dice Adriana después de dirigir algunos ejercicios de respiración. Se masajean con los manos, con los muñones, con los brazos llenos de cicatrices de guerra.

Algunos se acuestan en una postura de relajación, que en el mundo del yoga se conoce como Savasana o la postura del cadáver, por la sensación de inmovilidad profunda que deja en el cuerpo, mientras sus compañeros frotan su espalda.

Giovanny, de 28 años, sabe de qué se trata. Hace 18 meses, mientras patrullaba por el sur del Tolima, en el Cañón de Las Hermosas, a las 11 de la mañana una mina le detonó en los pies. Quedó tendido en coma durante 20 días. La mina le deformó el rostro, una esquirla le tumbó cuatro dientes, perdió el pie izquierdo y la visión.

 A pesar de todo, Giovanny tiene claro que no se puede sentar a lamentarse. Tiene dos hijas y su esposa, quien lo acompaña a las sesiones de yoga, espera la tercera. Mientras ubica algún trabajo ha buscado ayuda. Incluso intentó solicitar un crédito en un reconocido banco, cuya gerente de oficina contestó que ellos no prestaban dinero a discapacitados.

 Sin embargo, la discapacidad de Giovanny no es un caso aislado. Sólo el año pasado se reportaron un total de 399 víctimas de minas en Colombia según el programa presidencial para la Acción Integral contra Minas Antipersonal. De esas, 130 fueron civiles y 269, militares.

La sesión termina, los soldados toman té de flores y algunas frutas que el grupo preparó para ellos. Se despiden y no dudan en manifestar su agradecimiento. En estas sesiones de yoga también han encontrado apoyo y respaldo a través de las donaciones que otros han dado generosamente. Así han logrado conseguir computadores y prótesis costosas.

Hoy, cuando la ley de víctimas sigue pendiente en la agenda legislativa, casos tan crudos como los soldados heridos en el conflicto armado recuerdan que las víctimas no se distinguen por colores. Todos, sin excepción, aguardan una respuesta del Estado y de la sociedad que todos los días olvida.

El  trágico espectro de las minas antipersonal

Aunque se ha registrado una disminución sensible en la cifra de víctimas de minas antipersonal, la problemática continúa. En  2010 se reportaron un total de 399 víctimas de minas en Colombia, según cifras del Programa Presidencial para la Acción Integral contra Minas Antipersonal.

Eso significó que en 2010 hubo en promedio una víctima de estos artefactos por día.

De esas víctimas registradas en 2010, 130 fueron civiles y 269 fueron militares. De  las  civiles una falleció. De las  militares, 35 murieron. Este año no se han consolidado estadísticas pero se puede asegurar que transcurridos tres meses ya se han registrado más casos.

Los cinco departamentos con mayor número de afectados por minas entre 1990 y 2009 fueron Antioquia, Meta, Caquetá, Norte de Santander y Bolívar.

El programa presidencial no cuenta con un registro exacto de los autores de la siembra de minas. Pero a partir de casos particulares infieren que las Farc son el grupo que más minas ha sembrado, seguido del Eln y las autodefensas.

La yogui del Batallón de Sanidad

Tenía 16 años, estudiaba enfermería en Bogotá y leía un libro de yoga de la rusa Indra Devi que le regaló su papá, sin imaginar que esa mujer sería su guía espiritual durante los últimos cuarenta años. Desde entonces, Adriana Silva entregó su tiempo, su cuerpo y su mente al conocimiento y la práctica del yoga, como método de comprensión y de sanación. Muy joven se casó con Robert Acosta, el único lama suramericano y uno de los primeros en abanderar el conocimiento del budismo en Colombia. Con él vivió en San Francisco (California), en donde se conectó con otras tradiciones y culturas de Oriente. En 1995 fue elegida por el célebre médico hindú Deepak Chopra para dirigir los ejercicios de yoga en su famoso “centro de bienestar” en San Diego (California). Hoy, además de las clases particulares que da, lidera las sesiones de yoga con 25 soldados del Batallón de Sanidad heridos y mutilados por la guerra que no da tregua.
 

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