Ahora es Alberto

‘Te pido perdón’ es el más reciente sencillo que el cantautor chileno presentará en ciudades como Medellín, Cali, Bogotá y Cartagena.

Alberto Plaza, autor e intérprete de canciones como “Que cante la vida” y “Aventurera”. / Cortesía.
Alberto Plaza, autor e intérprete de canciones como “Que cante la vida” y “Aventurera”. / Cortesía.

No se sabe si la historia empieza con una guitarra o con un café con leche, sin leche. La guitarra porque fue algo natural, el café porque se lo trajeron sin leche, así. Si empezamos con el café con leche nos tocaría devolvernos en la historia hasta llegar a la guitarra, y si empezamos con la guitarra nos tocaría adelantarnos en el tiempo hasta llegar al café con leche. Difícil decisión. Pero sigamos la linealidad corriente y empecemos con la guitarra. La vio, seguramente, recostada en alguna de las paredes de su casa y la tomó. Su padre tocaba un poco, su madre tocaba otro poco, sus hermanos también sabían tocar. Agarró la guitarra y ya sabía qué hacer; su hermano contribuyó con dos acordes, no más. Al fin y al cabo era un niño: tenía 5 años. O menos. Debió ser menos porque a esa edad ya estaba apareciendo en televisión, en un programa que se llamaba Tío Alejandro y ahí ya tocaba y cantaba perfectamente. No se acuerda de cómo lo tomó, ni tiene muy claras las imágenes, pero no cree que haya sido muy difícil. “No creo que haya sentido mucho. Yo me sentía muy natural. Siempre sentí la música como hablar. Para mí cantar es tan fácil o más fácil que hablar. Simplemente lo hago, entonces no tengo nervios, nunca los tuve”, dice.

Aprendió solo, “solito”, cuenta, y lo siguió haciendo más adelante. Siempre cantó, era más fácil enfrentar el mundo de esa manera. Cantaba en cafés estudiantiles y en festivales. Canciones de otros, siempre, porque no se atrevía a componer por su cuenta ni a interpretar canciones que le obligaran a confesar que eran propias. Porque no era eso lo que estaría confesando con ellas, era su vida misma, era ponerse al desnudo frente al mundo, frente a los otros. “Es cuando uno sale desnudo de la ducha y se quiere cubrir, bueno así, más o menos, es”, afirma.

La diferencia es que lo que dejas al desnudo es tu alma y se la entregas a los otros para que la inspeccionen, la miren, la critiquen y te la devuelvan. Nunca sabes en qué estado te la van a devolver. La labor es la misma, dice, a aquella de un escritor o de un poeta. De cualquier creación artística, en realidad. Cada una es un grito, “un grito de algo”, dice, por algo. No sabes las reacciones que va a tener. Entonces cuando te decides, escribes una canción, y se la muestras a un amigo y tu amigo te dice que sí, que muy bonita, y no sabes si te está diciendo la verdad. Luego es que empiezas a darte cuenta de que le gusta a este otro también y después a este otro, hasta que la oyes en las estaciones radiales. Ahí te das cuenta de lo que estaba pasando.

Y entonces lo invitaron al Festival de Viña del Mar, un festival grande, muy grande. Y él no se asustó. No fueron nervios, fue emoción lo que lo embargó después de haber cantado, sintiendo los aplausos de las miles de personas que lo estaban escuchando. Ahí, en ese instante, fue Alberto Plaza, ese Alberto Plaza que quería ser. Entendió lo que no había visto antes: él era músico y debía ser músico, no otra cosa. Había buscado tanto, sin necesidad. No era ingeniero, ni economista, ni publicista, carreras que empezó y que nunca terminó. Era músico, su vida era cantar, y eso hizo.

Desde entonces se dedicó por completo al oficio, y empezó a trabajar. Porque sólo así, cree él, llega la inspiración, no de otra manera. Piensa en sus hijos y en su mujer, en la mujer como compañera. Eso lo ayuda, lo deja viajar más fácil, lo ayuda a escribir. Pero trabaja. No deja de trabajar. Cuando se acerca la producción de un disco se va lejos de casa, ojalá a un lugar frío, con playa, y una chimenea. Y allá se queda, allá medita, allá escribe una canción y la siguiente, si el trance le alcanza para dos. Las sequías llegan, claro, pero él sigue empujando. Sabe que “detrás de la última puerta, ahí está. No hay que cansarse antes de la última puerta”, dice.

Y así siguió. Componiendo y cantando, cantando y componiendo. Y una vez en un concierto, alguien de la tercera fila, un señor, se paró gritando, y mientras todos lo miraban él, con los ojos aguados, le decía que una de sus canciones le había salvado la vida. “Sí”, decía, “yo me estaba muriendo en la cama de un hospital, a punto de dejarme ir”, decía, “y me pusieron Pa’lante y decidí vivir”. En ese momento no dijo nada, qué podía decir. Pero se quedó pensando. Eso es lo que le gusta de lo que hace, eso es lo que lo emociona: que una canción llegue y se instale en la vida de alguien y le salve la vida. Ya había descubierto, en el festival de Viña, por qué cantaba. En ese momento descubrió para qué.

Pero no sólo era cantando que Alberto Plaza quería ayudar a cambiar la vida de las personas. Quería hacerlo personalmente, él, ya no acercándose de lejos, desde la escucha. Quería estar cerca. Quería ayudar en la construcción de vidas que de otra manera no hubieran tenido un futuro claro. Creó una fundación contra el maltrato infantil. “Voy a cambiar el mundo”, se llama, y la creó con ayuda de sus fans, que fueron las que, en un principio, lo impulsaron a hacer algo con carácter social. Ellas quisieron cambiar el mundo y él les siguió la corriente. Él también lo quería, finalmente: “Está bien. Si vamos a cambiar el mundo, empecemos por nosotros mismos. Luego por los niños, que son el futuro. Les estamos entregando un mundo que es imperfecto y que no les va a permitir ser felices”, afirma.

La historia termina así. En que por su fundación, que además de tener su sede en Santiago de Chile, tiene sedes en tres ciudades de Colombia, lo invitaron a cantar para la Teletón y por eso vino a Bogotá. Ya se fue, pero vuelve. En abril, a una gira de conciertos, en abril a presentar su nuevo sencillo, en abril a tomarse un café con leche. Preferiblemente con leche.