Por: Reinaldo Spitaletta

La “tranquilita” democracia

El presidente Uribe, en una “entrevista” que concedió en Inglaterra a un periodista argentino, le contestó que dejara “tranquilita” la democracia colombiana y se dedicara a estudiar la historia argentina.

Se sabe, o por lo menos él así lo demuestra, que no le gustan los periodistas, y menos los que incomodan, los que no se pliegan al poder, los que saben que periodismo es contar lo que alguien no quiere que se sepa.

No sé si su animadversión contra los reporteros le venga de los tiempos de Joseph Contreras, un editor de Newsweek, coautor del libro El señor de las sombras. O tal vez, creerá que los medios sólo están para elevar alabanzas al príncipe –asunto muy notorio en Colombia-, y de ser así, entonces habrá asumido un posición no propiamente democrática, sino de déspota.

Porque resulta que una de las funciones de los medios (y de los periodistas) es promover la deliberación y generar opinión pública. Y otra es pedir cuentas a los que están en la gestión pública, más aún al Presidente. Ahora, una de las incertidumbres en Colombia es la de si, en efecto, hay una democracia deliberativa, o solo se trata de unos cuántos usufructuadores del poder, mientras el rebaño rumia en silencio sus desventuras.

¿Qué querrá decir dejar “tranquilita” la democracia colombiana? Suponiendo que ésta lo fuera, ¿acaso es intranquilizarla según las preguntas de un reportero? ¿Se resiente la presunta democracia porque algún investigador denuncia los sospechosos pasos de los hijos del Presidente o porque un medio saca a la luz pública lo de las chuzadas del DAS?

Tal vez lo que el Presidente quiso decir con dejar “tranquilita la democracia colombiana” es que todos, en unánime aprobación, consientan que cada vez que él quiera modificar la ya retaceada Constitución para promover otra reelección, lo dejen tranquilo. Que nadie le pregunte por qué lo hace. Que nadie se ponga pálido porque cada vez el poder se concentra más en el Ejecutivo.

Quizá lo que quiso decir es que nadie se estremezca porque, de modo soterrado, unos congresistas cambiaron el texto del referendo por el agua, o que todos nos quedemos impávidos ante los crímenes de Estado que se disfrazan con el eufemismo de falsos positivos, o que todo siga igual, sin “investigaciones exhaustivas”, por ejemplo en el caso del atentado (otros dicen hurto) contra el periodista y escritor Gustavo Álvarez Gardeazábal. O que nadie se interese por la alianza entre políticos y paramilitares, en fin.

La democracia colombiana está tranquilita. Qué importa si no se ha promovido una reforma agraria, qué importa si hay cuatro millones de desplazados, qué importa si aumenta el desempleo. Para qué preocuparse por una visita que hizo un delincuente a la Casa de Nariño, gajes de la democracia, se dirá. Lo que sí interesa es que, con hecatombe o sin ella, haya reelección.

El periodista argentino de la BBC de Londres (se llama Julián Miglierini) le soltó a Uribe una pregunta normal que lo sacó de casillas: “¿Usted quiere ser presidente de Colombia cuatro años más?”. No contestó. Y pidió otra pregunta, y así hasta el infinito. Lo más probable, y para que la democracia esté tranquila, es que no sólo quiere serlo otros cuatro años, sino ocho o doce, también hasta el infinito.

De ese modo, no hay por qué expresar intranquilidades. Porque quien las tenga a lo mejor sea declarado terrorista. Un entrevistado tiene derecho a no contestar una pregunta, pero un jefe de Estado por lo menos debería tener una pizca de cortesía, porque, según se ha dicho, una democracia también es para responder interrogantes, no importa que la política sea una farsa (son palabras de Uribe en alguna cumbre), y que la democracia, sobre todo en esta geografía, también lo sea.

 

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