BIBO 2019: bienestar humano y biodiversidad

El amor que la naturaleza reclama

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Perdemos la biodiversidad a pasos acelerados, en todos los lugares y en todos los ámbitos. Las cifras son cada vez más alarmantes y la situación demanda, más que esperanza, acciones concretas para lograr el cambio que necesitamos cada una de las especies que habitamos este planeta.

Como lo resume Andrea Wulf, autora del libro La invención de la naturaleza: el mundo nuevo de Alexander von Humboldt, en una entrevista reciente con un medio colombiano: “Humboldt entendió que solo se protege lo que amamos” y agrega: “Para explicar los efectos del cambio climático en los océanos, por ejemplo, hay que hablar también del color, de las olas, del viento pegando en la cara, de la belleza y la magia de la naturaleza, para así lograr que la próxima generación, si no fue esta, se enamore de ella”.

Una bella teoría en la que coincide el glaciólogo y climatólogo Shawn Marshall, investigador de la Universidad de Calgary: “Solo puedo pensar que necesitamos algo en la naturaleza, o tal vez un lugar que amemos, una actividad que nos guste hacer en el medio ambiente, algo con lo cual conectar, porque solo entonces, cuando estemos apegados emocional o espiritualmente, seremos capaces de cuidar”.

Preguntémonos entonces si amamos la naturaleza. Acaso, ¿la cuidamos? o ¿ya aprendimos que nuestra vida depende de ella? El estado actual de nuestro planeta parece tener la respuesta: 16 de los veranos más calurosos de la historia han ocurrido desde el 2001 y hasta hace poco el 2016 se registraba como el año más caluroso del que se tenga registro, pero anualmente la temperatura del planeta alcanza un nuevo récord.

Hoy, el 75 % de los ecosistemas terrestres están afectados por la degradación del suelo. Los humedales son los más afectados, ya perdieron 87 % de su extensión original y hablamos de la principal fuente de agua dulce del planeta. Según datos de Naciones Unidas, los bosques naturales se han reducido dramáticamente en 25 años, pasando de 10,6 millones de hectáreas en la década de 1990 a 6,5 millones de hectáreas en 2015.

En Colombia, casi la mitad de los 85 ecosistemas clasificados en el país se encuentran amenazados (en estado crítico o en peligro) debido a su grado de deterioro y a actividades humanas como la deforestación, según el Informe Colombia Viva, publicado por WWF en 2017. En el segundo país con mayor riqueza natural del mundo, el nuestro, actualmente se pierde el equivalente a 850 canchas de fútbol al día de bosques. Y 1.302 especies de fauna y flora están en peligro de desaparecer.

Aún no terminamos de descubrir las increíbles especies que habitan nuestro planeta y, sin embargo, muchas de ellas están amenazadas. El tercer libro de la colección El estado del planeta —producido por la FAO y El País— muestra un ejemplo de esta situación; en 2016 fueron reconocidas 700 nuevas especies de aves y el 11 % de estas ya estaban amenazadas de extinción.

Hace un año, leíamos la triste noticia de que Sudán, el último macho de rinoceronte blanco que pisó la Tierra, había muerto. Y ese tipo de noticias siguen llenando nuestros titulares: en menos de una década se extinguieron cerca de 150 razas de ganado doméstico; solo quedan 25 elefantes de colmillos gigantes, 15 de ellos en Kenia, de acuerdo con el Servicio de Vida Silvestre (KWS, por sus siglas en inglés). Y para finales de este siglo, podríamos perder el 50 % de todas las especies vivas que comparten con nosotros nuestro único hogar.

Los océanos, otro de los sistemas vitales que soportan nuestra vida, también están en riesgo. Por un lado, son la base de una actividad económica que genera al menos US$2,5 billones al año, esenciales para regular el clima, absorber calor y CO2 y mover masas de aire que definen las temperaturas y la humedad. Es decir, nos han protegido de los peores efectos del cambio climático. Sin contar que más de 260 millones de personas dependen de ellos para su subsistencia y el 60 % de las fuentes de proteína para el ser humano provienen del mar.

¿Cómo están hoy? Llenos de plástico. En la actualidad, 13 millones de toneladas de residuos de este material llegan a los mares del mundo en un año, ¡lo que equivale a arrojar cada minuto un camión lleno de plástico en ellos! Más de 700 especies en el mundo se han visto afectadas, especialmente las tortugas marinas, pues se cree que al menos el 52 % ha ingerido este tipo de desechos.

Y, como si fuera poco, ya perdimos la mitad de los arrecifes de coral; ecosistemas que a pesar de cubrir solamente el 1 % del fondo marino proveen hábitat para el 25 % de las especies marinas de plantas y animales.

Los incendios, las sequías prolongadas, las inundaciones, las tormentas y los desprendimientos de hielo se han incrementado en este siglo. Tan grave es la situación que, en 2017, 24 millones de personas en el mundo se desplazaron debido a los desastres naturales, como lo indica el informe “Fronteras” de ese año, publicado por la oficina de Medio Ambiente de Naciones Unidas. Es una realidad dramática: “Cada segundo, una persona abandona su hogar por causas relacionadas con el cambio climático”.

La conclusión es clara y demanda un compromiso de nuestra parte: podemos no amar a la naturaleza, pero debemos protegerla. Luis Germán Naranjo, director de Conservación y gobernanza de WWF-Colombia, lo resume muy bien en uno de sus escritos, “La otredad de la naturaleza”: “Nos encontramos frente a una cuestión de simple supervivencia: en caso de continuar actuando como lo hacemos, tomando de ella más de lo que puede darnos y devolviendo a cambio impactos que no le es posible asimilar sin perder su esencia, estaremos recorriendo un camino que no tiene retorno”, y probablemente sea el de nuestra extinción.

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