20 Nov 2014 - 3:02 a. m.

'Sembramos café y paz'

Colombia Cafetera y Sostenible surgió en 2008 para que 600 familias campesinas de la serranía del Perijá, en el departamento del Cesar, recobraran la esperanza y volvieran a hacer lo que saben hacer.

María Paulina Baena Jaramillo

Cuando niño, Diomedes Díaz intercambiaba canciones por café. Y cerca de Valledupar, en la serranía del Perijá, que se alza más de 3.600 metros sobre el nivel del mar, las familias cafeteras del Cesar cambiaron su tierra por su libertad. Pero volvieron, años después, con sus vallenatos a flor de piel y con la convicción ardiente de que no sabían hacer otra cosa que ver sus cafetales crecer.

La historia se remonta a 2002, cuando los campesinos de cinco municipios del departamento del Cesar (Becerril, Chiriguaná, Curumaní, La Jagua de Ibirico y Agustín Codazzi) huyeron con lo que tenían. Algunos harapos, algunas maletas y algunos familiares. Sólo algunos, porque a unos los asesinaron y a otros los reclutaron en las filas de grupos armados al margen de la ley.

Muchos huyeron a municipios cercanos. Se dedicaban a la minería o al comercio, y otros engordaban las filas de desplazados en ciudades grandes como Barranquilla o Bogotá.

Sin embargo, lo de ellos era sembrar café, recogerlo, fermentarlo, lavarlo, secarlo. Añoraban esa paleta de aromas que brotaba del beneficiadero: un olor entre húmedo y dulzón, primero; luego ácido, tostado y fresco. Preferían utilizar las manos para agarrar milimétricamente los granos que servían y desechar los que estaban afectados por broca, o enfrentar el hongo de la roya, las dos principales plagas que atacan los cultivos.

Porque al norte del país, en departamentos como Cesar, La Guajira y Bolívar, hay 29 municipios productores de café. Y entre Cesar y La Guajira se extienden más de 30.000 hectáreas de tierras cultivables.

Los cafeteros del Perijá regresaron entre 2008 y 2009. Vieron que había garantías de retorno, ya no estaban rodeados de miedo y su patrimonio, lo único que tenían, estaba en la montaña. Entonces llegaron blindados, como si no pudiera haber más dolor después del dolor. “Este proyecto fue renacer nuevamente. Ha sido para mí y muchas familias nuestro renacimiento, el volver a nuestros territorios”, cuenta René Varón, cafetero y presidente de uno de los 32 comités veredales.

Cuando llegaron, vieron sus casas atiborradas de abandono. Por las paredes se filtraba la luz por donde habían entrado las balas. Los cafetales estaban rancios y envejecidos. “Es como cuando uno se enamora de alguien. Al principio es cariñoso y después, si no lo quiere y lo deja a su suerte, se daña, se acaba, se muere. Hay que volver a enamorar nuestros cafetales, decirles: mi amor, ven...”, comenta Hermes Murgas, concejal del municipio Agustín Codazzi.

Volvieron a enamorarse de su tierra y de su oficio. El proyecto Colombia Cafetera Sostenible arrancó con el fin de beneficiar a 600 familias que vivían del café. A través de una alianza público-privada entre la Federación Nacional de Cafeteros, el Ministerio para la Cooperación al Desarrollo de los Países Bajos, la Fundación Douwe Egberts de Holanda y la Gobernación del Cesar, se ejecutó el proyecto entre septiembre de 2009 y noviembre de 2012, con una inversión de $8.800 millones.

El proyecto contó con cinco componentes. El social, que buscaba darles participación a los caficultores y a la mujer a partir de 32 comités veredales. El productivo, con la reactivación de 3.700 hectáreas de café que aumentaron la productividad de las fincas mediante buenas prácticas agrícolas y mayores ingresos. La seguridad alimentaria y la nutrición a partir del establecimiento de 994 hectáreas de cultivos de pancoger. La certificación UTZ a 347 familias, que les permitió llegar a mercados internacionales. Y el ambiental, en el que se protegieron 1.201 hectáreas de bosque y se mejoró la infraestructura de las fincas para hacer mejor uso del agua y reducir la contaminación de los ríos con las mieles del café.

Varón, el caficultor, dice que lo que producían en 7 u 8 hectáreas, hoy lo producen en 1 o 2. “Las fincas se han renovado en un 80% y los cafetales viejos fueron reemplazados por una variedad más resistente (Castillo)”. Y Murgas, concejal, asegura que “acá no se siembra sólo café. Se siembran paz y desarrollo”.

En esto último coincide Luis Genaro Muñoz, gerente de la Federación Nacional de Cafeteros, quien explicó que “este proyecto para nosotros es un referente en el modelo de paz y en una estrategia para erradicar la violencia. Lo social no anda solo si no lleva detrás una parte económica y ambiental”.

En efecto, se trata de arrebatarle a la guerra y la violencia un batallón importante de jóvenes y campesinos. Ahora ya no se ven camuflados con botas de caucho por los alrededores, sino un ejército de camisetas amarillas: los extensionistas rurales de la federación, que resaltan entre las montañas tupidas. Ellos han llamado así a los técnicos que acompañan y capacitan a las comunidades y aterrizan los conocimientos para fijar capacidades y hacer las cosechas más productivas.

Tanto les cambió la cara este proyecto a los cafeteros cesarenses que hoy el terreno lo tienen abonado con paz. “La sonrisa de los cafeteros de la serranía se ve reflejada en un café que hoy se exporta al mercado holandés. Es una clara muestra de que Colombia tiene la capacidad de resurgir después del conflicto”, comenta Robert van Embden, embajador del Reino de los Países Bajos.

Hoy, el proyecto va en su segunda fase. Descubrieron, después de finalizada la primera, que se debía fortalecer la parte productiva y social. Por eso crearon incentivos en 33 jóvenes destacados para tomar este conocimiento y fincarlo en sus territorios. El resultado sería un efecto dominó de buenas prácticas que se fortalece con los años. De hecho, un esquema similar se aplica en 22 municipios del país en Antioquia, Valle del Cauca, Cauca y Nariño, con el proyecto Huellas de Paz.

Se renovaron cafetales, pero, sobre todo, se renovó una comunidad que era la carne de cañón de grupos al margen de la ley. El cafetal era su patrimonio, su sustento, su amor y su riqueza, como comenta Varón. “Yo diría que después de Dios y mi familia, lo que sigue es mi cafetal”, remata.

Y así como Diomedes, que hacía sonar coplas inventadas por él mismo, que usaba su canto como moneda de cambio para tener café, panela y carne, Hermes Murgas, un costeño cafetero, le canta a su cafetal. Tal vez para inmortalizar en sus versos una historia que no quiere que se repita jamás. O de pronto para amortiguar su dolor con algún quejido que parezca parrandero: “Tengo motivos, tengo razones, para componer canciones porque después del sufrimiento llegó la felicidad. Aquí se respira paz, amor y tranquilidad”.

 

* mbaena@elespectador.com / @mapatilla

Comparte:
X