Un siglo de fotografía

Un recorrido por la vida del gran fotógrafo.

Editta Sherman lleva 80 años tomando fotografías; hoy cumple 100. En casi un siglo de carrera ha logrado acumular un archivo lleno de luminarias: Henry Fonda, Joe DiMaggio, Bela Lugosi, Elvis Presley, Andy Warhol y un largo etcétera de verdaderas celebridades, algunos de los íconos más rotundos de la cultura en campos tan diversos como el cine, la literatura y el beisbol.

Su formato, el retrato de 8X10 cm. Su método, “fotografiar lo que más admiro en mis personajes”. Lo notable de su carrera no sólo es la longevidad (pura voluntad y amor por el oficio) ni la larga lista de figuras prominentes que se han sentado ante ella, sino la simpleza de sus retratos, el glamour de cada cuadro. Cada personaje, un señor.

La técnica la aprendió de su padre, un inmigrante italiano que vio cómo la Gran Depresión se llevó su negocio de fotografía. En 1930 tomó por primera vez la cámara y en una serie de viajes a Martha’s Vineyard, uno de los sitios de recreo más prestigiosos de Estados Unidos, captó a sus primeras celebridades. Después de eso se haría la promesa de regresar cada año para que más personalidades posaran para ella.

En 1944 abrió su propio estudio en el que, lejos del espectáculo, hacía retratos para familias y parejas, los recuerdos diarios de miles de personas anónimas, clientes con una inclinación hacia la nostalgia.

En 1949 se mudó a un estudio en Nueva York, ubicado en el edificio Carnegie Hall, una suerte de residencia para artistas. Las visitas de personas como Henry Fonda y Charlton Heston, además de su estilo de vida (que incluye largos vestidos de coctel para un día cualquiera) hicieron que se ganara, entre los demás artistas, el apodo de “La duquesa de Carnegie Hall”; se cree que fue el fotógrafo Bill Cunningham quien la incluyó en la lista extraoficial de la realeza de Nueva York.

Su trabajo está lleno de sencillez, honestidad artística, dijo Sherman en una entrevista. Sin embargo, su obra es poco conocida, pues, con cuatro hijos para criar luego de la muerte de su esposo en 1954, el arte debió suplir las necesidades de la vida diaria.

Su larga carrera es comparable, al menos en extensión, con la del fotógrafo Paul Strand, quien comenzó sus primeros trabajos también en Nueva York, y tomó fotografías hasta poco antes de su muerte, a los 86 años (en 1970). Cuando ya no podía moverse mucho, Strand decidió volcar su arte hacia las plantas del jardín; progresivamente se quedó ciego.

Para celebrar el centenario de Sherman, la galería 25 CPW de Nueva York abrió una muestra (una de las pocas en la vida de una artista tan popular como deconocida) que irá hasta finales de este mes y en la que se exhiben 75 de los mejores retratos del archivo de una fotógrafa que logró entrar al corazón de la cultura popular del último siglo para mirarla a los ojos.