Por: Antieditorial

Vacío de tolerancia

La Editorial de El Espectador del 16 de abril fue titulada “Vacío”.

El vacío al que se refieren no es existencial ni tampoco se relaciona con faltantes en el presupuesto de alguna entidad pública. No. El vacío resultó ser el de la regulación de los grafitis. Pero ¿ese es el verdadero problema con los grafitis? ¿Los grafitis son un problema?

Con o sin regulación en el aporte de los grafitis a la ciudad, es más de lo que hace cualquier valla o aviso que pague impuestos en la ciudad. Aunque los grafiteros no paguen impuestos, los colores y las formas que dejan en centenares de muros de las calles bogotanas le dan personalidad a una inmensa ciudad que hacia el norte se pierde en kilómetros de conjuntos cerrados, en paredes blancas que no quieren pecar de “lobas”, en centros comerciales que se replican por decenas en cada localidad, confundiendo un barrio con otro. Con los grafitis se precisa el carácter urbano y multicultural, es otra forma de crear de un grupo de individuos que no se inscriben únicamente en lo que hoy reconocemos o creemos que es colombianidad.

Faltan normas, pero sobre todo comprensión y tolerancia de una sociedad conservadora que entra en pánico con los contrastes, como el de los muros de la 26 y la iglesia de la zona, y que cree que por hacer su trabajo debajo de un puente, o por su forma de vestir y sus accesorios, los grafiteros son delincuentes. Y les falta la norma para que quede sin piso esa idea, para que queden sólo la estigmatización y el estereotipo. Pero con la norma, o antes de la norma, toca abrir la mente de la sociedad que se comió el cuento inicial de la Policía sobre la muerte de Andrés Felipe Becerra.

Tachar los grafitis no es arte ni creación, pero sí podría ser una forma de expresión política o por lo menos podría ser legítimo, según el editorial, respecto a lo sucedido con el muro en honor a la Unión Patriótica. Pero a diferencia de ese grafiti, que obedeció a una reivindicación que sí es legítima de un grupo político que fue perseguido y destruido por las armas, los demás son trabajos espontáneos, y esa espontaneidad es de por sí el valor de su obra. Aunque parecen ser expresiones artísticas que en su mayoría no tienen curaduría, sí requieren de trabajo y talento. Aun sin normas, los grafiteros se sienten obligados a borrar los rayones que dejan hinchas del fútbol, manifestantes ocasionales o estrellas pop. Así defienden sus muros.

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