In memoriam Antonio Cisneros

El Perú ha sido de siempre cuna de grandes poetas, e incluso del que quizá sea el mayor poeta de nuestra lengua en el lado americano del gran charco: César Vallejo («lo digo y no me corro», para expresarlo con sus propias palabras).

Antonio Cisneros, fallecido la semana pasada.
Antonio Cisneros, fallecido la semana pasada.

De entre quienes lo siguieron en el Perú, sólo dos, a mi juicio, no quedan empequeñecidos por la sombra de aquel a quien respetuosa y cariñosamente llaman “el cholo”: son Jorge Eduardo Eielson (1924-2006) y Antonio Cisneros, que se nos murió el sábado 6 de este mes de octubre, en Lima, sin haber alcanzado los 70 años de edad.

La noticia de su muerte nos abrumó porque ni siquiera sabíamos que estaba tan enfermo. Y si la noticia nos afectó tanto es porque Toño, siempre Toño en el recuerdo, fue una persona a quien queríamos mucho y que siempre que se parachutaba en Colonia lo hacía en nuestra casa. No era precisamente de trato fácil, y menos con un par de tragos intus, pero sabiéndolo de antemano se le aguantaban carros y carretas gracias a su plática, una de las más creativas y sugerentes que hayamos disfrutado quienes tuvimos el privilegio y el placer de haber sido sus interlocutores. Cuando Toño hablaba, se sentía en el aire el chisporroteo de las ideas y las imágenes. Y no eran fuegos de artificio, eran fuego del que deja rescoldos.

Toño nació en Lima en 1942 y publicó sus primeros poemas a los 19 años, una plaquete titulada Destierro, a la que un año después seguiría David, que curiosamente se inicia con una cita del II° Libro de Samuel, según la traducción católica, la única que convierte en pregunta lo que es una afirmación: «¿No es así mi casa para con Dios?». Y estudió Literatura en dos de las universidades limeñas, la de San Marcos y la Católica, en la primera de las cuales se desempeñó luego como docente, así como también lo hizo, en calidad de profesor invitado, en las de Niza, Southampton, Budapest y Berkeley.

En 1967 obtuvo el Premio Nacional de Poesía del Perú, con Comentarios reales de Antonio Cisneros, para que no se confundiesen con los del Inca Garcilaso, y es simpático reseñar el gazapo de sus meritorios traductores ingleses, emperrados en traducir “reales” como “royal”, en lugar de referir esos Comentarios a la realidad, como el Inca, y como ese inca ucrónico y utópico que fue Cisneros.

Un año después, en 1968, clave por tantos conceptos, le llega la consagración definitiva ganando el Premio Casa de las Américas (cuando ese premio era marchamo de calidad) por su Canto ceremonial contra un oso hormiguero, donde centellean algunos de los poemas más hermosos compuestos en español en el siglo XX.

En la primera mitad de la década de los 80 el DAAD le concedió una beca de creación, durante un año, en Berlín, donde lo conocí e iniciamos una amistad entrañable que ha terminado de la manera más cruel e inesperada ese luctuoso sábado 6. Y fue durante una larga charla en Berlín, en junio de 1982, cuando me resumió sus preferencias autorales: Brecht (pero no el dramaturgo sino el poeta, decisivo en cuanto a los Comentarios reales), Pound, Eliot, Lowell, Ferlinghetti, Ginsberg, Octavio Paz hasta el 60, Ernesto Cardenal hasta poco después, y el más grande de toda la generación española del 27, Luis Cernuda, siempre. De alguno, como García Lorca, me dijo que no le gustaba porque carecía de sentido del humor. De muchos, como Neruda y Jorge Guillén, me aseguró sincera y honestamente que le aburrían, sentimiento que compartí con él. Como compartía y comparto con él la idea de que la literatura es —tendría que ser— un placer.

Una influencia de la que no me habló, tal vez por lo evidente, es la Biblia. Otra no tan evidente, excepto en el “Tercer movimiento (affetuoso) contra la flor de la canela”, es la de John Donne. Y una tercera, que se le trasvelaba en la adoración con que solía recitarlo, era Quevedo. Claro está que en el caso de don Francisco el de los quevedos, el buen poeta en lengua española que esté a salvo de su influencia... tire la primera piedra... si se atreve.

Y no quiero que se me queden en el tintero su obra de prosista (El arte de envolver pescado); su labor como trujamán de una antología del brasileño Ferreira Gullar y otra de la poesía inglesa contemporánea —cuya lectura tanto le rentó en su descastellanización del discurso poético—; y last but no least su desempeño como creador y animador cultural a través de El Caballo Rojo, uno de los suplementos culturales más recordables en la historia del periodismo latinoamericano.

Además de Berlín, otros escenarios de nuestros encuentros fueron París, Madrid, Colonia y Hamburgo, aquí en octubre de 1986, en un recital de a deveras inolvidable, con Gonzalo Rojas, Álvaro Mutis, Zoe Valdés y Pedro Shimose, panel de lujo donde los haya.

Tengo a la vista constantemente, cuando escribo, una serie de fotos que cuelgan en las paredes de mi cuarto de trabajo y en el trozo de corredor que alcanzo desde él. En una de ellas queda documentada la despedida de Toño en Berlín, cuando terminó su beca de creación del DAAD, que trajo como resultado un nuevo libro, Monólogo de la casta Susana y otros poemas, Lima 1986. A éste le antepuso otra cita de la Biblia, una vez más de la traducción católica, pero aquí sin posibilidad de contraste, porque las traducciones protestantes ignoran olímpicamente (no sé si será el adverbio correcto) a la casta Susana.

Contemplando esa foto ahora, me invade un sentimiento melancólico al tener que asumir que el grupo ha sido ya diezmado por la muerte. Pero entiendo mucho mejor lo que me comentó Julio Mendívil, el etnomusicólogo peruano de la Uni de Colonia, que fue quien me dio la noticia de la muerte de Toño. Julio nomás me dijo: «Él era un ícono de mi juventud, casi como John Lennon, imagínate». Y sí, “Imagine”.