Por: Fernando Araújo Vélez
El Caminante

Apagado

Y así fuiste. Así ibas. Así te levantaste todos los días a la misma hora, un minuto más, un minuto menos, porque te diseñaron y programaron para que fueras un cumplidor, y jamás quisiste ponerlo en duda. Nunca te preguntaste, no podías preguntarte, por qué debías cumplir y seguir cumpliendo. A quiénes beneficiaba tu cumplimiento, por ejemplo. Y cómo hubiera sido todo si hubieras dejado de cumplir. Fuiste un reloj y te sentiste feliz cuando te alabaron por ser un reloj. Todo medido, todo perfecto, todo sincronizado, con rendimientos cada vez mayores. Te premiaron más de una vez, y te ascendieron para que verificaras que los de abajo cumplían con las labores que tú habías desempeñado tan bien durante tanto tiempo. Te subieron el sueldo con unos cuantos pesos más, siempre a mitad de año, y cada vez que eso ocurrió, invitaste a tus jefes al restaurante más caro de la ciudad.

Entonces dijiste que en la empresa hacían falta más estímulos, más palmadas en la espalda, otros halagos y más promociones, y enredaste a quienes trabajaban contigo en el mismo círculo vicioso que habían creado para ti, y habías heredado. Te seguiste levantando a la misma hora de siempre, un minuto más, un minuto menos, para irte a tu oficina por las mismas calles de todos los días y hacer allí el mismo trabajo de todos estos años. Convenciste a tu círculo de que la plenitud estaba en el premio, fuera cual fuera su nombre, sin pensar, sin poder pensar siquiera en que te habías convertido en una perfecta muestra de conductismo. Cuando un mediodía cualquiera a la salida de un comité algún compañero te comentó que una máquina te iba a reemplazar, sonreíste y dijiste que esas eran ideas salidas de las películas de ciencia ficción, que la vida, La Vida, Tu Vida, eran irreemplazables.

Luego añadiste que Tu Trabajo solo lo podían hacer sujetos altamente capacitadas. Le recordaste tus innumerables títulos, premios y cartones, que fuiste colgando año tras año en el estudio de tu casa, y de los que presumías los primeros sábados de cada dos meses, cuando invitabas a tus compañeros de trabajo a tus diseñadas y programadas fiestas de integración. Pero una noche de aquellas, como estaba presupuestado, tu jefe directo te abrazó como tenía que abrazarte y tú te quedaste estático. Entonces te apagaste.

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